El libro de la felicidad

“Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo”. Aristóteles.

PDF: El Libro de La Felicidad – 

– Un joven escritor de historias vivía en un pueblo remoto a orillas del río Indo. Su nombre era Valiant, y sostenía a su familia y así mismo, mediante la elaboración de escritos para los enamorados que acudían a su lápiz de oro, en busca de inspiración para el amor. Aunque Valiant sentía que su oficio era útil para la humanidad, puesto que haciendo bailar a las palabras podía unir corazones en un lazo inmortal, en el fondo de su propio corazón deseaba pronunciar palabras para indagar en otros mundos diferentes al del amor eterno.¿Acaso la belleza y el placer no merecen también la caricia de una pluma?-Se preguntaba el escritor en noches silenciosas.- Pero las palabras no fluían de su alma, y resignado, continuaba con su tarea de escribir para el amor de los enamorados. Valiant sabía que algo faltaba en su vida, y aunque su pluma deleitara al dios Kamadeva, no experimentaba la felicidad que todo hombre merecía. Tristes tardes presenciaron al vate pensativo y quieto.

– Una mañana soleada, mientras las flores de loto se  asomaban  brillantes entre el jardín de las estatuas de roca, un caminante de nombre Heraldo, de quien se decía había presenciado impresionantes milagros, escuchado los secretos de antiguos sabios y degustado exóticas frutas que aún no conocían los habitantes del pueblo, le narró al joven escritor, que una antigua  leyenda anunciaba que en el lejano Kerala existía un cofre oculto en una caverna, en el que se escondía un libro que revelaba el secreto de la felicidad de los escritores. Pero también la leyenda advertía que quienes se atrevieran a buscarlo, deberían enfrentar duras pruebas que podían conducirles a la muerte llevados de la mano de Vicious, el usurpador del libro de la felicidad, quien protegía con ferocidad el preciado tesoro. En estas terribles pruebas se les templaba el alma a los arriesgados para  arrastrarlos al desenfreno, el dolor y  finalmente la locura.

-Al joven Valiant le causó gran inquietud la leyenda, pero pensó que el mundo ordinario en que  vivía era el más conveniente para ayudar con los gastos de su familia, en vez de enredar en una aventura su estable vida. -Con las rupias que gano  puedo pagar mis túnicas y sandalias así como los alimentos de mi familia. Para que arriesgar tanto…- se decía. Sin embargo, a medida que transcurrían los calurosos días, escuchaba ganjiras, murmullos del mar y risas cautivantes. La leyenda hablaba con signos inequívocos de un llamado a un mundo que Valiant no conocía. Y así, terminó contemplando la posibilidad de iniciar el viaje al lejano Kerala.

-Decidió acudir a Rishi, el sabio anciano quien en la niñez de Valiant, leía para el infante cuentos de hadas fantásticas y héroes valientes, y en quien había encontrado no sólo un amigo, sino un mentor. El anciano poseía libros gigantes con bellas imágenes en que podían verse deslumbrantes castillos, dragones con bocas de fuego, un zapato de oro, y toda aquella promesa de imaginación, que podía hacer feliz a un niño. A la pregunta de Valiant por la leyenda del libro oculto de la felicidad, el anciano le recordó que la felicidad era el tesoro más antiguo y más grande que un hombre podía alcanzar y que cualquier esfuerzo tras su conquista valía la pena. – Aunque todos perseguimos la felicidad y no concordamos en definirla, en cada uno de nosotros ella se presenta con un vocabulario distinto, y  corresponde a cada escritor descifrar su sentido- Sentenció el anciano.  En todo caso, -prosiguió- debes cuidarte del malvado Vicious, cuya nombradía es la de hacer perder a los hombres en la locura y el desenfreno. Este hombre sombrío posee un séquito de personajes que se desdoblan en figuras cambiantes, para engañar y seducir a los mejores escritores. Y era cierto el anuncio del mentor. El malvado gozaba apropiándose con engaño de los mejores poemas de los escritores, puesto que su padre, analista de discursos, le obligaba en su niñez a leer extraños autores. Así el autoritario padre había sembrado en su corazón un deseo de manipulación de todo aquel que se dedicara a vivir de la pluma. Vicious  sabia que manteniendo oculto el gran libro de la felicidad, convertía en nácar una promesa de placer a la que pocos escritores se rehusarían. ¿Acaso detrás de todo placer no se esconde  una promesa de felicidad? –acostumbraba meditar con malicia el usurpador.-

-El anciano Rishi le advirtió con vigor a Valiant que la mejor arma para enfrentar a este personaje sombrío sería su propio talento literario, con el cual podría eludir los peligros a que se vería claramente expuesto.

