El amor parental

El amor a los padres

Nuestros padres nos dieron la vida y también son enseñanzas conforme a lo que ellos mismos aprendieron de sus progenitores, es decir, nos educaron bajo un modelo de creencias que no eligieron ellos mismos cuando fueron niños. Por tanto nos dan lo que han podido dar y esto nos obliga a mirarlos con compasión y comprensión en toda circunstancia.

Lo que mejor podemos darle a nuestros padres es gratitud por el esfuerzo dado en nuestro favor, compañía en los momentos cruciales de la vida, apoyo para una vida digna y aceptación de su modo de ver la vida. Quien puede ser calificado como un  buen hijo de familia es generalmente un buen ciudadano, buen esposo y buen hijo de Dios.

El amor entre Hermanos.

Los hermanos pueden ser aliados en la aventura de la vida para compartir las mejores experiencias. En la niñez este amor de los hermanos se ve influenciado por el tipo de trato dado por los padres y el orden de nacimiento, lo que en muchas ocasiones genera conflictos; por eso un refrán reza, “si no se pelean no son hermanos”. Depende de nuestro esfuerzo personal el mantener la concordia, la cercanía y el apoyo con los hermanos. Un hermano es siempre la oportunidad de vivir la solidaridad y la simpatía de la amistad.  

El amor a los hijos.

La templanza es la gran regla en la educación de los hijos. Templanza para alcanzar el término medio en el afecto, en la autoridad, la cercanía y la atención.

El término medio en el afecto evita la sobreprotección y trasmisión de miedos. El término medio en el ejercicio de la autoridad se traduce en el establecimiento de normas, de límites razonables a la libertad. Pero los padres no pueden declinar en dar amor, cercanía y atención a sus hijos. El historiador romano Tácito afirmaba: Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor.

Tampoco el amor a los hijos significa dar cosas, es en esencia enseñar con el ejemplo propio. Un proverbio chino dice que dar a un hijo mil onzas de oro no es comparable a enseñarle un buen oficio.

Las siguientes son algunas claves para una adecuada relación con los hijos que produzca felicidad:

  1. Los hijos no son nuestra propiedad. La disciplina puede hacerse sin gritos ni palmadas.
  2. Nuestra actividad debe orientarse a reforzar emociones placenteras y conductas  positivas para que los hijos vivan la infancia feliz que todos nos merecemos en la vida.
  3. Lo mejor que podemos dar materialmente a nuestros hijos no son cosas sino compañía y cercanía para compartir juegos, ayudar a entender la dinámica del mundo y dar nuestro precioso afecto.
  4. Debemos permitir que nuestros hijos fracasen para aprender por sí mismos a superar los obstáculos de la vida.
  5. Podemos amonestar con amor y serenidad el comportamiento reprochable, pero nunca  la persona del niño.
  6. Siempre elogiemos conductas concretas, no elogiar por elogiar.
  7. Fortalezcamos en nuestros hijos los hábitos de la felicidad, a partir de los 7 años.  

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