El poeta brasilero Carlos Drummond de Andrade, nos recuerda en un poema:
“Es tan grande el presente, no nos apartemos. No nos apartemos mucho, vamos de la mano”.
En Colombia estas palabras parecieran no tener sentido porque de tanto negar al otro lo que le pertenece terminamos apartándolo en un país en el que no nacimos, ni estamos solos.
Somos compañeros de un viaje. La civilización es testigo de ello. La humanidad sólo pudo crecer porque por encima del egoísmo de unos pocos, triunfaron los muchos, aquellos que iban de la mano.
¿Por qué negarle al otro lo que le pertenece? Para qué pedir tanto lo que no estamos dispuestos a dar? Solo dando recibimos, y se recibe de lo que se da.
Si damos lo que le pertenece a nuestros compañeros del viaje obtendremos también de la vida lo que nos pertenece a nosotros.
Sembremos justicia en cada acto. Hagámoslo con amor infinito, como sembrando una semilla. Así las naciones un día no tendrán que ver a sus hijos caer, porque todos iremos de la mano.
Autor: James
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La Justicia
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El libro de la felicidad
“Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo”. Aristóteles.
PDF: El Libro de La Felicidad –
– Un joven escritor de historias vivía en un pueblo remoto a orillas del río Indo. Su nombre era Valiant, y sostenía a su familia y así mismo, mediante la elaboración de escritos para los enamorados que acudían a su lápiz de oro, en busca de inspiración para el amor. Aunque Valiant sentía que su oficio era útil para la humanidad, puesto que haciendo bailar a las palabras podía unir corazones en un lazo inmortal, en el fondo de su propio corazón deseaba pronunciar palabras para indagar en otros mundos diferentes al del amor eterno.¿Acaso la belleza y el placer no merecen también la caricia de una pluma?-Se preguntaba el escritor en noches silenciosas.- Pero las palabras no fluían de su alma, y resignado, continuaba con su tarea de escribir para el amor de los enamorados. Valiant sabía que algo faltaba en su vida, y aunque su pluma deleitara al dios Kamadeva, no experimentaba la felicidad que todo hombre merecía. Tristes tardes presenciaron al vate pensativo y quieto.
– Una mañana soleada, mientras las flores de loto se asomaban brillantes entre el jardín de las estatuas de roca, un caminante de nombre Heraldo, de quien se decía había presenciado impresionantes milagros, escuchado los secretos de antiguos sabios y degustado exóticas frutas que aún no conocían los habitantes del pueblo, le narró al joven escritor, que una antigua leyenda anunciaba que en el lejano Kerala existía un cofre oculto en una caverna, en el que se escondía un libro que revelaba el secreto de la felicidad de los escritores. Pero también la leyenda advertía que quienes se atrevieran a buscarlo, deberían enfrentar duras pruebas que podían conducirles a la muerte llevados de la mano de Vicious, el usurpador del libro de la felicidad, quien protegía con ferocidad el preciado tesoro. En estas terribles pruebas se les templaba el alma a los arriesgados para arrastrarlos al desenfreno, el dolor y finalmente la locura.
-Al joven Valiant le causó gran inquietud la leyenda, pero pensó que el mundo ordinario en que vivía era el más conveniente para ayudar con los gastos de su familia, en vez de enredar en una aventura su estable vida. -Con las rupias que gano puedo pagar mis túnicas y sandalias así como los alimentos de mi familia. Para que arriesgar tanto…- se decía. Sin embargo, a medida que transcurrían los calurosos días, escuchaba ganjiras, murmullos del mar y risas cautivantes. La leyenda hablaba con signos inequívocos de un llamado a un mundo que Valiant no conocía. Y así, terminó contemplando la posibilidad de iniciar el viaje al lejano Kerala.
-Decidió acudir a Rishi, el sabio anciano quien en la niñez de Valiant, leía para el infante cuentos de hadas fantásticas y héroes valientes, y en quien había encontrado no sólo un amigo, sino un mentor. El anciano poseía libros gigantes con bellas imágenes en que podían verse deslumbrantes castillos, dragones con bocas de fuego, un zapato de oro, y toda aquella promesa de imaginación, que podía hacer feliz a un niño. A la pregunta de Valiant por la leyenda del libro oculto de la felicidad, el anciano le recordó que la felicidad era el tesoro más antiguo y más grande que un hombre podía alcanzar y que cualquier esfuerzo tras su conquista valía la pena. – Aunque todos perseguimos la felicidad y no concordamos en definirla, en cada uno de nosotros ella se presenta con un vocabulario distinto, y corresponde a cada escritor descifrar su sentido- Sentenció el anciano. En todo caso, -prosiguió- debes cuidarte del malvado Vicious, cuya nombradía es la de hacer perder a los hombres en la locura y el desenfreno. Este hombre sombrío posee un séquito de personajes que se desdoblan en figuras cambiantes, para engañar y seducir a los mejores escritores. Y era cierto el anuncio del mentor. El malvado gozaba apropiándose con engaño de los mejores poemas de los escritores, puesto que su padre, analista de discursos, le obligaba en su niñez a leer extraños autores. Así el autoritario padre había sembrado en su corazón un deseo de manipulación de todo aquel que se dedicara a vivir de la pluma. Vicious sabia que manteniendo oculto el gran libro de la felicidad, convertía en nácar una promesa de placer a la que pocos escritores se rehusarían. ¿Acaso detrás de todo placer no se esconde una promesa de felicidad? –acostumbraba meditar con malicia el usurpador.-
-El anciano Rishi le advirtió con vigor a Valiant que la mejor arma para enfrentar a este personaje sombrío sería su propio talento literario, con el cual podría eludir los peligros a que se vería claramente expuesto.