-Valiant  tomó la decisión de rescatar el libro.  – El sentido   de mi  vida está en las palabras – se dijo a sí mismo- Y prosiguió: -Si no descifro el vocabulario de felicidad que me ha correspondido, y que esconde ese libro, mi vida no habrá tenido sentido. El sentido de mi vida está en el sentido de mis propias palabras.-

-Así el joven Valiant decidió iniciar el camino de las duras pruebas que había anunciado el caminante Heraldo. Desayunó con sambar y vada que preparaba su abuela, y guardó en un pareo la pluma de oro y siete pergaminos. Con dolor se despidió de sus padres, y de su hermano menor a quien cuidaba en las plácidas mañanas de trompos y rangolis. Transcurrieron treinta días de camino en la ruta de Panjur, conocida por los animales fieros que atacaban a los viajeros en las noches.

-En la noche treinta y uno, se encontró con una bellísima mujer de ojos de mar, quien al mirarlo le sonrió como dibujando en los labios su destino. Valiant quedó arrobado ante la magnificencia de la Bella, como le llamaban en la región, quien con misteriosa ternura le habló de un territorio semejante al paraíso, con un palacio que había heredado de su padre, y en el que podrían disfrutar de una vida de placer. Durante diez años el joven bebió del placer que esta mujer le prodigó. Parecía que allí se hallaba el lugar de la felicidad. Sin embargo, en algunas noches le parecía extraño que la bella le exigiese que escribiera poemas y odas a la belleza, de los que alcanzó a escribir mil. También le causaba inquietud el que la bella ocultaba las llaves de salida del palacio mientras el  escritor hacía que su pluma dibujase con palabras a la belleza.  También le extrañaba que los  poemas no permanecieran en el palacio, pues un  misterioso mensajero en cada noche los recogía. Una mañana encontró debajo de un baúl, en el que la Bella guardaba sus finas ropas, una inscripción que decía:

“Por muy poderosa que se vea el arma de la belleza,

Desgraciada la mujer que sólo a este recurso

Debe el triunfo alcanzado sobre un hombre.”

Comprendió que todos esos años los había entregado a una mujer que le hechizaba con su belleza, pero cuyo corazón era egoísta y celoso. El goce estético,  misterio que un día le prometió la bella disfrutar, era tan pálido como muerto. Entendió con agobio, como una revelación interior, que sus palabras solo habían construido un castillo artificial con un cielo blanco.  En la mañana siguiente, el joven suplicó a la Bella por su libertad, pero esta respondió que sólo un poema a la belleza, que le complaciese eternamente, podía liberarlo del yugo.  Seis meses tardó el joven para escribir  el siguiente poema:

“Cierto día Belleza y Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron:
-Bañémonos en el mar.
Entonces se desvistieron y nadaron en las aguas. Instantes más tarde Fealdad regresó a la costa y se
vistió con las ropas de Belleza, y luego partió.
Belleza también salió del mar, pero no halló sus vestiduras, y era demasiado tímida para quedarse
desnuda, así que se vistió con las ropas de Fealdad. Y Belleza también siguió su camino.
Y hasta hoy día hombres y mujeres confunden una con la otra.
Sin embargo, algunos hay que contemplan el rostro de Belleza y saben que no lleva sus vestiduras.
Y algunos otros que conocen el rostro de Fealdad, y sus ropas, no lo ocultan a sus ojos.”

La bella, al leer el poema y doblegada, le entregó a Valiant la libertad, ordenando a su guardia personal permitirle salir del palacio.

– El sombrío Vicious pronto se enteró que el joven escritor había obtenido su libertad de la Bella. Inmediatamente ordenó la aprehensión de esta, y envió al Señor del Dinero a la posada en que pernoctaba el joven Valiant. Allí, el emisario invitó al joven a brindarse a una vida de acumulación de monedas que le garantizaría prosperidad y admiración de quienes le rodeaban. Por cada escrito sobre el hábito de acumular monedas, el señor del Dinero le entregaría diez monedas de oro, y así, el escritor escribió mil sugerentes historias sobre el hábito de adquirir dinero. Las historias que escribía Valiant sobre el dinero enseñaban que este era solo una leva para satisfacer nuestras necesidades, pero que no siempre los hombres las gastaban en satisfacer sus verdaderas necesidades, sino aquellas que la imaginación permitía creer como tales. Sin embargo, Valiant se preguntaba, ¿Es mi verdadera necesidad escribir sobre el dinero?-¿para que tantas monedas si no soy feliz? ¿Acaso me he vuelto a traicionar deseando lo que no necesito? ¿Que le he hecho otra vez a las palabras?

