



Vinimos a la tierra con un propósito de amor para manifestar nuestros
talentos, con los cuales podemos satisfacer las necesidades de la humanidad
y en ese ejercicio ser felices y también producir felicidad.
Este propósito solo se puede ejecutar en un tiempo determinado, pero
continuará en las obras que podamos legar a la humanidad y en quienes más
queremos. El tiempo de ejecución de nuestro propósito es limitado porque
así también es el tiempo de nuestra vida: tiene un comienzo y tiene un fin.
Somos todos efímeros. Entonces lo que podemos hacer es aprovechar el
tiempo para ejercer, plenamente y en cada instante, los hábitos de la
felicidad: desear con moderación, hacer lo que amamos, ayudar, cuidar de sí
mismos, amar a nuestros cercanos y a la humanidad, vivir en el presente y ser
profundamente espirituales.
Todos nos iremos, nos separaremos de nuestras familias, padres, hermanos,
amigos y de todos aquellos a quienes conocimos para, luego, reencontrarnos
en la escuela del compartir amoroso de nuestros aprendizajes en la tierra,
esa escuela del amor eterno de seres de luz en que nos convertiremos.
Quienes quedan en la tierra cuando nosotros partimos, podrán comprender
al pasado compartido con perdón y gratitud, reconocer la importancia de
estar en el presente y mantener encendida la esperanza en el futuro.
Cuando partamos, entenderemos que Dios ha cumplido en nosotros su
propósito y por tanto nos ha invitado a un estado amoroso de luz para
reiniciar otro ciclo de amor y felicidad, mejorado en una nueva vida. Ese es el
ciclo que se reinicia con nuestro primer llanto de la tierra.
Las auténticas pasiones, La felicidad se consigue en la satisfacción de los deseos, pero no de cualquier tipo de deseos sino de aquellos que se orientan a nuestras auténticas y profundas pasiones.