El valor de elegir hacer lo que amamos

Hacer lo que amamos, por encima de las voces de los otros de nuestras sogas interiores, nos hace sentir libres de la atadura del día ordinario, aquel el mundo ha dictado con solemnidad a nuestra cotidianidad. Hagamos germinar el día auténtico, ese día ideal que nos convoca a trascender en el mundo y vivir a plenitud los eternos instantes del presente. El poeta Henry David Toureau así lo entendió:

«Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido».

Una virtud antigua es la valentía, que nos hace actuar con el arrojo de caminar seguros tras la conquista de nuestros sueños. Es una virtud que nos convierte en héroes de nuestra propia historia personal y que proporciona un formidable impulso que parece exceder a las fuerzas naturales. Elegir hacer lo que amamos enfrentando los vientos en contra, la pereza interior, el que dirán, el miedo al fracaso, al cambio, al pasado, significa apropiarnos de esa magnífica virtud de la valentía y convertirnos en capitanes de nuestro propio destino.

Si emprendemos el valiente cometido de seguir nuestro llamado interior la vida se convertirá en una sinfonía y nosotros en un virtuoso violinista alrededor del cual la gente se reunirá, porque quienes nos escuchen sentirán que también se han encontrado a sí mismos, viviendo la experiencia de la felicidad.  Nacimos para ser felices y dar felicidad a los demás mediante el ejercicio de nuestro don. Sin embargo, la puesta de nuestros dones en el mundo no debería estar sometida al ejercicio de la competencia entre unos y otros, sino a la integración inteligente de los distintos dones para alcanzar objetivos comunes. La cooperación tiende a mover al mundo en vez de la carrera individualista de las personas por alcanzar metas egoístas. Podríamos aprender de las incansables hormigas que ejercen con armonía sus variadas tareas en procura de un objetivo común de alimentación y sobrevivencia. Por eso Benjamín Franklin. “Nadie predica mejor que una hormiga. Y no habla”.  

El ejercicio del don tiene la naturaleza de ser expansivo. Todo lo que toca lo mejora, todo lo que está cerca se beneficia de su influencia y a nosotros mismos nos prospera. La Madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, Walt Disney, Albert Einstein, los hermanos Wright, nos legaron su decisión valiente de ejercer sus dones para el beneficio universal y nuestras sociedades son hoy mejores por ello. La valentía de ejercer nuestro don hace expandir a la felicidad.


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