A la mañana siguiente, escribió un cuento que hizo enojar muchísimo al señor del dinero:

“Érase una vez un rey muy rico cuyo nombre era Midas. Tenía más oro que nadie en todo el mundo, pero a pesar de eso no le parecía suficiente. Nunca se alegraba tanto como cuando obtenía más oro para sumar en sus arcas. Lo almacenaba en las grandes bóvedas subterráneas de su palacio, y pasaba muchas horas del día contándolo una y otra vez.

Midas tenía una hija llamada Caléndula. La amaba con devoción, y decía: «Será la princesa más rica del mundo». Pero la pequeña Caléndula no daba importancia a su fortuna. Amaba su jardín, sus flores y el brillo del sol más que todas las riquezas de su padre. Era una niña muy solitaria, pues su padre siempre estaba buscando nuevas maneras de conseguir oro, y contando el que tenía, así que rara vez le contaba cuentos o salía a pasear con ella, como deberían hacer todos los padres.

Un día el rey Midas estaba en su sala del tesoro. Había echado la llave a las gruesas puertas y había abierto sus grandes cofres de oro. Lo apilaba sobre mesa y lo tocaba con adoración. Lo dejaba escurrir entre los dedos y sonreía al oír el tintineo, como si fuera una dulce música. De pronto una sombre cayó sobre la pila del oro. Al volverse, el rey vio a un sonriente desconocido de reluciente atuendo blanco. Midas se sobresaltó. ¡Estaba seguro de haber atrancado la puerta! ¡Su tesoro no estaba seguro! Pero el desconocido se limitaba a sonreír.

– Tienes mucho oro, rey Midas -dijo. «Sí -respondió el rey-, pero es muy poco comparado con todo el oro que hay en el mundo.» «¿Qué? ¿No estás satisfecho?» -preguntó el desconocido. «¿Satisfecho? -exclamó el rey-. Claro que no. Paso muchas noches en vela planeando nuevos modos de obtener más oro. Ojalá todo lo que tocara se transformara en oro.» «¿De veras deseas eso, rey Midas?». «Claro que sí. Nada me haría más feliz.» «Entonces se cumplirá tu deseo. Mañana por la mañana, cuando los primeros rayos del sol entren por tu ventana, tendrás el toque de oro.»

Apenas hubo dicho estas palabras, el desconocido desapareció. El rey Midas se frotó los ojos. «Debo haber soñado -se dijo- , pero qué feliz sería si eso fuera cierto». A la mañana siguiente el rey Midas despertó cuando las primeras luces aclararon el cielo. Extendió la mano y tocó las mantas. Nada sucedió. «Sabía que no podía ser cierto», suspiró. En ese momento los primeros rayos del sol entraron por la ventana. Las mantas donde el rey Midas apoyaba la mano se convirtieron en oro puro. «¡Es verdad! -exclamó con regocijo-. ¡Es verdad!».

Se levantó y corrió por la habitación tocando todo. Su bata, sus pantuflas, los muebles, todo se convirtió en oro. Miró por la ventana, hacia el jardín de Caléndula. «Le daré una grata sorpresa», pensó. Bajó al jardín, tocando todas las flores de Caléndula y transformándolas en oro. «Ella estará muy complacida», se dijo.

