Sentimos la emoción de la ira cuando nos es arrebatado un objeto de deseo, sea este un bien material como el dinero, o la tranquilidad personal. En primer lugar, para dominar esta emoción podemos utilizar el antídoto espiritual observando desde nuestra fe en Dios, a nuestra emoción de la ira, sin hacer reproches o juicios. En segundo lugar, podemos oponer a la ira el antídoto racional analizando nuestro exagerado apego al objeto del deseo que sentimos arrebatado, ejerciendo la capacidad de aceptar la realidad y perdonar la ofensa.
Finalmente podemos usar el antídoto emocional oponiendo a la ira una emoción contraria: la serenidad. En suma, ante la ira, observación, aceptación y serenidad.
En un relato de la tradición oriental se narra que un guerrero samurái se presentó frente a un gran maestro y le preguntó dónde estaban las puertas que conducían al infierno y al cielo.
El maestro se rió y contestó: “¿Un samurái, tú? Pareces un mendigo.
El guerrero se sintió herido en su orgullo y desenfundó su espada para matar al maestro, cuando este le dijo:
-Esta es la puerta del infierno.
Inmediatamente el samurái entendió. Puso la espada en su cinto, y el maestro le dijo:
-Y esta es la puerta del cielo.

