Categoría: Mensaje Diario

  • Los tres caminos para ayudar a los demás

    Los tres caminos para ayudar a los demás

    La mejor forma de servir a los demás se hace con el ejercicio amoroso de nuestros talentos. Por eso nuestros mejores esfuerzos deben ir dirigidos a la excelencia y calidad en lo que hacemos para dejar una huella en el corazón agradecido de quien ayudamos. La felicidad que nos deja enseñar a otros, construir una gran obra, diseñar un modelo que mejorará un proceso, o inspirar un cambio social, no es comparable con el mayor bien o riqueza que exista en el mundo. La propia felicidad se alimenta de la felicidad que entregamos generosamente a los demás. Dar lo mejor de nosotros mismos para la felicidad general nuestra misión esencia, el cometido que da sentido a una vida, la verdadera llama que ilumina al mundo.

    Tres caminos podemos transitar en la ruta de ayudar a los demás:

    El camino de la bondad

    Reconocer que los demás al igual que nosotros persiguen la felicidad y buscan evitar el sufrimiento abre la puerta infinita de la bondad y compasión hacia todos los seres vivientes. En la filosofía budista la compasión permite entender que quien ha realizado un gran daño a los demás no lo hace por maldad sino por ignorancia, y esta persona todavía debe transitar en el camino de la evolución de su conciencia. Un corazón bondadoso se alegra ante las alegrías de sus semejantes y no distingue entre personas para irradiar lo mejor de sí mismo. Un corazón compasivo siempre ama a pesar de las ofensas.

    El camino de la solidaridad

    Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad, decía José Martí. Y aunque el propósito común de la humanidad es alcanzar la felicidad, las desigualdades e injusticias han sido constantes en la historia de los pueblos y han imposibilitado el acceso a la riqueza general y a los bienes inmateriales sin los cuales no puede vivirse un mínimo de bienestar. Para la conquista colectiva del propósito común de felicidad es necesaria la acción decidida de personas y naciones tendiente a ayudar a los demás, especialmente cuando ellos se encuentran en desventaja. Esta acción virtuosa de apoyo al otro es la solidaridad.

    La expresión solidaridad proviene del latín solidus, para significar lo sólido, firme o compacto. Los fenómenos de exclusión y marginalidad de los menos favorecidos nos aguijonea a la firme y decidida actuación para su inclusión, es decir, su retorno al cuerpo social. Solidaridad no es caridad o asistencialismo sino el deber colectivo de apoyo a los otros para asegurar la cohesión social. Eduardo Galeano, el escritor y periodista uruguayo, nos lo recuerda: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.

    El camino de la justicia

    La justicia es la posibilidad de acceder, en condiciones de igualdad, a la plena satisfacción de las necesidades materiales y espirituales. Una nación injusta es por tanto una nación desigual en que sus habitantes no encuentran la plena satisfacción de sus mínimas necesidades humanas. El mundo sería más feliz si la igualdad, la riqueza material y a la trascendencia que nos dan los bienes inmateriales pudieran ser una posibilidad real. La vida en comunidad nos pide vivir como hermanos, andando los caminos tomados de las manos, solidarizados para alcanzar un mundo de paz y justicia. El poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade, así nos convoca:

    “No seré el poeta de un mundo caduco.

    Tampoco cantaré al mundo futuro.

    Estoy atado a la vida y oigo a mis compañeros.

    Entre ellos, considero la enorme realidad.

    El presente es tan grande, no nos separemos.

    No nos separemos mucho, vamos unidos por las manos”.

  • La Templanza emocional

    La Templanza emocional

    Nuestros deseos tienden a perseguir objetos en los cuales satisfacerse. Deseamos un viaje para satisfacer la necesidad de ocio, una casa para satisfacer la necesidad de subsistencia, un libro para satisfacer la necesidad de entendimiento. Pero nuestro anhelo puede encontrarse con que el objeto específico de deseo se vea arrebatado, amenazado, perdido, por conquistar, y estas situaciones hacen explosionar en nuestro cuerpo las cinco emociones primordiales: la ira, el temor, la tristeza, el placer y el amor.