Regresó a su habitación para esperar el desayuno, y recogió el libro que leía la noche anterior, pero en cuanto lo tocó se convirtió en oro macizo. «Ahora no puedo leer -dijo-, pero desde luego es mucho mejor que sea de oro». Un criado entró con el desayuno del rey. «Qué bien luce -dijo-. Ante todo quiero ese melocotón rojo y maduro.» Tomó el melocotón con la mano, pero antes que pudiera saborearlo se había convertido en una pepita de oro. El rey Midas lo dejó en la bandeja. «Es precioso, pero no puedo comerlo», se lamentó. Levantó un panecillo, pero también se convirtió en oro.
En ese momento se abrió la puerta y entró la pequeña Caléndula. Sollozaba amargamente, y traía en la mano una de sus rosas.» ¿Qué sucede, hijita?», preguntó el rey. «¡Oh, padre! ¡Mira lo que ha pasado con mis rosas! ¡Están feas y rígidas!». «Pues son rosas de oro, niña. ¿No te parecen más bellas que antes?». «No -gimió la niña-, no tienen ese dulce olor. No crecerán más. Me gustan las rosas vivas». «No importa -dijo el rey-, ahora toma tu desayuno». Pero Caléndula notó que su padre no comía y que estaba muy triste. «¿Qué sucede, querido padre?», preguntó, acercándose. Le echó los brazos al cuello y él la besó, pero de pronto el rey gritó de espanto y angustia. En cuanto la tocó, el adorable rostro de Caléndula se convirtió en oro reluciente. Sus ojos no veían, sus labios no podían besarlo, sus bracitos no podían estrecharlo. Ya no era una hija risueña y cariñosa, sino una pequeña estatua de oro. El rey Midas agachó la cabeza, rompiendo a llorar. «¿Eres feliz, rey Midas?», dijo una voz. Al volverse, Midas vio al desconocido. «¡Feliz! ¿Cómo puedes preguntármelo? ¡Soy el hombre más desdichado de este mundo!», dijo el rey. «Tienes el toque de oro -replicó el desconocido-. ¿No es suficiente?». El rey Midas no alzó la cabeza ni respondió. «¿Qué prefieres, comida y un vaso de agua fría o estas pepitas de oro?». El rey Midas no pudo responder. «¿Qué prefieres, oh rey, esa pequeña estatua de oro, o una niña vivaracha y cariñosa?». «Oh, devuélveme a mi pequeña Caléndula y te daré todo el oro que tengo -dijo el rey-. He perdido todo lo que tenía de valioso.» «Eres más sabio que ayer, rey Midas -dijo el desconocido-. Zambúllete en el río que corre al pie de tu jardín, luego recoge un poco de agua y arrójala sobre aquello que quieras volver a su antigua forma. El rey Midas se levantó y corrió al río. Se zambulló, llenó una jarra de agua y regresó deprisa al palacio. Roció con agua a Caléndula, y devolvió el color a sus mejillas. La niña abrió los ojos azules. Con un grito de alegría, el rey Midas la tomó en sus brazos. Nunca más el rey Midas se interesó en otro oro que no fuera el oro de la luz del sol, o el oro del cabello de la pequeña Caléndula”.

El Señor del Dinero, poseído por la soberbia, con furia arrojó a Valiant del Palacete, y éste, decepcionado de diez años de palabras al dinero, corrió por su nueva libertad.

– Por último Vicious contrató a un hombre muy poderoso, Cratos- cuyo principal placer se encontraba en controlar la vida, la libertad y bienes de los demás- para que persuadiera a Valiant, de no marcharse del territorio de lujuria y desenfreno que definía a la ciudad, y continuar su escritura alejado del libro de la felicidad. El malvado Cratos anunció mediante un edicto, que  Valiant, había sido nombrado primer gobernador, con autoridad militar, civil y judicial, sobre todos los habitantes, y con derecho a mandar y controlar la localidad. Lo único especial que debía hacer Valiant era un discurso diario en el que se arengaría  sobre los beneficios del régimen político de Cratos. Valiant se dijo a sí mismo: -Desde el más alto rango puedo dirigir los destinos de la gente, y así no verme prisionero de nadie-

– Así Valiant hizo mil discursos con los que persuadía a la comunidad de vivir sometida al magno gobierno. Después de cinco años,Valiant se preguntaba en un poema por los apetitos que habitaban en el corazón de un hombre con  poder. Se miraba a sí mismo y veía un hombre prisionero del miedo, rígido como los bambúes secos de Ramira, y que ofrecía a los demás salvación. Valiant, compungido por el sometimiento que imponía Cratos, escribió un discurso que hizo sublevar al pueblo, incendiando las sedes de gobierno, lo que fue aprovechado por Valiant para escapar de la ciudad.

– En la huída, ya caída la noche del domingo, se aproximó a una caverna en la que se veía en su interior, a unas ninfas con exquisitos manjares, que le invitaban a pasar la noche y disfrutar de exóticos placeres.

