Para amar a plenitud el ego debe ser extirpado de nuestros corazones. El ego separa, aleja, y hace aparecer la discordia. El amor significa la renuncia al ego para perseguir la felicidad general. Por tanto, al decir de Pablo de Tarso «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.» 1 Corintios 13,4-7.
El amor primordial es el corazón de una vida que se realiza en la felicidad. Por tanto, debería ser el motor de todas las búsquedas, y el origen de nuestras grandes obras humanas. Es el amor la vocación natural de quienes han alcanzado el estado de gracia. Si en nuestro corazón pudiera habitar esta maravillosa dimensión del amor, podría ser más fácil el amor particular a nuestra familia, hijos y pareja. Pero el ego y el apego nos hacen experimentar al otro como una cosa que es propia, y la dimensión amplia y trascendental del amor se nubla en conductas que no dejan crecer a los otros ni a nosotros mismos. Juremos amar siempre sin ego y sin apego

