Japón y el arte de la resiliencia

Durante buena parte del primer tiempo entre Países Bajos y Japón parecía que el partido hubiera olvidado que se disputaba una Copa del Mundo.

Ambos equipos se observaron con cautela. Los neerlandeses parecían prevenidos ante la velocidad japonesa y el peligro que representa cualquier transición ofensiva de sus rivales. Japón, por su parte, aguardaba con la paciencia de un gato que estudia a su presa antes de lanzarse sobre ella.

El resultado fue un encuentro lento, excesivamente prudente y con escasas emociones. Las situaciones de riesgo fueron mínimas. Apenas una aproximación japonesa cerca del minuto cuarenta y dos logró alterar una sensación general de monotonía. Por momentos, el partido parecía más un entrenamiento táctico que un espectáculo mundialista.

Aquello recordó una verdad elemental del fútbol. El fútbol espectáculo necesita verticalidad. La posesión tiene sentido cuando conduce hacia adelante. El toque adquiere valor cuando acerca al gol. Cuando ambos equipos renuncian al riesgo, el juego pierde parte de su esencia.

Sin embargo, el segundo tiempo transformó completamente la historia de este partido.

Cuando parecía que el encuentro continuaría atrapado en el mismo ritmo pausado, Países Bajos encontró el primer gol en el minuto 51 gracias a v. Vandijk. El tanto combinó una de las fortalezas tradicionales del fútbol neerlandés, el aprovechamiento de la altura, con un descuido defensivo japonés que terminó siendo decisivo.

Muchos equipos habrían interpretado el gol como una señal de derrota. Japón no.

Los japoneses recurrieron a aquello que mejor saben hacer. Intensificaron su juego colectivo, aceleraron la circulación del balón y buscaron los espacios a ras de piso. 

El empate en el minuto 57 por parte de Keito Nakamura constituyó una declaración de principios. Fue la demostración de que el marcador adverso no modifica una convicción.

La alegría japonesa duró poco. Un nuevo error de marca permitió que Países Bajos recuperara la ventaja con gol de Summerville en el minuto 64. Parecía el golpe definitivo.

Fue entonces cuando apareció un gesto inesperado del encuentro. Ronald Koeman decidió proteger el resultado. Renunció progresivamente al ataque y reforzó su estructura defensiva mediante una mayor acumulación de jugadores en la línea defensiva. 

La decisión parecía lógica desde la perspectiva del resultado inmediato, pero terminó enviando un mensaje equivocado al partido.

Japón interpretó aquella señal como una invitación a seguir atacando.

Los asiáticos no se resignaron. Mantuvieron la presión, insistieron en la búsqueda del empate y comenzaron a exponer fragilidades defensivas que seguramente serán estudiadas por los próximos rivales de Países Bajos.

La paradoja llegó poco después.

Un equipo que había construido gran parte de sus ataques mediante asociaciones rápidas y juego a ras de césped encontró el empate mediante una acción aérea. 

Daichi Kamada apareció en un agónico minuto 89 para conectar de cabeza y establecer una igualdad que ya parecía merecida por convicción y resiliencia.

Más allá del resultado, el partido dejó una enseñanza que trasciende el fútbol.

Japón pertenece a una cultura que durante siglos ha exaltado la disciplina, y la capacidad de reconstruirse después de la adversidad. 

Esa misma filosofía pareció trasladarse al terreno de juego. Los japoneses no permitieron que un gol en contra definiera el desenlace. Tampoco permitieron que un segundo golpe destruyera sus aspiraciones.

Siguieron avanzando.

Siguieron creyendo.

Siguieron atacando.

Por eso la verdadera lección del partido fue una de resiliencia.

Mientras algunos equipos consideran que la grandeza proviene de la historia acumulada, Japón recordó que también existe otra forma de grandeza. 

Aquella que surge cuando una selección se niega a aceptar la derrota, se levanta después de cada caída y continúa luchando hasta transformar una desventaja en una hazaña.

Los japoneses llevan siglos enseñando esa lección al mundo.

En esta Copa del Mundo volvieron a hacerlo.

James Fernández Cardozo PhD

James Fernández Cardozo

Profesor universitario colombiano, abogado, magíster en Filosofía y doctor en Análisis del Discurso Narrativo.


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