“El amor todo lo vence; también nosotros rindámonos al amor”.
Virgilio.
Un corazón bondadoso es una luz en el camino de los hombres, un caminante con el alma limpia y un dador de lo mejor de sí mismo.
Quien comprende que amar es la esencia de todo principio, posee la verdadera razón de estar en el mundo y convierte su vida en un manantial de pensamientos y acciones para ayudar a los demás a conseguir sus sueños.
Nuestra nación, como ninguna otra, necesita de corazones bondadosos; seres para quienes el servir a los demás sea un propósito de vida, dadores de bienes, donantes de solidaridad.
Bondad en la acción que pueda desterrar la intolerancia en la política, el abuso de la posición dominante en la economía y la violencia en la sociedad. Necesitamos guerreros de la bondad, portadores de un ladrillo para construir y no de un arma para matar.
Pablo de Tarso, apóstol de los gentiles del siglo I de nuestra Era, dio un ejemplo al mundo sobre cómo un “nacido para matar” se convirtió en un guerrero de la bondad. Y nos dejo un credo en esta bella carta:
“Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y los ángeles, si no tuviera amor, sería como bronce que resuena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencias. Y aunque distribuyera todos mis bienes para dar de comer a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tuviera amor, de nada me serviría.
El amor es sufrido, es benigno, no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca el interés propio, no ofende, no se irrita, no es rencoroso; no se goza en la injusticia sino en la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. En pocas palabras, hay tres cosas que perduran: La fe, la esperanza y el amor; pero la más excelente de ellas es el amor”.
Actuemos en la bondad y nunca más en la guerra.
