La mejor forma de servir a los demás se hace con el ejercicio amoroso de nuestros talentos. Por eso nuestros mejores esfuerzos deben ir dirigidos a la excelencia y calidad en lo que hacemos para dejar una huella en el corazón agradecido de quien ayudamos. La felicidad que nos deja enseñar a otros, construir una gran obra, diseñar un modelo que mejorará un proceso, o inspirar un cambio social, no es comparable con el mayor bien o riqueza que exista en el mundo. La propia felicidad se alimenta de la felicidad que entregamos generosamente a los demás. Dar lo mejor de nosotros mismos para la felicidad general nuestra misión esencia, el cometido que da sentido a una vida, la verdadera llama que ilumina al mundo.
Tres caminos podemos transitar en la ruta de ayudar a los demás:
El camino de la bondad
Reconocer que los demás al igual que nosotros persiguen la felicidad y buscan evitar el sufrimiento abre la puerta infinita de la bondad y compasión hacia todos los seres vivientes. En la filosofía budista la compasión permite entender que quien ha realizado un gran daño a los demás no lo hace por maldad sino por ignorancia, y esta persona todavía debe transitar en el camino de la evolución de su conciencia. Un corazón bondadoso se alegra ante las alegrías de sus semejantes y no distingue entre personas para irradiar lo mejor de sí mismo. Un corazón compasivo siempre ama a pesar de las ofensas.
El camino de la solidaridad
Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad, decía José Martí. Y aunque el propósito común de la humanidad es alcanzar la felicidad, las desigualdades e injusticias han sido constantes en la historia de los pueblos y han imposibilitado el acceso a la riqueza general y a los bienes inmateriales sin los cuales no puede vivirse un mínimo de bienestar. Para la conquista colectiva del propósito común de felicidad es necesaria la acción decidida de personas y naciones tendiente a ayudar a los demás, especialmente cuando ellos se encuentran en desventaja. Esta acción virtuosa de apoyo al otro es la solidaridad.
La expresión solidaridad proviene del latín solidus, para significar lo sólido, firme o compacto. Los fenómenos de exclusión y marginalidad de los menos favorecidos nos aguijonea a la firme y decidida actuación para su inclusión, es decir, su retorno al cuerpo social. Solidaridad no es caridad o asistencialismo sino el deber colectivo de apoyo a los otros para asegurar la cohesión social. Eduardo Galeano, el escritor y periodista uruguayo, nos lo recuerda: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.
El camino de la justicia
La justicia es la posibilidad de acceder, en condiciones de igualdad, a la plena satisfacción de las necesidades materiales y espirituales. Una nación injusta es por tanto una nación desigual en que sus habitantes no encuentran la plena satisfacción de sus mínimas necesidades humanas. El mundo sería más feliz si la igualdad, la riqueza material y a la trascendencia que nos dan los bienes inmateriales pudieran ser una posibilidad real. La vida en comunidad nos pide vivir como hermanos, andando los caminos tomados de las manos, solidarizados para alcanzar un mundo de paz y justicia. El poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade, así nos convoca:
“No seré el poeta de un mundo caduco.
Tampoco cantaré al mundo futuro.
Estoy atado a la vida y oigo a mis compañeros.
Entre ellos, considero la enorme realidad.
El presente es tan grande, no nos separemos.
No nos separemos mucho, vamos unidos por las manos”.