-Valiant tomó la decisión de rescatar el libro. – El sentido de mi vida está en las palabras – se dijo a sí mismo- Y prosiguió: -Si no descifro el vocabulario de felicidad que me ha correspondido, y que esconde ese libro, mi vida no habrá tenido sentido. El sentido de mi vida está en el sentido de mis propias palabras.-
-Así el joven Valiant decidió iniciar el camino de las duras pruebas que había anunciado el caminante Heraldo. Desayunó con sambar y vada que preparaba su abuela, y guardó en un pareo la pluma de oro y siete pergaminos. Con dolor se despidió de sus padres, y de su hermano menor a quien cuidaba en las plácidas mañanas de trompos y rangolis. Transcurrieron treinta días de camino en la ruta de Panjur, conocida por los animales fieros que atacaban a los viajeros en las noches.
-En la noche treinta y uno, se encontró con una bellísima mujer de ojos de mar, quien al mirarlo le sonrió como dibujando en los labios su destino. Valiant quedó arrobado ante la magnificencia de la Bella, como le llamaban en la región, quien con misteriosa ternura le habló de un territorio semejante al paraíso, con un palacio que había heredado de su padre, y en el que podrían disfrutar de una vida de placer. Durante diez años el joven bebió del placer que esta mujer le prodigó. Parecía que allí se hallaba el lugar de la felicidad. Sin embargo, en algunas noches le parecía extraño que la bella le exigiese que escribiera poemas y odas a la belleza, de los que alcanzó a escribir mil. También le causaba inquietud el que la bella ocultaba las llaves de salida del palacio mientras el escritor hacía que su pluma dibujase con palabras a la belleza. También le extrañaba que los poemas no permanecieran en el palacio, pues un misterioso mensajero en cada noche los recogía. Una mañana encontró debajo de un baúl, en el que la Bella guardaba sus finas ropas, una inscripción que decía:
“Por muy poderosa que se vea el arma de la belleza,
Desgraciada la mujer que sólo a este recurso
Debe el triunfo alcanzado sobre un hombre.”
Comprendió que todos esos años los había entregado a una mujer que le hechizaba con su belleza, pero cuyo corazón era egoísta y celoso. El goce estético, misterio que un día le prometió la bella disfrutar, era tan pálido como muerto. Entendió con agobio, como una revelación interior, que sus palabras solo habían construido un castillo artificial con un cielo blanco. En la mañana siguiente, el joven suplicó a la Bella por su libertad, pero esta respondió que sólo un poema a la belleza, que le complaciese eternamente, podía liberarlo del yugo. Seis meses tardó el joven para escribir el siguiente poema:
“Cierto día Belleza y Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron:
-Bañémonos en el mar.
Entonces se desvistieron y nadaron en las aguas. Instantes más tarde Fealdad regresó a la costa y se
vistió con las ropas de Belleza, y luego partió.
Belleza también salió del mar, pero no halló sus vestiduras, y era demasiado tímida para quedarse
desnuda, así que se vistió con las ropas de Fealdad. Y Belleza también siguió su camino.
Y hasta hoy día hombres y mujeres confunden una con la otra.
Sin embargo, algunos hay que contemplan el rostro de Belleza y saben que no lleva sus vestiduras.
Y algunos otros que conocen el rostro de Fealdad, y sus ropas, no lo ocultan a sus ojos.”La bella, al leer el poema y doblegada, le entregó a Valiant la libertad, ordenando a su guardia personal permitirle salir del palacio.
– El sombrío Vicious pronto se enteró que el joven escritor había obtenido su libertad de la Bella. Inmediatamente ordenó la aprehensión de esta, y envió al Señor del Dinero a la posada en que pernoctaba el joven Valiant. Allí, el emisario invitó al joven a brindarse a una vida de acumulación de monedas que le garantizaría prosperidad y admiración de quienes le rodeaban. Por cada escrito sobre el hábito de acumular monedas, el señor del Dinero le entregaría diez monedas de oro, y así, el escritor escribió mil sugerentes historias sobre el hábito de adquirir dinero. Las historias que escribía Valiant sobre el dinero enseñaban que este era solo una leva para satisfacer nuestras necesidades, pero que no siempre los hombres las gastaban en satisfacer sus verdaderas necesidades, sino aquellas que la imaginación permitía creer como tales. Sin embargo, Valiant se preguntaba, ¿Es mi verdadera necesidad escribir sobre el dinero?-¿para que tantas monedas si no soy feliz? ¿Acaso me he vuelto a traicionar deseando lo que no necesito? ¿Que le he hecho otra vez a las palabras?
A la mañana siguiente, escribió un cuento que hizo enojar muchísimo al señor del dinero:
“Érase una vez un rey muy rico cuyo nombre era Midas. Tenía más oro que nadie en todo el mundo, pero a pesar de eso no le parecía suficiente. Nunca se alegraba tanto como cuando obtenía más oro para sumar en sus arcas. Lo almacenaba en las grandes bóvedas subterráneas de su palacio, y pasaba muchas horas del día contándolo una y otra vez.
Midas tenía una hija llamada Caléndula. La amaba con devoción, y decía: «Será la princesa más rica del mundo». Pero la pequeña Caléndula no daba importancia a su fortuna. Amaba su jardín, sus flores y el brillo del sol más que todas las riquezas de su padre. Era una niña muy solitaria, pues su padre siempre estaba buscando nuevas maneras de conseguir oro, y contando el que tenía, así que rara vez le contaba cuentos o salía a pasear con ella, como deberían hacer todos los padres.
Un día el rey Midas estaba en su sala del tesoro. Había echado la llave a las gruesas puertas y había abierto sus grandes cofres de oro. Lo apilaba sobre mesa y lo tocaba con adoración. Lo dejaba escurrir entre los dedos y sonreía al oír el tintineo, como si fuera una dulce música. De pronto una sombre cayó sobre la pila del oro. Al volverse, el rey vio a un sonriente desconocido de reluciente atuendo blanco. Midas se sobresaltó. ¡Estaba seguro de haber atrancado la puerta! ¡Su tesoro no estaba seguro! Pero el desconocido se limitaba a sonreír.
