Ira e infartos

Un estudio en 300 pacientes en Sídney Australia, publicado en la revista European Heart Journal demostró recientemente la conexión entre la ira y los accidentes cardiovasculares.

Es frecuente el ingreso a los hospitales de pacientes infartados, que han padecido en las últimas 48 horas episodios de ira intensa, lo que les provoca el incremento de  adrenalina y cortisol en el torrente sanguíneo.  

En la sociedad moderna son crecientes los sucesos de gente con ira que la manifiestan con agresiones, intolerancia y enfado.

Sentimos la emoción de la ira cuando nos es arrebatado un objeto de deseo, sea este un bien material como el dinero, o la tranquilidad personal. En primer lugar, para dominar esta emoción podemos utilizar el antídoto espiritual observando desde nuestra fe en Dios, a nuestra emoción de la ira, sin hacer reproches o juicios. En segundo lugar, podemos oponer a la ira el antídoto racional analizando nuestro exagerado apego al objeto del deseo que sentimos arrebatado, ejerciendo la capacidad de aceptar la realidad y perdonar la ofensa. Finalmente podemos usar el antídoto emocional oponiendo a la ira una emoción contraria: la serenidad. En suma, ante la ira, observación, aceptación  y serenidad.

En un relato de la tradición oriental se narra que un guerrero samurái se presentó frente a un gran maestro y le preguntó dónde estaban las puertas que conducían al infierno y al cielo.

El maestro se rió y contestó: “¿Un samurái, tú? Pareces un mendigo.

El guerrero se sintió herido en su orgullo y desenfundó su espada para matar al maestro, cuando este le dijo:

-Esta es la puerta del infierno.

Inmediatamente el samurái entendió. Puso la espada en su cinto, y el maestro le dijo:

-Y esta es la puerta del cielo.

La ira desborda el alma, es un diablo en el corazón, que nos impide entender que al final, nada es tan importante.


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