Detrás de los deseos hay una carencia, un vacío particular, que es la necesidad. Deseamos comer porque el hambre, es decir, la necesidad real de alimentarnos, o la necesidad imaginaria de saciar una ansiedad, nos mueven a experimentar el deseo de comer. Con frecuencia caminamos en la vida satisfaciendo necesidades que no son nuestras, auténticas, sino artificiales. Por eso los deseos deben orientarse a nuestras más profundas y sinceras pasiones, aquellas en las que encontramos verdadera satisfacción de cumplirlas y que nos permiten ver lo que verdaderamente amamos hacer en la vida. Somos fieles a nosotros mismos cuando sostenemos la intención de cumplir nuestra más querida misión en la vida.
Cuando nos buscamos a nosotros mismos se tiene la idea de un espejo en el cual nos podremos reflejar por siempre, pero ese espejo no es un lugar, no es una posición, porque encontrarse a sí mismo no significa situarse en un lugar inmaterial, o en un estado mental. Significa un hacer lo que se ama. Sólo nos encontramos a nosotros mismos cuando ejercemos ese talento que nuestro corazón pide que expresemos para transformar la realidad.
Podemos empezar por mirar la fotografía de nuestra alma a través del ejercicio realizado en el capítulo anterior, en el que por un lado tenemos la lista de las diez necesidades humanas expuestas por Max Neef, y al frente una pirámide con sus escalones. Seguidamente debemos acudimos a la intuición, para ubicar dentro de los escalones de la pirámide, en orden descendente, nuestras necesidades más importantes. Así distinguiremos claramente aquellas que constituyen nuestras pasiones primordiales. Solo agotando este paso podemos dirigir los deseos a nuestras auténticas pasiones, aquellas que revelan nuestro don.