– Tienes mucho oro, rey Midas -dijo. «Sí -respondió el rey-, pero es muy poco comparado con todo el oro que hay en el mundo.» «¿Qué? ¿No estás satisfecho?» -preguntó el desconocido. «¿Satisfecho? -exclamó el rey-. Claro que no. Paso muchas noches en vela planeando nuevos modos de obtener más oro. Ojalá todo lo que tocara se transformara en oro.» «¿De veras deseas eso, rey Midas?». «Claro que sí. Nada me haría más feliz.» «Entonces se cumplirá tu deseo. Mañana por la mañana, cuando los primeros rayos del sol entren por tu ventana, tendrás el toque de oro.»
Apenas hubo dicho estas palabras, el desconocido desapareció. El rey Midas se frotó los ojos. «Debo haber soñado -se dijo- , pero qué feliz sería si eso fuera cierto». A la mañana siguiente el rey Midas despertó cuando las primeras luces aclararon el cielo. Extendió la mano y tocó las mantas. Nada sucedió. «Sabía que no podía ser cierto», suspiró. En ese momento los primeros rayos del sol entraron por la ventana. Las mantas donde el rey Midas apoyaba la mano se convirtieron en oro puro. «¡Es verdad! -exclamó con regocijo-. ¡Es verdad!».
Se levantó y corrió por la habitación tocando todo. Su bata, sus pantuflas, los muebles, todo se convirtió en oro. Miró por la ventana, hacia el jardín de Caléndula. «Le daré una grata sorpresa», pensó. Bajó al jardín, tocando todas las flores de Caléndula y transformándolas en oro. «Ella estará muy complacida», se dijo.
Regresó a su habitación para esperar el desayuno, y recogió el libro que leía la noche anterior, pero en cuanto lo tocó se convirtió en oro macizo. «Ahora no puedo leer -dijo-, pero desde luego es mucho mejor que sea de oro». Un criado entró con el desayuno del rey. «Qué bien luce -dijo-. Ante todo quiero ese melocotón rojo y maduro.» Tomó el melocotón con la mano, pero antes que pudiera saborearlo se había convertido en una pepita de oro. El rey Midas lo dejó en la bandeja. «Es precioso, pero no puedo comerlo», se lamentó. Levantó un panecillo, pero también se convirtió en oro.
En ese momento se abrió la puerta y entró la pequeña Caléndula. Sollozaba amargamente, y traía en la mano una de sus rosas.» ¿Qué sucede, hijita?», preguntó el rey. «¡Oh, padre! ¡Mira lo que ha pasado con mis rosas! ¡Están feas y rígidas!». «Pues son rosas de oro, niña. ¿No te parecen más bellas que antes?». «No -gimió la niña-, no tienen ese dulce olor. No crecerán más. Me gustan las rosas vivas». «No importa -dijo el rey-, ahora toma tu desayuno». Pero Caléndula notó que su padre no comía y que estaba muy triste. «¿Qué sucede, querido padre?», preguntó, acercándose. Le echó los brazos al cuello y él la besó, pero de pronto el rey gritó de espanto y angustia. En cuanto la tocó, el adorable rostro de Caléndula se convirtió en oro reluciente. Sus ojos no veían, sus labios no podían besarlo, sus bracitos no podían estrecharlo. Ya no era una hija risueña y cariñosa, sino una pequeña estatua de oro. El rey Midas agachó la cabeza, rompiendo a llorar. «¿Eres feliz, rey Midas?», dijo una voz. Al volverse, Midas vio al desconocido. «¡Feliz! ¿Cómo puedes preguntármelo? ¡Soy el hombre más desdichado de este mundo!», dijo el rey. «Tienes el toque de oro -replicó el desconocido-. ¿No es suficiente?». El rey Midas no alzó la cabeza ni respondió. «¿Qué prefieres, comida y un vaso de agua fría o estas pepitas de oro?». El rey Midas no pudo responder. «¿Qué prefieres, oh rey, esa pequeña estatua de oro, o una niña vivaracha y cariñosa?». «Oh, devuélveme a mi pequeña Caléndula y te daré todo el oro que tengo -dijo el rey-. He perdido todo lo que tenía de valioso.» «Eres más sabio que ayer, rey Midas -dijo el desconocido-. Zambúllete en el río que corre al pie de tu jardín, luego recoge un poco de agua y arrójala sobre aquello que quieras volver a su antigua forma. El rey Midas se levantó y corrió al río. Se zambulló, llenó una jarra de agua y regresó deprisa al palacio. Roció con agua a Caléndula, y devolvió el color a sus mejillas. La niña abrió los ojos azules. Con un grito de alegría, el rey Midas la tomó en sus brazos. Nunca más el rey Midas se interesó en otro oro que no fuera el oro de la luz del sol, o el oro del cabello de la pequeña Caléndula”.El Señor del Dinero, poseído por la soberbia, con furia arrojó a Valiant del Palacete, y éste, decepcionado de diez años de palabras al dinero, corrió por su nueva libertad.
– Por último Vicious contrató a un hombre muy poderoso, Cratos- cuyo principal placer se encontraba en controlar la vida, la libertad y bienes de los demás- para que persuadiera a Valiant, de no marcharse del territorio de lujuria y desenfreno que definía a la ciudad, y continuar su escritura alejado del libro de la felicidad. El malvado Cratos anunció mediante un edicto, que Valiant, había sido nombrado primer gobernador, con autoridad militar, civil y judicial, sobre todos los habitantes, y con derecho a mandar y controlar la localidad. Lo único especial que debía hacer Valiant era un discurso diario en el que se arengaría sobre los beneficios del régimen político de Cratos. Valiant se dijo a sí mismo: -Desde el más alto rango puedo dirigir los destinos de la gente, y así no verme prisionero de nadie-
– Así Valiant hizo mil discursos con los que persuadía a la comunidad de vivir sometida al magno gobierno. Después de cinco años,Valiant se preguntaba en un poema por los apetitos que habitaban en el corazón de un hombre con poder. Se miraba a sí mismo y veía un hombre prisionero del miedo, rígido como los bambúes secos de Ramira, y que ofrecía a los demás salvación. Valiant, compungido por el sometimiento que imponía Cratos, escribió un discurso que hizo sublevar al pueblo, incendiando las sedes de gobierno, lo que fue aprovechado por Valiant para escapar de la ciudad.
