Nuestros deseos tienden a perseguir objetos en los cuales satisfacerse. Deseamos un viaje para satisfacer la necesidad de ocio, una casa para satisfacer la necesidad de subsistencia, un libro para satisfacer la necesidad de entendimiento. Pero nuestro anhelo puede encontrarse con que el objeto específico de deseo se vea arrebatado, amenazado, perdido, conquistado o por conquistar, y estas situaciones hacen explosionar en nuestro cuerpo las cinco emociones primordiales: la ira, el temor, la tristeza, el placer y el amor. Aristóteles señalaba a la templanza como la virtud de desear lo que se debe, es decir, los adecuados objetos de deseo acordes a las auténticas necesidades, ya examinadas en el capítulo primero. Pero el segundo aspecto de la templanza es el desear como se debe, es decir, con moderación. En este sentido la templanza emocional es una virtud, un hábito que podemos cultivar para desear con moderación a los objetos del deseo. Las tradiciones espirituales de oriente nos enseñan a observar desde nuestra conexión con Dios a la emoción que experimentemos sin hacer juicios, solo estar presentes como un testigo silencioso.
Categoría: Mensaje Diario
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Descubrir nuestro propio don
Una de las principales tareas de una sociedad es ayudar al individuo a encontrar su talento, su sello personal con el cual identificarse y trabajar por la humanidad. La frustración de muchas personas en la actualidad proviene de no hacer lo que se ama, porque ni siquiera saben que es lo que quieren hacer. Pero esta búsqueda de nuestra mejor expresión en la vida es también un deber personal. Descubrir nuestro propio don nos hace encontrarnos a nosotros mismos, pues finalmente nos convertimos en lo que hacemos: el que escribe en escritor, el que pinta en pintor. Somos lo que hacemos, no lo que deseamos hacer.
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Todos necesitamos de todos
Todos necesitamos de todos. Ningún logro personal pudo conseguirse sin el apoyo de unos padres o tutores, el consejo de un amigo, la instrucción de un docente o la prescripción de un médico. Nuestro presente feliz es el resultado de una cadena de ayudas que otros dieron en nuestro favor. El amor a la humanidad debería ser el motor de todas nuestras búsquedas, la razón de nuestro existir, el sentido de nuestras vidas.
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La templanza con los deseos
La vida es un jardín en el que podemos hacer crecer la rosa más gentil del mundo. Para ello debemos sembrar nuestros sinceros deseos destinados al amor y la felicidad. Así se iniciará el misterioso movimiento de una buena vida porque son los deseos las semillas de Dios puestas en nuestros corazones para hacer germinar a los sueños y a la felicidad humana.
Nuestros deseos tienen la tendencia a dirigirse a las cosas bellas y convenientes pero también a las actividades que experimentamos como placenteras[1]. Sin embargo, estos objetos de deseo también tienen el fortísimo poder de arrastrarnos y desviar nuestro destino de felicidad si no logramos orientarlos por el sendero de nuestras auténticas pasiones, esas búsquedas del corazón a las que verdaderamente estamos llamados.
Hay un remedio para evitar la adicción de desear lo que no nos conviene: La templanza es una antigua virtud que nos permite desear lo que es realmente necesario para nuestras vidas y moderar el misterioso y tentador apetito que nos incita siempre a desear más y más.
[1] Estos objetos de deseo corresponden según el gran filósofo Aristóteles, a lo que es para nosotros bello, conveniente o placentero. En efecto, perseguimos la belleza en todas las manifestaciones del arte y de la naturaleza, aspiramos a hacer lo que creemos es conveniente para nuestra vida, y deseamos experimentar placer y no sufrir dolor. Aristóteles, Ética Nicomaquea, 1104 b, 30-35.

