Hoy, por ser el nuevo presidente de una gran nación, adquieres grandes retos personales:
Deberás asegurar la inclusión, pues en ella se radica el respeto a la diferencia, las culturas y la libertad.
La inutilidad histórica de las guerras evidencia que el mundo debería ser un lugar pacífico, en el que la avidez por los territorios o las riquezas de otros no sean la intención injusta de las naciones poderosas.
Desde la antigüedad, la práctica principal de un buen gobernante es convertirse en un ejemplo de virtud, para así lograr que sus ciudadanos también contraigan hábitos de virtud.
La mejor virtud de los ciudadanos es la templanza que orienta los deseos a las auténticas necesidades, no a las artificiales del consumismo y el exceso.
Ten en cuenta que la finalidad del poder es la felicidad de todos los habitantes, no de una presunta supremacía racial, económica o política.
Gobernarás con éxito si escuchas con atención la deliberación de las muchas voces del pueblo sobre sus múltiples necesidades.
Y recuerda que las emociones del pueblo son su patrimonio singular en la democracia, no un instrumento para la manipulación.
Solo así la gran nación que hoy diriges podrá avanzar en el sendero de la felicidad que está también fijado en el preámbulo de vuestra constitución.