– En la huída, ya caída la noche del domingo, se aproximó a una caverna en la que se veía en su interior, a unas ninfas con exquisitos manjares, que le invitaban a pasar la noche y disfrutar de exóticos placeres.
– Ya en el interior de la caverna, y muy avanzada la noche, Valiant se había convertido en un hombre desenfrenado, orate al que los gemidos habían sustituido el lugar de las palabras. Los deseos del escritor se habían convertido en terribles y oscuras pasiones, sin lugar para algún asomo de razón. Tampoco para una última elección personal de libertad, como había sucedido en las pruebas anteriores. En esa caverna de oscuridad y muerte, sus ojos percibieron una luz que iluminó las paredes, y en ellas pudo ver una sombra gigantesca que ordenaba a las ninfas cesar el ritual y atar de pies y manos a Valiant, quien con el acercamiento de la sombra a su cuerpo inerte comenzaba a recuperar la conciencia. Recordó al anciano mentor y comprendió que la sombra era realmente Vicious, el usurpador del libro de la felicidad. La sombra exigió a Valiant escribir el poema más triste del mundo, a lo que éste débilmente se opuso. Enfurecido, y armado de una daga gigante, el malvado Vicious, ya encarnado en un ser semejante a un humano, se aprestó a cortar las manos de Valiant, en represalia por semejante osadía. Desesperado, Valiant le ofreció a la sombra realizar el poema más triste del mundo, si Vicious le entregaba el codiciado libro de la felicidad que había sisado a los antiguos sabios. Vicious, sin intención de cumplir el trato, aceptó y Valiant escribió:
Triste Domingo.
«Triste domingo, con cien flores blancas»
Y ornado el altar de mi loca ilusión
Donde mi alma se ha ido a postrar
Mientras mi boca llamándote está
Muere en mi sueños ocasos de hastío
Cansados de espera y de soledad¡Triste domingo!
Tú no comprendes la angustia terrible
De estar esperando, sin verte, llegar
¡Vuelen tus pasos que debo marchar!
No ves que muero con mi loco afán
Quiero que seas la blanca y piadosa
Mortaja que cubra mi hora final¡Triste destino!
Querido
Junto a mi ataúd que circundan muchas flores
Aguarda mi confesión un sacerdote
Y a él le digo:
Lo quiero, lo espero.No temas nada si encuentras mis ojos
Sin vida y abiertos y esperándote
Tus manos son quien los deben cerrar
Y acaso entonces yo habré muerto en paz
Siento un doblar de campanas, que
Lúgubremente sus voces me ordena marchar¡Triste domingo!
¡Vuela mi vida tu paso querido
Que llega la hora que debo partir!
Quiero tenerte en mi viaje final
Y algo me dice que no llegarás
Triste domingo visítame amado
Que ahora en mi tumba yo te he de esperar
¡He de esperar!– Vicious se sintió tan consternado que, hundió la daga sobre sí mismo, y con una sonrisa morbosa en los labios, murió en el acto. Extenuado, Valiant tomó las llaves del bolsillo de Vicios, y abrió el cofre secreto en el que encontró el codiciado libro de la felicidad. Abrió su primera y única página, en la que podía leerse en letras borrosas:
“Si tu mirada ha logrado posarse en esta única página, significa que has franqueado las pruebas que requiere un hombre valiente para hallar su destino. Notarás que este libro sólo consta de una página. Ello es así porque el libro de la felicidad se compone del resto de páginas que tú mismo has escrito a lo largo de estos años de pruebas y sacrificios. Sí amigo, la felicidad está en hacer lo que tú amas, y eso es lo que has hecho hasta ahora: escribir historias. No estaba en un objeto, era un hacer diario, un hábito de escribir con amor para la humanidad.”
– Valiant se sintió un hombre completo, que debía ahora realizar el camino de regreso a casa, pero antes de hacerlo sintió unas irrefrenables ganas de escribir, y escribió:
Bajo el árbol solitario del silencio,
cuantas veces nos ponemos a soñar,
todos vuelven por la ruta del recuerdo,
pero el tiempo del amor no vuelve más.
El aire que trae en sus manos,
la flor del pasado, su aroma de ayer,
nos dice muy quedo al oído,
su canto aprendido al atardecer,
nos dice su voz misteriosa,
de nardo y de rosa,
de luna y de miel:
que es santo el amor de la tierra,que triste es la ausencia que deja el ayer
En el pueblo corría la noticia de la hazaña de Valiant. Sus habitantes habían recogido monedas y logrado comprar a un vendedor de antigüedades y rarezas, un diccionario para entregarlo como presente al héroe:
-A las cinco de la tarde el héroe arribó al poblado, y recitó desde una columna, un escrito al que llamo el Elixir:
-He conquistado un libro que sólo posee una página pero que nos enseña a seguir por nosotros mismos el camino de nuestros verdaderos sueños. Ahora pueden esperar de mí historias de felicidad no solo para los enamorados, también para los niños, los jóvenes, y los ancianos. ¡Juremos ser felices!
Caída la noche, Valiant sentía que no le hacía falta nada.
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Como Dominar Las Pasiones
Como Dominar Las Pasiones
“Sólo observo en nosotros una cosa que puede autorizarnos a estimarnos: el uso de nuestro libre arbitrio y el dominio que tenemos sobre nuestras voluntades; pues sólo por las acciones que dependen de este libre arbitrio podemos ser con razón alabados o censurados; y nos hace en cierto modo semejantes a Dios, haciéndonos dueños de nosotros mismos, con tal de que no perdamos por cobardía los derechos que nos da”
Rene Descartes,
Las Pasiones del Alma, artículo 152.
Introducción.
