Categoría: Mensaje Diario

  • Las tres estaciones del duelo

    Las tres estaciones del duelo

    a. La estación de la negación

    Es natural que si la tendencia del hombre es perseguir con ahínco el placer, ante la presencia del dolor, la reacción natural sea la de evitarlo. Y comúnmente huimos del dolor mediante su negación, es decir, la no aceptación de la situación que se experimenta como dolorosa. El tratar de evadir la realidad del dolor hace que prolonguemos nuestro dolor, alargando también nuestra infelicidad.

    El dolor en cada persona posee su propio reloj que inexorablemente cumplirá un horario. Por ello salir del estado inicial de la negación al dolor es el primer objetivo para alcanzar un posterior estado de paz. En ocasiones, negamos durante demasiado tiempo la nueva realidad dolorosa que ha ocurrido en nuestra vida, pero esto nos conduce a vivir en un estado de la fantasía, que es de irrealidad, y que resulta peligroso para el crecimiento espiritual que todos venimos a alcanzar en la tierra.

    Esta negación del presente dura el tiempo que queramos vivir apegados al pasado. Es proporcional al exagerado apego y a la precariedad en hacer valer nuestro amor propio. La negación es un duende que nos engaña y miente, para hacernos prisioneros en su territorio de embrujo.

    Reconocer la nueva y triste realidad de la separación, superando la negación inicial, nos permitirá avanzar a la siguiente estación del dolor.

    b. La estación de la crisis

    En esta estación nuestro ánimo se revuelca por dentro porque una tempestad ha tomado a nuestra alma. Es un largo y dramático período que vendrá acompañado de rabias y culpabilidad y que hará sentirnos morir, morir de amor, morir de soledad.  Es un largo periodo de ayuno en la felicidad, sin apetito por la vida. Y tan sólo en las lágrimas encontramos algún consuelo.  

    Casi sin darnos cuenta el jardín de la autoestima se ve pisoteado por el dolor, por lo que en esta etapa debemos estar solos con nosotros mismos y recuperar entre los vestigios del desamor a nuestro amor propio. No hay otra forma de salir de esta estación que volver a nosotros mismos, a reencontrarnos con nuestra identidad, aficiones y vocaciones.

    En los duelos de amor de pareja es un error buscar paz en el bullicio del mundo, o iniciar rápidamente nuevas relaciones amorosas, o seguir siendo amigo de quien fue la raíz de tanto dolor. ¿Cómo se puede ser amigo de quien todavía ejerce su triste influencia nociva en nuestro corazón?

    c. La estación de la aceptación

    Aceptar la pérdida de lo que amábamos hace que el sol un día vuelva a iluminar la vida y que la palabra felicidad vuelva a tener sentido. Sólo de esta aceptación de la realidad podrá nuestro espíritu volar de nuevo como una mariposa con libertad por el mundo, sin más apego al reciente pasado.

    Nos damos cuenta que estamos en la estación de la aceptación, porque el dolor ya no agita a nuestro corazón. Podemos incluso sorprendernos de lo aferrados que estábamos a esa persona o experiencia, y podemos descubrir que en la raíz profunda de nuestro dolor habitaba el apego desmesurado. Cada duelo que experimentamos en la vida es una oportunidad de ser más fuertes, y sobre todo de aprender a amar sin apego.

  • El valor de elegir hacer lo que amamos

    El valor de elegir hacer lo que amamos

    Hacer lo que amamos, por encima de las voces de los otros de nuestras sogas interiores, nos hace sentir libres de la atadura del día ordinario, aquel el mundo ha dictado con solemnidad a nuestra cotidianidad. Hagamos germinar el día auténtico, ese día ideal que nos convoca a trascender en el mundo y vivir a plenitud los eternos instantes del presente. El poeta Henry David Toureau así lo entendió:

    «Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido».

    Una virtud antigua es la valentía, que nos hace actuar con el arrojo de caminar seguros tras la conquista de nuestros sueños. Es una virtud que nos convierte en héroes de nuestra propia historia personal y que proporciona un formidable impulso que parece exceder a las fuerzas naturales. Elegir hacer lo que amamos enfrentando los vientos en contra, la pereza interior, el que dirán, el miedo al fracaso, al cambio, al pasado, significa apropiarnos de esa magnífica virtud de la valentía y convertirnos en capitanes de nuestro propio destino.

    Si emprendemos el valiente cometido de seguir nuestro llamado interior la vida se convertirá en una sinfonía y nosotros en un virtuoso violinista alrededor del cual la gente se reunirá, porque quienes nos escuchen sentirán que también se han encontrado a sí mismos, viviendo la experiencia de la felicidad.  Nacimos para ser felices y dar felicidad a los demás mediante el ejercicio de nuestro don. Sin embargo, la puesta de nuestros dones en el mundo no debería estar sometida al ejercicio de la competencia entre unos y otros, sino a la integración inteligente de los distintos dones para alcanzar objetivos comunes. La cooperación tiende a mover al mundo en vez de la carrera individualista de las personas por alcanzar metas egoístas. Podríamos aprender de las incansables hormigas que ejercen con armonía sus variadas tareas en procura de un objetivo común de alimentación y sobrevivencia. Por eso Benjamín Franklin. “Nadie predica mejor que una hormiga. Y no habla”.  

