Reconocer que los demás al igual que nosotros persiguen la felicidad y buscan evitar el sufrimiento abre la puerta infinita de la bondad y compasión hacia todos los seres vivientes. En la filosofía budista la compasión permite entender que quien ha realizado un gran daño a los demás no lo hace por maldad sino por ignorancia, y esta persona todavía debe transitar en el camino de la evolución de su conciencia. Un corazón bondadoso se alegra ante las alegrías de sus semejantes y no distingue entre personas para irradiar lo mejor de sí mismo. Un corazón compasivo siempre ama a pesar de las ofensas. Pablo de Tarso, discípulo de Jesús, escribió en la primera carta a los Corintios:
“Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor.
Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden.
Ya podría tener el don de predicción y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener una fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada.
Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.
El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.
Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.
El amor no pasa nunca.”
Todo encuentro con otra persona es una oportunidad de amor para comunicar alegría y entusiasmo, para construir con ella la felicidad y evitar el sufrimiento. La bondad tiene que ver con un desprendimiento de sí mismo, una derrota personal del ego para darse a los demás. La bondad se manifiesta en la voluntad indeclinable de renunciar a la comodidad de los bienes, la seducción de los poderes y la tentación de los placeres materiales de la vida, para asumir una actitud incondicional de entrega y servicio. El vehículo Lincoln tipo limosina que en 1964 el Papa Pablo VI le regaló a la Madre Teresa de Calcuta, fue vendido por ella para conseguir fondos y organizar un establecimiento para leprosos al que nombro Ciudad de la Paz. Diez años antes ella había organizado el primer hogar para los moribundos de la ciudad de Calculta, el Kalighat, un lugar en el que se les brindaba atención médica y poder morir con dignidad de acuerdo a los rituales de su fe: los musulmanes leían el Corán, los hindúes recibían agua del Ganges y los católicos obtenían los últimos ritos.