    Aristóteles señalaba a la templanza como la virtud de desear lo que se debe, es decir, los adecuados objetos de deseo acordes a las auténticas necesidades, ya examinadas en el capítulo primero. Pero el segundo aspecto de la templanza es el desear como se debe, es decir, con moderación. En este sentido la templanza emocional es una virtud, un hábito que podemos cultivar para desear con moderación a los objetos del deseo. Las tradiciones espirituales de oriente nos enseñan a observar desde nuestra conexión con Dios a la emoción que experimentemos, sin hacer juicios, solo estando presentes como un testigo silencioso. En occidente Aristóteles enseñaba que a un mal hábito se le podía oponer el hábito opuesto para alcanzar un término medio, por ejemplo al vicio del miedo se le puede oponer la temeridad para alcanzar el término medio de la valentía. En la actualidad los estudios de psicología cognitiva nos convocan a analizar nuestra relación con el objeto de deseo que ha dado origen a la emoción. En suma, tres antídotos nos permiten neutralizar a las emociones que se desbordan: el espiritual, el racional y el emocional.

  • El goce de hacer lo que se ama

    El goce de hacer lo que se ama

    Nuestro trabajo no debe ser una actividad para ganarse la vida sino la oportunidad de gozar el tiempo presente haciendo un mundo mejor. Debe significar para nosotros una grata diversión, una experiencia lúdica. Leonel Messi, el futbolista, continuamente sonríe en su trabajo. Es contagioso el frenesí que vive Shakira cuando canta. Y Dios también se divierte cuando somos felices haciendo lo que verdaderamente amamos.

    Quien tiene al trabajo como una forma de hacer dinero o de ejercer poder y no como una fuente de realización y felicidad en función del amor a los demás, estará atrapado por los deseos de dinero y poder, sus verdaderas pasiones, aquellas que dan trascendencia y libertad, estarán alejadas de su destino de felicidad.

    La sincera intención de trascender haciendo lo que amamos produce abundancia a nuestro alrededor porque nos armoniza con el gran concierto universal y su gran concertista, Dios. Esa buena intención todo lo mueve, todo lo provoca, es una semilla puesta en nuestros corazones para hacer crecer la abundancia, la prosperidad y la felicidad.

    Sólo quien logra orientar los deseos en función de sus verdaderas pasiones trabajará en aquello que le produce gozo, en lo que realmente siempre amó hacer y que alguna vez, en un instante inolvidable de inspiración, visionó como su gran sueño. Con paciencia tallará la figura en que siempre se quiso convertir y conseguirá los compradores de sus obras, porque atraerá a las personas que encontrarán muchísimo placer y felicidad en esas obras.

  • El Mayor tesoro

    El Mayor tesoro

    Dios habla a través del pintor, el arquitecto o el zapatero virtuoso. Encomienda a cada persona un don único, como a cada pájaro un trino singular. Corresponde a cada ser humano encontrar en su corazón esa cualidad de hacer algo muy bien para el beneficio de la humanidad, ese don para el cual vino a servir al mundo. Esta es la semilla originaria de la prosperidad de las naciones y las personas. El mayor tesoro no tiene que ver con el dinero, sino con el don de hacer algo muy bien, aquello que le apasiona y que se ejerce en beneficio de los demás. Quien encuentra ese don y lo practica, vivirá la dicha de sentirse un espíritu creador y dador, un verdadero mensajero de Dios.

    Lo increíble es que encontrar ese don no es algo difícil. Basta indagar en nuestro corazón qué es lo que nos apasiona hacer, e imaginar aquello que haríamos a diario si tuviéramos nuestras necesidades económicas cubiertas durante toda la vida. La respuesta nos entregará la llave de la felicidad y la abundancia, que funciona si tenemos la valentía y magnificencia de entregarnos a nuestra verdadera pasión.  

    La dirección de las actividades hacia lo que se ama hacer es el primer paso para transitar el camino de la felicidad. Poner los ojos y la voluntad en ese destino al que nuestro corazón nos convoca en los momentos íntimos de inspiración, nos da un sentido de coherencia entre lo que se piensa, se siente y se hace. Nos convierte en dioses de nuestro destino, nos hace semejantes a Dios.