Categoría: Mensaje Diario

  • Los 10 Mandamientos de la Felicidad

    Los 10 Mandamientos de la Felicidad

    1.     Modera tus deseos

    2.     Dedícate solo a lo que entusiasma

    3.     Cuida a tus pensamientos, tu cuerpo y tu fortuna

    4.     Confía en ti mismo con coraje y constancia

    5.     Ayuda  a los demás

    6.     Actúa siempre por amor, no seas egoísta ni apegado

    7.     Vive en el presente

    8.     Olvida el pasado con perdón y gratitud; mira al futuro con optimismo y fe

    9.     Practica la Meditación

    10.  Vive unido a Dios

  • Los tres caminos para ayudar a los demás

    Los tres caminos para ayudar a los demás

    La mejor forma de servir a los demás se hace con el ejercicio amoroso de nuestros talentos. Por eso nuestros mejores esfuerzos deben ir dirigidos a la excelencia y calidad en lo que hacemos para dejar una huella en el corazón agradecido de quien ayudamos. La felicidad que nos deja enseñar a otros, construir una gran obra, diseñar un modelo que mejorará un proceso, o inspirar un cambio social, no es comparable con el mayor bien o riqueza que exista en el mundo. La propia felicidad se alimenta de la felicidad que entregamos generosamente a los demás. Dar lo mejor de nosotros mismos para la felicidad general nuestra misión esencia, el cometido que da sentido a una vida, la verdadera llama que ilumina al mundo.

    Tres caminos podemos transitar en la ruta de ayudar a los demás:

    El camino de la bondad

    Reconocer que los demás al igual que nosotros persiguen la felicidad y buscan evitar el sufrimiento abre la puerta infinita de la bondad y compasión hacia todos los seres vivientes. En la filosofía budista la compasión permite entender que quien ha realizado un gran daño a los demás no lo hace por maldad sino por ignorancia, y esta persona todavía debe transitar en el camino de la evolución de su conciencia. Un corazón bondadoso se alegra ante las alegrías de sus semejantes y no distingue entre personas para irradiar lo mejor de sí mismo. Un corazón compasivo siempre ama a pesar de las ofensas.

    El camino de la solidaridad

    Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad, decía José Martí. Y aunque el propósito común de la humanidad es alcanzar la felicidad, las desigualdades e injusticias han sido constantes en la historia de los pueblos y han imposibilitado el acceso a la riqueza general y a los bienes inmateriales sin los cuales no puede vivirse un mínimo de bienestar. Para la conquista colectiva del propósito común de felicidad es necesaria la acción decidida de personas y naciones tendiente a ayudar a los demás, especialmente cuando ellos se encuentran en desventaja. Esta acción virtuosa de apoyo al otro es la solidaridad.

    La expresión solidaridad proviene del latín solidus, para significar lo sólido, firme o compacto. Los fenómenos de exclusión y marginalidad de los menos favorecidos nos aguijonea a la firme y decidida actuación para su inclusión, es decir, su retorno al cuerpo social. Solidaridad no es caridad o asistencialismo sino el deber colectivo de apoyo a los otros para asegurar la cohesión social. Eduardo Galeano, el escritor y periodista uruguayo, nos lo recuerda: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.

    El camino de la justicia

    La justicia es la posibilidad de acceder, en condiciones de igualdad, a la plena satisfacción de las necesidades materiales y espirituales. Una nación injusta es por tanto una nación desigual en que sus habitantes no encuentran la plena satisfacción de sus mínimas necesidades humanas. El mundo sería más feliz si la igualdad, la riqueza material y a la trascendencia que nos dan los bienes inmateriales pudieran ser una posibilidad real. La vida en comunidad nos pide vivir como hermanos, andando los caminos tomados de las manos, solidarizados para alcanzar un mundo de paz y justicia. El poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade, así nos convoca:

    “No seré el poeta de un mundo caduco.

    Tampoco cantaré al mundo futuro.

    Estoy atado a la vida y oigo a mis compañeros.

    Entre ellos, considero la enorme realidad.

    El presente es tan grande, no nos separemos.

    No nos separemos mucho, vamos unidos por las manos”.

  • El Hábito de ser solidario

    El Hábito de ser solidario

    Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad, decía José Martí. El propósito común de la humanidad es el de alcanzar la felicidad. Sin embargo, las desigualdades e injusticias han sido constantes en la historia de los pueblos, y han imposibilitado el acceso a la riqueza general y a los bienes inmateriales de la cultura, sin los cuales no puede vivirse un mínimo de bienestar y felicidad.

    Para la conquista colectiva del propósito común de felicidad, es necesaria la acción de personas y naciones tendiente a ayudar a los demás y conseguir los objetivos de felicidad, especialmente cuando ellas se encuentran en desventaja. Esta acción virtuosa de apoyo al otro y a la sociedad es la solidaridad.

    La expresión solidaridad proviene del latín solidus, para significar lo macizo, compacto, cohesionado. Implica entonces la inclusión de todos quienes conforman una sociedad humana y la firme y consecuente actuación ante los fenómenos de exclusión y marginalidad. No significa caridad o asistencialismo, sino el deber colectivo de apoyo a los otros para asegurar la cohesión social. Eduardo Galeano, el escritor y periodista uruguayo, nos lo recuerda: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.

    La solidaridad es una virtud esencialmente orientada a los demás. Quien es solidario, actúa para crear condiciones de igualdad en favor de quienes han sido marginados de los objetos de felicidad de la modernidad. Reconocen las desventajas de las minorías sociales y luchan por una sociedad incluyente. Viven en un estado de entrega generosa a los demás. “Si precisas una mano, recuerda que yo tengo dos”, decía el filósofo y sacerdote san Agustín.

    Recordemos que la humanidad se ha desarrollado por los vínculos de solidaridad que han permitido construir un tejido universal de reconocimiento y diversidad. Es nuestro deber realizar a diario actos de solidaridad. 

  • Luchar por el Don

    Luchar por el Don

    La dirección de las actividades hacia los dictados del corazón tiene resistencias. Es difícil dejar atrás el camino transitado, y sabemos que iniciar un nuevo modo de actuar nos adentrará en un mundo desconocido en el que parecerá que nuestros problemas actuales se agravarán. Pero, ¿acaso no vale la pena morir por un sueño en vez de padecer la resignación y la frustración durante toda la vida?

    El amor es la mejor meta de la vida. Y cada uno puede expresar su forma propia de dar amor haciendo lo que le es natural a su ser, lo que mejor sabe hacer. El ejercicio del don es la fuente del sentido de la vida pues quien encuentra en la vida lo que desea hacer podrá orientar el curso de su destino en función de un propósito que le dará felicidad y paz.

    Si nos decidimos a hacer lo que pide nuestro corazón la vida se armonizará y fluirá con facilidad, pues nuestras pasiones primordiales nos llevarán a hacer lo que verdaderamente amamos y a satisfacer las necesidades de la humanidad, atrayendo más y más todo lo que está vinculado a lo que gozamos y amamos hacer. El sentido de una vida, que es el propósito vital, se encuentra en hacer lo que amamos, y hacerlo por amor a los demás.

    No hay nada que temer. Nuestro personal juramento por la felicidad hará mover un río tumultuoso que nadie podrá detener. Nuestras palabras serán escuchadas porque serán el trino natural de un pájaro, el sonido especial de un violín. Nuestras acciones producirán los efectos esperados y el universo se ordenará en función de nuestro corazón, porque seremos uno con él. La vida se convertirá en una fiesta de alegría, de instantes en que el aquí y el ahora florecerán. Habremos encontrado la ruta de la felicidad.