El dominio y manejo de las pasiones por medio de la razón ha sido el principal objeto de la ética en los filósofos antiguos y modernos. René Descartes, el último filósofo antiguo y el primer moderno, ha marcado un hito singular en este debate al hacer emerger a la voluntad, y en concreto la voluntad de usar bien nuestro libre albedrío,[1]como el motor que movería a la modernidad y que pondría en evidencia la aparición del sujeto dueño de sí mismo. Este movimiento de la voluntad se ejerce mediante una virtud, que reúne a todas las virtudes de la antigüedad, y que revela un ejercicio de libertad para el adecuado dominio de nuestras pasiones y por tanto la conducción soberana de nuestra vida.
I. Las Pasiones
Conducir la vida por nosotros mismos es la gran exhortación ética del filósofo René Descartes y el verdadero pilar en que se funda la modernidad, con toda su carga de desasosiego, angustia y soledad que hoy en ella pervive[2]. Aunque el propósito de Descartes en el Discurso del Método no era el de enseñar el camino que cada uno debe seguir para conducir bien su razón, sino sólo hacer ver de qué manera Descartes había tratado de conducir la suya,[3] en la obra “Las Pasiones del Alma” su propósito es el de exponernos los remedios[4] para evitar el mal uso o los excesos en las pasiones, puesto que de ellas depende todo el mal y todo el bien en esta vida[5].
Bajo esta luz, el juzgar bien para obrar bien[6] reúne el perenne cruce de espadas entre razón y pasión, del cual, según Descartes, puede incluso sacarse gozo. En efecto, afirma Descartes:
“Mas en este punto es donde tiene su principal utilidad la cordura, pues enseña a dominar de tal modo las pasiones y a manejarlas con tal destreza, que los males que causan son muy soportables, y que incluso de todos ellos puede sacarse gozo”[7]
Desde el “Discurso del Método” en Descartes se anticipaba la necesidad de una regulación del deseo, es decir, la de vencerse a sí mismo más que a la fortuna[8], por lo que la obra “Las Pasiones del Alma”, publicada doce años después, en 1650, constituiría el fundamento de una ética de la conducción de sí bajo el libre albedrío.
El viaje que hace aparecer la libertad de los modernos, y su virtud clave, la generosidad, se inicia con una radical oposición del filósofo de Tourane a lo que habían escrito los filósofos antiguos sobre las pasiones, advirtiendo con vehemencia que al alejarse de los precarios e ilusorios caminos seguidos por ellos, podría abrigar alguna esperanza de aproximarse a la verdad. [9]
En efecto, la concepción antigua de un alma dividida en dos partes, una irracional y otra que tiene razón, o aquella que la dividía en apetitos naturales y voluntad[10], es asumida por Descartes negando cualquier diversidad de partes y afirmando la voluntad como un apetito racional.[11] En Descartes, descontadas las funciones que se le pueden atribuir al cuerpo, no queda sino lo que podemos atribuir al alma, es decir, nuestros pensamientos[12], que son de dos géneros: las acciones del alma, es decir, nuestras voluntades porque sentimos en nosotros mismos que provienen y dependen de ella, y de otro lado las pasiones, consistentes en variedades de percepciones -denominadas también sentimientos o emociones- y conocimientos, que están en nosotros. Sobre las percepciones Descartes afirma que unas están referidas a objetos exteriores, otras a nuestro cuerpo y otras a nuestra propia alma, haciendo consistir a estas últimas en las pasiones del alma[13].
Así, fiel a su método que enumera y ordena, Descartes enuncia seis pasiones primarias, de las cuales la primera es la admiración, a la que irán unidas las pasiones particulares de la estimación o el desprecio.
II. Recto deseo y recta razón
Es singular el rol del deseo en la ética de Descartes, para quien la principal utilidad de la moral consiste precisamente en regular al deseo[14], puesto que el deseo es el mecanismo por el que las pasiones nos llevan a la acción del alma[15], es decir, a querer algo, lo que hace que la pequeña “glándula” a la que el alma va estrechamente unida se mueva de manera necesaria para producir el efecto que esa voluntad quiere[16]. Las pasiones incitan al alma, pero es el deseo, al que Descartes califica como pasión, el que hace buscar con inquietud el acontecimiento[17].
Como el deseo es el puente entre la pasión y la acción, Descartes construye unas condiciones para su regulación adecuada, es decir, una formulación sobre el recto deseo, bastante similar a todo lo que afirmó Aristóteles sobre la virtud de la templanza[18]. En efecto, Descartes afirma que al recto deseo, al deseo bueno, le precede un verdadero conocimiento y no puede menos de ser malo cuando se funda en algún error[19]. En esta perspectiva de la determinación del deseo, y por tanto de la voluntad por el entendimiento, advierte Descartes otra regla para el ejercicio recto del deseo: sólo podemos desear lo que estimamos posible en algún modo[20]. El deseo está atado a lo posible, a objetos diversos que hacen surgir tantas especies diversas de deseo[21] que pueden suscitar en la sangre diversos movimientos. El objeto del deseo es el que mueve, por lo que, advierte Descartes, hay que estar preparados[22]:
“He de confesar que hay pocas personas bastante preparadas de esta suerte contra toda clase de situaciones y que estos movimientos suscitados en la sangre por los objetos de las pasiones se producen tan inmediata y súbitamente como consecuencia de las impresiones que recibe el cerebro y de la disposición de los órganos, aunque el alma no contribuya en nada a ello, que no hay cordura humana capaz de oponerles resistencia cuando no se está bastante preparado”
Pero los objetos de deseo además de tener la condición de ser posibles, en la vida moral deben limitarse a lo que depende exclusivamente de nosotros, lo que siempre nos asegurará una entera satisfacción[23]. Esta limitación que propone Descartes puede entenderse como el recto objeto al que debemos orientar nuestro deseo y que ya Aristóteles había enunciado como desear lo que se debe[24].
Encausar el deseo a rectos objetos debe ser entonces un hábito de toda la vida, y qué mejor recto objeto del deseo puede ser el de la virtud, de la cual en Descartes nunca puede ser excesivo su deseo[25], puesto que el deseo de virtud contiene una promesa de felicidad y nuestro yerro en esto será el desearla demasiado poco y no liberarnos de nuestros deseos menos útiles, menos necesarios[26].
