La vida es un jardín en el que podemos hacer crecer la rosa más gentil del mundo. Para ello debemos sembrar nuestros sinceros deseos destinados al amor y la felicidad. Así se iniciará el misterioso movimiento de una buena vida porque son los deseos las semillas de Dios puestas en nuestros corazones para hacer germinar a los sueños y a la felicidad humana.
Nuestros deseos tienen la tendencia a dirigirse a las cosas bellas y convenientes pero también a las actividades que experimentamos como placenteras[1]. Sin embargo, estos objetos de deseo también tienen el fortísimo poder de arrastrarnos y desviar nuestro destino de felicidad si no logramos orientarlos por el sendero de nuestras auténticas pasiones, esas búsquedas del corazón a las que verdaderamente estamos llamados.
Hay un remedio para evitar la adicción de desear lo que no nos conviene: La templanza es una antigua virtud que nos permite desear lo que es realmente necesario para nuestras vidas y moderar el misterioso y tentador apetito que nos incita siempre a desear más y más.
[1] Estos objetos de deseo corresponden según el gran filósofo Aristóteles, a lo que es para nosotros bello, conveniente o placentero. En efecto, perseguimos la belleza en todas las manifestaciones del arte y de la naturaleza, aspiramos a hacer lo que creemos es conveniente para nuestra vida, y deseamos experimentar placer y no sufrir dolor. Aristóteles, Ética Nicomaquea, 1104 b, 30-35.

