Categoría: Esquelas

  • Creer en sí mismo

    Para mover el mundo la creencia en sí mismo constituye el pan del espíritu. Ella alimenta la esperanza, la tenacidad y la constancia. Por la creencia un hombre puede mover montañas porque para el que cree todo es posible. Si yo creo en mí como artífice de mi destino y capaz de lograr cualquier objetivo, construiré mi vida como haya querido hacerlo.

    Creer en uno mismo significa conocerse, apreciar los talentos propios, verse a sí mismo como bueno, no culpable de pecados, capaz de cambiar y mejorar. También significa repasar los logros conquistados, las buenas obras realizadas y los actos de bondad con el prójimo. Significa explorar nuestras posibilidades de crecimiento, cuidar el cuerpo con ejercicio físico y el alma con ejercicio espiritual.

    Creer en uno mismo también significa atreverse a realizar el sueño o propósito por el cual nuestro corazón nos dice que hemos venido al mundo. Creer en uno mismo significa ser fiel a sí mismo, actuando bajo la ley del propio pensamiento, en el imperio de la autonomía, sin descuidar el vivir a diario nuestro propio día ideal aunque se nos quiera imponer el día ideal del mundo.

    Vuelve a tí mismo. Encontrarás allí la fuerza para conquistar los sueños.

     

  • El Afecto

    Sonreír saludar con energía, ser amable con el de al lado, estrechar con firmeza una mano, dar un abrazo, decir te quiero, regalar una esquela, desear el bien, compartir una alegría o una tristeza…

    Sabes que si te liberas de la tensión del resentimiento, la desconfianza y la indiferencia, podrías navegar en el oleaje de las nuevas experiencias y abriendo inesperadas rutas en el amor, la amistad, el trabajo, el estudio.
    Sin embargo, parece difícil ejercer el afecto. Es algo que sentimos necesitar, pero que damos poco. ¿Cuál es el miedo? ¿El mostrarte frágil? ¿Si crees en ti mismo, a qué puedes temer? Con frecuencia se considera que ser tierno es sinónimo de debilidad cuando realmente lo es de sensibilidad.

    No cargues más esa pesada caparazón en la que ocultas los tesoros de tu afecto. Realiza exactamente aquello que te da miedo y vencerás ese temor.

    Entonces da afecto en abundancia. El afecto es un río inagotable y multiplicador: cuanto más das, más recibes.

    Konrad Lorenz dijo:

    “Hemos sido creados para repartir nuestro afecto entre todos los seres humanos”

    Reparte afecto a todos los compañeros del viaje. Si no están en tu caravana envíales buenos pensamientos deseandoles felicidad. Te convertirás así en un manantial inagotable de vida.

    Para eso naciste.

     

  • La Dignidad

    “Esfuérzate constantemente por contribuir al bienestar del mundo.
    Mediante la devoción a una labor sin egoísmo se alcanza la meta suprema de la vida.
    Haz tu labor siempre con el bienestar de los demás en el pensamiento”
    BHAGAVAD GITA

    Cuando somos fieles a nosotros mismos un sentimiento de orgullo se posa en nuestro corazón. Este sentimiento es el de la dignidad que nace de mantener nuestros principios y normas personales sobre las circunstancias y las relaciones con los demás. Quien tiene dignidad vive con un proyecto de vida, bien y sin humillaciones. Sabe que actúa conforme a su conciencia, buscando el mejoramiento del bienestar de la humanidad.  Ha construido una ética personal que se convierte en su faro en el oleaje del mundo y posee un propósito en la vida por el cual luchará a pesar de la incomprensión.
    Actuemos en la autonomía y no en la necesidad de aprobación, construyamos el mundo sin temor a la crítica, dejemos una huella propia en la arena de la vida.

     

  • La Bondad

    “El amor todo lo vence; también nosotros rindámonos al amor”.
    Virgilio.

    Un corazón bondadoso es una luz en el camino de los hombres, un caminante con el alma limpia y un dador de lo mejor de sí mismo.
    Quien comprende que amar es la esencia de todo principio, posee la verdadera razón de estar en el mundo y convierte su vida en un manantial de pensamientos y acciones para ayudar a los demás a conseguir sus sueños.
    Nuestra nación, como ninguna otra, necesita de corazones bondadosos; seres para quienes el servir a los demás sea un propósito de vida, dadores de bienes, donantes de solidaridad.
    Bondad en la acción que pueda desterrar la intolerancia en la política, el abuso de la posición dominante en la economía y la violencia en la sociedad. Necesitamos guerreros de la bondad, portadores de un ladrillo para construir y no de un arma para matar.
    Pablo de Tarso, apóstol de los gentiles del siglo I de nuestra Era, dio un ejemplo al mundo sobre cómo un “nacido para matar” se convirtió en un guerrero de la bondad. Y nos dejo un credo en esta bella carta:

    “Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y los ángeles, si no tuviera amor, sería como bronce que resuena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencias. Y aunque distribuyera todos mis bienes para dar de comer  a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tuviera amor, de nada me serviría. 
    El amor es sufrido, es benigno, no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca el interés propio, no ofende, no se irrita, no es rencoroso; no se goza en la injusticia sino en la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. En pocas palabras, hay tres cosas que perduran: La fe, la esperanza y el amor; pero la más excelente de ellas es el amor”. 

    Actuemos en la bondad y nunca más en la guerra.