Otra condición del recto deseo en Descartes la constituye la moderación, es decir, evitar que el deseo sea excesivo. La vieja regla aristotélica del desearcomo se debe, condición del hábito de la templanza, vuelve a ser enunciada por Descartes en “Las Pasiones del Alma” al advertir sobre el deseo[27]:
“En cuanto al deseo, es evidente que cuando procede de un verdadero conocimiento no puede ser malo, con tal de que no sea excesivo y de que el conocimiento lo regule”
La moderación, regla aristotélica del término medio en el deseo, es una condición esencial del recto deseo en Descartes que incluso puede, como afirmó Aristóteles, salvaguardar a la virtud de la prudencia en sus juicios prácticos[28]:
“La alegría es generalmente más nociva que la tristeza, porque ésta, dando moderación y miedo, dispone de algún modo a la prudencia, mientras que la otra hace desconsiderados y temerarios a los que se entregan a ella”
El recto deseo en Descartes retoma así los postulados aristotélicos que definieron la virtud de la templanza, aquellos que dibujaron el contorno del desear lo que se debe, como se debe y cuando se debe. La regulación del deseo es la principal preocupación de Descartes para establecer la utilidad de la moral, y es la misma de Aristóteles en la definición de la virtud de la templanza. Si la principal función del deseo es regular nuestras costumbres[29], decía Aristóteles, con razón la principal utilidad de la moral será regular al deseo.
Obsérvese que la regulación del deseo se hace a través del conocimiento; y así, el deseo será bueno si es precedido por un verdadero conocimiento[30]. Por esta razón el soberano remedio contra las pasiones será en Descartes el ejercicio de una virtud consistente en no dejar nunca de hacer lo que se ha juzgado es lo mejor[31]. El cómo construir y utilizar las propias armas, o juicios firmes y determinados referentes al conocimiento del bien y del mal con arreglo a los cuales nuestra voluntad conduzca nuestra vida[32], se traduce en Descartes en la pregunta por el buen juicio, es decir, por el recto uso de la razón, que será, en todo caso, un uso bajo el libre albedrío[33]. Pero nuestro uso libre de la razón debe dirigirse a rectos objetos, es decir, a bienes cuya adquisición parezca depender en cierto modo de nuestra conducta, para así poder examinar su justo valor[34]. Es el recto uso de la razón el que nos entrega un verdadero conocimiento del bien para facilitar la práctica de la virtud, y así poder penetrar nuestros deseos para limitarlos. Por tanto, en Descartes, el uso recto de la razón es la espada dorada para cruzar con la del deseo, haciéndonos gozar de la mayor felicidad. Así lo confiesa Descartes en su carta a Elizabeth del 4 de agosto de 1645: [35]
“El recto uso de la razón, al dar un verdadero conocimiento del bien, impide que la virtud sea falsa, e incluso al ponerla de acuerdo con los placeres lícitos facilita tanto su práctica y, al hacernos conocer la condición de nuestra naturaleza, limita a tal punto nuestros deseos que hay que confesar que la mayor felicidad del hombre depende de este recto uso de la razón…”
III. Voluntad y recta elección
Descartes es el filósofo que pone en evidencia que el tránsito entre la elección y la acción es el momento cumbre de la vida moral. El deseo es penetrado o regulado por el uso recto de la razón para elegir y actuar, para conducir nuestra propia vida, y el protagonista de este tránsito elección-acción será la voluntad. Esta instala en la cúspide de la ética la bandera de conquista soberana del hombre. En Descartes la vida moral transcurre en la relación voluntad-entendimiento en la que la voluntad, por el solo hecho de querer, mueve sin necesidad de un fin. Es la eficiencia de una voluntad infinita que se articula con la endeblez de un entendimiento finito.
En Descartes, la voluntad del bien no se desprende del bien sino del querer, en claro contraste con los escolásticos, para quienes la voluntad se orienta hacia el bien o hacia lo que el entendimiento representa como bien. Para Descartes el bien se construye desde la voluntad, por eso es que ésta es el soberano bien, un bien que nos hace semejantes a Dios y que parece eximirnos de estar sujetos a él[36]. La conducción misma de nuestra vida se hace con la voluntad, que escoge continuamente las propias armas, es decir, los juicios firmes y determinados respecto al conocimiento del bien y del mal; y así la fuerza o debilidad moral de nuestra alma se definirá por el constante impulso propio de nuestra voluntad para vencer más fácilmente a las pasiones[37]. A diferencia de los filósofos antiguos, el soberano bien en Descartes no será entonces un lugar para llegar; será un viaje de nuestra voluntad, a través del ejercicio de la libertad, un viaje que de no emprenderse no nos podrá hacer salir del intrincado bosque.
En Descartes la voluntad es facultad de elegir, es decir, de libre albedrío. Esta facultad de elegir no está circunscrita a límite alguno, y es ella la que distingue al hombre pero también la que lo revela semejante a Dios [38]. Es una facultad en todo caso más amplia y extensa que la del entendimiento, que es finito porque no puede conocerlo todo y ha sido creado por otro que no soy yo. Nuestros errores, anota Descartes, provienen de que siendo la voluntad más amplia y extensa que el entendimiento, no la contenemos en los límites de éste, sino que la extendemos a lo que no entendemos, a lo que no concebimos como claro y distinto [39]. En el error, que es privación de lo que yo debía poseer y no negación o defecto de alguna perfección que debía tener, participan al mismo tiempo[40] entendimiento y voluntad; ambos son responsables siempre, por lo que no existe entre ellos dicotomía: entendimiento y voluntad se determinan al mismo tiempo en el que, otra vez, la eficiencia de la voluntad infinita se articula con la endeblez del entendimiento finito.