– Ya en el interior de la caverna, y muy avanzada la noche, Valiant se había convertido en un hombre desenfrenado, orate al que los gemidos habían sustituido el lugar de las palabras. Los deseos del escritor se habían convertido en terribles y oscuras pasiones, sin lugar para algún asomo de razón. Tampoco para una última elección personal de libertad, como había sucedido en las pruebas anteriores.  En esa caverna de oscuridad y muerte, sus ojos percibieron una luz que iluminó las paredes, y en ellas pudo ver una sombra gigantesca que ordenaba a las ninfas cesar el ritual y atar de pies y manos a Valiant, quien con el acercamiento de la sombra a su cuerpo inerte comenzaba a recuperar la conciencia. Recordó al anciano mentor y comprendió que la sombra era realmente Vicious, el usurpador del libro de la felicidad.  La sombra exigió a Valiant escribir el poema más triste del mundo, a lo que éste débilmente se opuso. Enfurecido, y armado de una daga gigante, el malvado Vicious, ya encarnado en un ser semejante a un humano, se aprestó a cortar las manos de Valiant, en represalia por semejante osadía. Desesperado, Valiant le ofreció a la sombra realizar el poema más triste del mundo, si Vicious le entregaba el codiciado libro de la felicidad que había sisado a  los antiguos sabios. Vicious, sin intención de cumplir el trato, aceptó y Valiant escribió:

Triste Domingo.

«Triste domingo, con cien flores blancas»
Y ornado el altar de mi loca ilusión
Donde mi alma se ha ido a postrar
Mientras mi boca llamándote está
Muere en mi sueños ocasos de hastío
Cansados de espera y de soledad

¡Triste domingo!

Tú no comprendes la angustia terrible
De estar esperando, sin verte, llegar
¡Vuelen tus pasos que debo marchar!
No ves que muero con mi loco afán
Quiero que seas la blanca y piadosa
Mortaja que cubra mi hora final

¡Triste destino!

Querido
Junto a mi ataúd que circundan muchas flores
Aguarda mi confesión un sacerdote
Y a él le digo:
Lo quiero, lo espero.

No temas nada si encuentras mis ojos
Sin vida y abiertos y esperándote
Tus manos son quien los deben cerrar
Y acaso entonces yo habré muerto en paz
Siento un doblar de campanas, que
Lúgubremente sus voces me ordena marchar

¡Triste domingo!

¡Vuela mi vida tu paso querido
Que llega la hora que debo partir!
Quiero tenerte en mi viaje final
Y algo me dice que no llegarás
Triste domingo visítame amado
Que ahora en mi tumba yo te he de esperar
¡He de esperar!

– Vicious se sintió tan consternado que, hundió la daga sobre sí mismo, y con una sonrisa morbosa en los labios, murió en el acto. Extenuado, Valiant tomó las llaves del bolsillo de Vicios, y abrió el cofre secreto en el que encontró el codiciado libro de la felicidad. Abrió su primera y única página, en la que podía leerse en letras borrosas:

“Si tu mirada ha logrado posarse en esta única página, significa que has franqueado  las pruebas que requiere un hombre valiente para hallar su destino. Notarás que este libro sólo consta de una página. Ello es así porque el libro de la felicidad se compone del resto de páginas que tú mismo has escrito a lo largo de estos años de pruebas y sacrificios. Sí amigo, la felicidad está en hacer lo que tú amas, y eso es lo que has hecho hasta ahora: escribir historias. No estaba en un objeto, era un hacer diario, un hábito de escribir con amor para la humanidad.”

– Valiant se sintió un hombre completo, que debía ahora realizar el camino de regreso a casa, pero antes de hacerlo sintió unas irrefrenables ganas de escribir, y escribió:

Bajo el árbol solitario del silencio,

cuantas veces nos ponemos a soñar,

todos vuelven por la ruta del recuerdo,

pero el tiempo del amor no vuelve más.

El aire que trae en sus manos,

la flor del pasado, su aroma de ayer,

nos dice muy quedo al oído,

su canto aprendido al atardecer,

nos dice su voz misteriosa,

de nardo y de rosa,

de luna y de miel:

que es santo el amor de la tierra,que triste es la ausencia que deja el ayer

En el pueblo corría la noticia de la hazaña de Valiant. Sus habitantes habían recogido monedas y logrado comprar a un vendedor de antigüedades y rarezas, un diccionario para entregarlo como presente al héroe:

-A las cinco de la tarde el héroe arribó al poblado, y recitó desde una columna, un escrito al que llamo el Elixir:

-He conquistado un libro que sólo posee una página pero que nos enseña a seguir por nosotros mismos el camino de nuestros verdaderos sueños. Ahora pueden esperar de mí historias de felicidad no solo para los enamorados, también para los niños, los jóvenes, y  los ancianos. ¡Juremos ser felices!

Caída la noche, Valiant sentía que no le hacía falta nada.

 


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