    El ejercicio del don tiene la naturaleza de ser expansivo. Todo lo que toca lo mejora, todo lo que está cerca se beneficia de su influencia y a nosotros mismos nos prospera. La Madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, Walt Disney, Albert Einstein, los hermanos Wright, nos legaron su decisión valiente de ejercer sus dones para el beneficio universal y nuestras sociedades son hoy mejores por ello. La valentía de ejercer nuestro don hace expandir a la felicidad.

  • El camino de la solidaridad

    El camino de la solidaridad

    Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad, decía José Martí. Y aunque el propósito común de la humanidad es alcanzar la felicidad, las desigualdades e injusticias han sido constantes en la historia de los pueblos y han imposibilitado el acceso a la riqueza general y a los bienes inmateriales sin los cuales no puede vivirse un mínimo de bienestar. Para la conquista colectiva del propósito común de felicidad es necesaria la acción decidida de personas y naciones tendiente a ayudar a los demás, especialmente cuando ellos se encuentran en desventaja. Esta acción virtuosa de apoyo al otro es la solidaridad.

    La expresión solidaridad proviene del latín solidus, para significar lo sólido, firme o compacto. Los fenómenos de exclusión y marginalidad de los menos favorecidos nos aguijonea a la firme y decidida actuación para su inclusión, es decir, su retorno al cuerpo social. Solidaridad no es caridad o asistencialismo sino el deber colectivo de apoyo a los otros para asegurar la cohesión social. Eduardo Galeano, el escritor y periodista uruguayo, nos lo recuerda: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.

    La solidaridad es una virtud esencialmente orientada a los demás. Quien es solidario, actúa para crear condiciones de igualdad en favor de quienes han sido marginados de los bienes de la felicidad. Los solidarios reconocen las desventajas de las minorías sociales y luchan por una sociedad incluyente. Viven en un estado de entrega generosa a los demás. “Si precisas una mano, recuerda que yo tengo dos”, enseñaba el filósofo y sacerdote san Agustín.

    Recordemos que la humanidad ha sobrevivido por los vínculos de solidaridad que han permitido construir un tejido universal de reconocimiento y diversidad. Es nuestro deber personal realizar a diario actos sinceros de solidaridad.

  • El miedo a correr tras los sueños

    El miedo a correr tras los sueños

    ¿Te has preguntado si eres hoy lo que siempre has deseado ser? Si tu respuesta es negativa sencillamente no estás haciendo lo que tu corazón te pide que hagas, porque realmente tú sólo eres lo que haces hoy, no lo que deseas ser. Mediante el hacer lo que amas puedes llegar a tu ser íntimo y verdadero.

    Si el trabajo no te permite reír, gozar del presente, o sentir la experiencia de la plenitud estás gastando inútilmente tu tiempo, desperdiciando la oportunidad de la felicidad. El trabajo no será un trabajo sino un padecimiento. Por eso Confucio sentenciaba: elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida. Nadie tiene porque venir a la tierra a padecer la realidad sino a vivirla en la felicidad. La posibilidad de gozar, de disfrutar al realizar una actividad, el medidor exacto de la felicidad.

    Las convenciones sociales o lo que los demás dijeron que no podíamos ser o hacer, nos desvían del camino a nosotros mismos y son el principal obstáculo para ejercer nuestro auténtico don. También lo es la apatía por encontrarte a ti mismo y asumir en el deber de actuar en consecuencia. Pero el principal enemigo de los sueños es el miedo, ese temor que nos impide hacer lo que verdaderamente amamos. Y tenemos miedo cuando no nos reconocemos como artífices de nuestra felicidad, no nos amamos, o no tenemos fe.

    Es importante amarse para confiar y vencer los miedos. La principal función del miedo es paralizar, por eso el miedo resulta tan amenazante en el gran cometido personal, que es alcanzar las metas propias de felicidad. Goethe, el gran literato alemán, nos dejó esta lección para vencer el miedo e iniciar el camino de los sueños: “Lo que puedes hacer o has soñado que podrías hacer debes comenzarlo. La osadía lleva consigo genio, poder y magia”.

    El miedo se alimenta de historias personales sobre nuestros fracasos pasados, que no son otra cosa que circunstancias concretas que no logramos apreciar como una valiosa oportunidad para aprender y mejorar, sino como un obstáculo agobiante. El lingüista inglés Marc Angenot, nos advierte que cada sociedad procura instalar en las mentes de las personas los límites de lo que se puede pensar y de lo que se puede decir, y así ella reproduce viejos dominios que terminan paralizando las nobles aspiraciones de las personas. Cuando estamos atrapados por el miedo experimentamos su asfixiante control y no alcanzamos a advertir el oscuro mecanismo que lo activa, porque la función de la emoción del miedo es paralizar los deseos y suspender las certezas de la felicidad.