En la cuarta meditación, Descartes enuncia la regla para evitar el hábito de equivocarnos y que constituye la más grande y principal perfección del hombre: “mediante una meditación atenta y reiterada a menudo, imprimir en la memoria un pensamiento: el de guardar firmemente la resolución de no formular jamás mi juicio sobre las cosas cuya verdad no me es claramente conocida” [41]. En consecuencia haremos rectas elecciones cuando apliquemos la voluntad a los límites del entendimiento. Sin embargo, el acto de la voluntad necesita del hábito del buen juicio que expresa una virtud de la voluntad y que ya anuncia la aparición de otra virtud, cual es la de hacer realidad material a la recta elección: la de hacer con firmeza y constancia lo que hemos juzgado, elegido, es lo mejor. Nos referimos al hábito o virtud que Descartes denomina la generosidad.
IV Generosidad y Libertad
Aplicar el libre albedrío a los límites del entendimiento hace aparecer a la recta elección en que se resume la fórmula de moral por provisión que nos impide errar al distinguir lo verdadero de lo falso. Sin embargo, el hábito de la resolución en juzgar bien necesita de otro que asegure el tránsito entre la recta elección y la acción. Una ética que no se interese por este paso es una ética para ángeles. El Tratado de las Pasiones del Alma demuestra que Descartes no sólo es el filósofo de la recta elección en el juicio; lo es también el de la recta acción, que es la de hacer lo bueno, es decir, emprender y ejecutar todas las cosas que se han juzgado mejores, lo que Descartes califica como el seguir perfectamente la virtud[42].
El viaje de la voluntad nos ha elevado así a una ética de la acción, que hace visible y viable la conducción de la vida con el uso del libre albedrío, revelándonos así una promesa de felicidad. Este viaje, ahora sobre nuestro propio cielo, se hace con lo que Descartes denomina como generosidad, y que es reconocida de modo general como una virtud. Sin embargo, en un pasaje del tratado Las Pasiones del Alma, la generosidad es considerada una pasión. Se trata del artículo 161, que no guarda estricto rigor con el carácter de virtud que se le había asignado a la generosidad en el resto de la obra. Dispone el artículo 161:
“si nos preocupamos a menudo de considerar qué es el libre albedrío y cuán grandes son las ventajas de tener una firme resolución de hacer buen uso de él, así como por otra parte, cuan vanos e inútiles son todos los cuidados que importunan a los ambiciosos, podemos suscitar en nosotros la pasión y luego adquirir la virtud de la generosidad, y como ésta es la clave de todas las demás virtudes y un remedio general contra todos los desórdenes de las pasiones, paréceme que esta consideración bien merece ser tenida en cuenta”
En primer lugar, la generosidad procede de la voluntad, como expresamente lo afirma Descartes al evidenciar la causa por la cual vivimos la primera pasión, que es la estimación[43]. La generosidad es así la consecuencia inmediata de la firme y constante resolución de juzgar bien, que se transforma enacción, en el ejercicio del libre arbitrio. En Descartes nuestras voluntades son las acciones del alma, porque experimentamos que provienen directamente de nuestra alma, y parecen no depender sino de ella[44].
Descartes distingue las voluntades, o acciones del alma, de las pasiones por cuanto éstas se encuentran en nosotros, a lo que puede acotarse que no en todos está la generosidad. Así mismo afirma que las pasiones dependen absolutamente de las acciones que las conducen[45], es decir, de la voluntad, aunque la voluntad no puede provocar directamente las pasiones[46], lo que es contradictorio con la insinuación que hace Descartes en el artículo 161 del tratado “Las Pasiones del Alma” de que la voluntad puede suscitar en nosotros la pasión, que no explicita como pasión de generosidad, aunque sí como virtud de generosidad.
La enumeración de las pasiones en Descartes hace aparecer en primer lugar a la admiración que es un sentimiento de asombro o sorpresa que hace al alma considerar con atención los objetos que le parecen raros y extraordinarios. De esta gran pasión se desprende otra particular consistente en una inclinación del alma al representarse el valor de un objeto que se estima, consistiendo esta inclinación en la pasión de la estimación que es más visible cuando lo que estimamos es nuestro propio mérito[47]. Así, solo una cosa puede autorizarnos a estimarnos: el uso de nuestra libertad y el dominio de nuestra voluntad. Como se observa, la estimación es una verdadera pasión que puede ser agitada por nuestra recta elección y nuestra recta acción.
Es singular que en Descartes la generosidad sea considerada expresamente como hábito o virtud de la magnanimidad48. En efecto, el magnánimo en los antiguos es quien es digno de grandes cosas49 y la magnanimidad es un cierto orden bello de las virtudes, en el que el magnánimo no puede conformar su vida a la de otro50. Tenía razón Descartes al denominar generosidad a lo que en la antigüedad era magnanimidad pues, ¿ acaso no nos hace dignos de gran estimación el conducir nuestra vida bajo el uso del libre arbitrio, es decir, sin depender de otro?. La generosidad es en consecuencia la expresión moderna de una antigua virtud.
Sin embargo, la concepción de virtud en Descartes sigue un curso distinto al de los filósofos antiguos pues para éstos los objetos determinaban diferentes especies de virtudes, posición de la que se aparta radicalmente el filósofo de Tourane, y que se evidencia en la Carta a Elizabeth del 4 de agosto de 1645, en que para Descartes la voluntad unifica a las virtudes en una sola: la firmeza y la constancia de la resolución de juzgar bien y obrar bien. En todo caso, a la virtud de la generosidad Descartes le atribuirá la firme y constante resolución de hacer lo bueno, es decir, la de emprender y ejecutar todas las cosas que se juzguen mejores, haciendo consistir en esto el ejercicio perfecto de la virtud51.
Lo que ocurre con la verdadera generosidad es que hace agitar una pasión, la de la estimación en el más alto grado, lo que quiere decir que una virtud puede excitar una pasión, en este caso la de la estimación, que es particular respecto a la pasión primaria de la admiración. Esta pasión de la estimación también tiene un contenido político en Descartes al afirmar que los generosos no estiman nada más grande que hacer el bien a los demás hombres y despreciar el propio interés, y ser enteramente dueños de sus pasiones52. Si la cualidad del generoso es la de ser dueño enteramente de sus pasiones, no puede concebirse que la generosidad sea una pasión, pues esto nos conduciría a afirmar que una pasión sea dueña de las demás. La conjunción actos de virtud y pasiones del alma, en que en algún momento pretende Descartes fincar la generosidad53, no tiene coherencia con el carácter de hábito que contiene la generosidad. Conocer que podemos dominar nuestras voluntades y sentir la firme y constante resolución de hacer lo bueno, condiciones del artículo 153 de Las Pasiones del Alma no bastan para despertar la pasión de la estimación: sólo el uso de nuestro libre albedrío y el dominio que tengamos sobre nuestras voluntades54 para inclinarlas a la acción, puede hacer estimarnos en grado sumo.
