Categoría: Mensaje Diario

  • Vivir en el asombro

    Vivir en el asombro

    Quienes están en el presente consideran que todo es hermoso, ven la belleza en todo lo que encuentran y pueden sumergirse en los acontecimientos. Viven en el asombro ante lo que transcurra en sus vidas. Esto es lo les ocurre a los místicos e iluminados, quienes permiten ser absorbidos por la belleza inesperada de la realidad.

    También nosotros podemos vivir en el asombro alejando con decisión lo que nos distrae del presente: el pasado, el futuro,  la adicción a las tecnologías, al trabajo y a los otros. Es una de las tareas más difíciles de realizar para alcanzar la felicidad, porque a ella se oponen las ideologías, las compañías y los medios de comunicación, a quienes les interesa tu adicción y tu servidumbre.  

    Vivir en el asombro es ver la realidad con los ojos de los niños, seres entusiastas que no han cargado sus pensamientos con prejuicios, verdades o ideologías a defender.   

  • Vivir en lentitud

    Vivir en lentitud

    La vida transcurre con lentitud ante nosotros. En la mañana las flores se abren con lentitud, los rayos de sol caen lentamente y en la noche nos abraza con lentitud la brillantez lunar. Los segunderos de un reloj avanzan sin prisa, como recordándonos que el tiempo que mide transcurre lentamente. Pero no reparamos en ello. El afán de producir y luego consumir nos hace vivir a toda velocidad y competir con los demás sin poder saborear el gusto por la vida. Terminamos ansiosos o deprimidos, porque vivir de prisa constituye uno de los principales distractores de la felicidad.

    Una cura para estos trastornos es llevar una vida que trascurra con lentitud. Realizar deliberadamente cada actividad con tal lentitud que nos permita disfrutar de la actividad, alejando pensamientos sobre el pasado y el futuro y solo entregarnos a la realidad que transcurra ante nuestras vidas. Al principio escucharemos las protestas de los demás por el cambio de ritmo de nuestra vida. Pero en nuestro interior habremos conquistado el primer paso a una vida con serenidad y paz.

  • El poder de los sentidos

    El poder de los sentidos

    Experimentamos la realidad a través de nuestros órganos sensoriales, pero las funciones que cumple cada órgano hoy se están ejercitando en mundos virtuales. Nuestros días transcurren dedicado con grandes cantidades de tiempo a pantallas digitales que nos separan de la oportunidad de compartir con quienes queremos, atrofiando la calidad de nuestros sentidos para vivir el mundo real y para ejercer nuestras capacidades de amar, sentir y expresarnos de tú a tú.

    Es un deber personal interiorizar una nueva conciencia de nuestros ojos para apreciar la belleza de un amanecer o el misterio de un atardecer, una nueva conciencia de nuestras manos para estrechar las de los amigos, una nueva conciencia de nuestros oídos para escuchar las hojas de los árboles y el estruendo de los ríos, una nueva conciencia de nuestro paladar para disfrutar lentamente de los alimentos, una nueva conciencia de nuestro olfato para distinguir la sensualidad de los perfumes, y una nueva conciencia de nuestra piel para volver a sentir.

    El poder de los sentidos nos instala en la magia del ahora, la única dimensión en que transcurren los acontecimientos del mundo real, en el que podemos experimentar el afecto, la solidaridad y el amor.

  • Volver a amor

    Volver a amor

    El amor primordial es el corazón de una vida que se realiza en la felicidad. Por tanto, debería ser  el motor de todas las búsquedas, y el origen de nuestras grandes obras humanas. Es el amor la vocación natural de quienes han alcanzado el estado de gracia. Si en nuestro corazón pudiera habitar esta maravillosa dimensión del amor podría ser más fácil el amor particular a nuestra familia, amigos y pareja. Pero el ego y el apego nos hacen experimentar al otro como una cosa que es propia y la dimensión amplia y trascendental del amor se nubla en conductas que no dejan crecer a los otros ni a nosotros mismos. Para amar a plenitud debe extirparse el ego de nuestros corazones. El ego separa, aleja, y hace aparecer a la discordia. El apego asfixia, no deja crecer y hace germinar el resentimiento. El amor significa la renuncia al nuestro ego y apego para perseguir la felicidad. Pablo de Tarso, el apóstol de Jesús, nos lo recuerda:

    «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.»