Dios ha puesto en cada uno de nosotros un don especial para usar el instrumento preciso que nos corresponde en la sinfonía universal de la vida. El mayor tesoro que podemos hallar en la tierra es el talento, vocación o llamado divino para el que hemos nacido. Una vez descubierto nuestro don contraemos la trascendental misión personal de ejercerlo en beneficio de la humanidad.
Cuando nos dedicamos a hacer lo que verdaderamente amamos, a ejercer nuestra pasión vital, gozamos del presente como una experiencia espiritual y el sentido de la vida florece en nuestro corazón. Entramos en comunión con todas las fuerzas de la vida y sin esfuerzo fluye la creatividad, la prosperidad y la felicidad.
Hacemos parte del gran concierto universal diseñado para alcanzar la plenitud y la felicidad. Albert Einstein, el físico alemán, sostenía que el ser humano es parte de un todo y sin embargo, se experimenta a sí mismo como separado de los demás. Proponía en consecuencia que la gran misión en la vida es ampliar el círculo de compasión y amor a toda la humanidad. La literatura sufí también ha dado cuenta de esta visión de la vida como un gran propósito integrado a todo lo demás afirmando que: la vela no está allí para iluminarse a sí misma. El sentido de que la existencia se realiza a través de un hacer amoroso para la gran sinfonía universal. Mediante nuestro más puro don de hacer aquello que más amamos podremos alcanzar la unidad del ser universal, la unidad esencial de la vida.
Todas las filosofías del mundo coinciden en que la felicidad está relacionada con el hábito de ejercer una actividad para la que somos virtuosos y que nos produce tanta dicha que mientras la realizamos perdemos la noción del tiempo y del espacio. El don personal tiene la naturaleza de ser irrepetible y único, por tanto nos da un sentido de identidad que nos distingue de los demás para la misión de expresar nuestro talento en función de la felicidad general. El don es la estampa de lo que mejor sabemos hacer para servir a la humanidad.