Es el uso del libre albedrío en la acción el que nos hace objeto de alabanza o censura y el que nos hace semejantes a Dios, haciéndonos dueños de nosotros mismos55. La generosidad es la recta acción de la libertad, por lo que es más virtud que pasión. Descubierto nuestro propio cielo, es la virtud que nos da las alas para volar en él. Es la virtud de la libertad, que revela en Descartes, una ética de la libertad56
[1] René Descartes, Las Pasiones del Alma, editorial Aguilar, Buenos Aires, 1992. P. 149.
[2] James Fernández Cardozo, Autonomía Moral y Eticidad, Unidad de Artes Gráficas Universidad del Valle, 2004. P.168.
[3]René Descartes, Obras Escogidas, Discurso del Método, Editorial Suramericana, 1967, Buenos Aires. P. 137.
4 René Descartes, Las Pasiones del Alma. P. 183, art. 211.
[5] Ibíd. P. 185, art. 212.
[6] René Descartes, Obras Escogidas, Discurso del Método. P. 156.
[7] René Descartes, Las Pasiones del Alma. P. 186. art. 212.
[8] René Descartes, Obras Escogidas, Discurso del Método. P. 154.
[9] René Descartes, Las Pasiones del Alma. P. 43, art. 1.
[10] Aristóteles, Ética Nicomaquea, editorial Gredos, Madrid, España, 1988. 1102 a, 30-31.
[11]René Descartes, Las Pasiones del Alma. P. 76, art. 47.
[12] Ibid. P. 56, art. 17.
[13] Ibid. P. 61, art. 25.
[14] Ibid. P. 140, art.144.
[15] Ibid. P. 139, art. 144.
[16] Ibid. P. 72, art. 41.
[17] Ibid. P. 159, art. 166.
[18] Aristóteles, Ética Nicomaquea, 1119 b, 15-20.
[19]René Descartes, Las Pasiones del Alma, p. 144, art.148.
[20] Ibid. P. 141, art. 145. Véase también, P.159, art.166.
[21] Ibid. P. 102, art. 88.
[22] Ibid. P. 183, art. 211. Véase también, P. 86, art. 58.
[23] Ibíd. P. 142. art.146.
[24] Aristóteles, Ética Nicomaquea. 1119 b, 15-20.
[25] René Descartes, Las Pasiones del Alma, p. 140, art.144.
[26] Ibid. P. 140, art. 144.
[27] Ibid. P. 137, art. 141.
[28] Ibid. P. 139, art. 143.
[29] Ibid. P. 139, art. 143.
[30] Ibid. P.140, art.144.
[31] Ibid. P.145, art. 148.
[32] Ibid. P.78, art.48.
[33] Rene Descartes, Cartas Sobre la Moral, editorial Yerbabuena, Buenos Aires, 1995, P. 98.
[34] Ibíd. P.100.
[35] René Descartes, Obras Escogidas, Correspondencia. P. 433.
[36] René Descartes, Obras Escogidas, Descartes a Cristina de Suecia. P. 473.
[37]René Descartes, Las Pasiones del Alma. P. 78, art. 48.
[38] René Descartes, Obras Escogidas, Meditaciones Metafísicas, p. 256.
[39] Ibid. P. 46.
[40] Ibid. P. 255.
[41] Ibid. P. 261.
[42] René Descartes, Las Pasiones del Alma. P.149, art.153.
[43] Ibid. P.152, art. 158.
[44] Ibid. P. 56, art. 17.
[45] Ibid. P.72, art. 41.
[46] Ibid. P.77, art.47.
[47] Ibid. P.148, art. 151.
48 Ibíd. P. 156, art.161. Véase también, p. 85, art. 54.
49 Aristóteles, Ética Nicomaquea. 1224 a, 1-5.
50 Ibíd. P. 222, par. 15.
51René Descartes, Las Pasiones del Alma. P. 149, art. 153.
52 Ibid. P. 151, art. 156.
53 Ibid. P. 156, art. 161.
54 Ibíd. P. 156, art. 161.
55 Ibíd. P.149, art. 152.
56 Jean Paul Margot, Estudios Cartesianos, Instituto de Investigaciones Filosóficas, Universidad Nacional Autónoma de México, 2003, p. 151.
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Carnaval de Blancos y Negros
El 3 de enero se inicia en el sur de Colombia el Carnaval de Blancos y Negros, declarado por la Unesco en el año de 2009, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El Carnaval de Blancos y Negros es una celebración de origen indígena nacida en rituales de las culturas pastos y quillacingas, y en la que confluyen culturas andinas, amazónicas y del pacífico, pero que en la actualidad convoca a toda la comunidad nacional. El carnaval formalmente se celebró por primera vez en el año de 1607, en que por autorización de la corona española se decretó un día de libertad y jolgorio a las personas afro descendientes, entonces llamadas negritos, pero la festividad se complementó posteriormente en el año 1912 con el grito de un sastre de la época ¡Vivan los Blanquitos¡ en respuesta a la festividad negra, dando lugar a conjuntar las alegrías en el grito ¡Que vivan los Negros y que vivan los Blancos¡ Los carnavales son fiestas colectivas de los pueblos, que hacen olvidar las diferencias, y que abrazan en un solo corazón alegre y festivo la cotidianidad y costumbres de sus gentes. Nos recuerdan que para el cuidado mental de sí mismos no debemos tomarnos tan en serio, y en cambio darnos la oportunidad del humor, la alegría y la risa, signos de una persona con felicidad.
