El cumpleaños de Ruby

En México, un padre amoroso y acaudalado invitó en YouTube a “todos” a la fiesta de quince años de su hija Ruby, celebrada el pasado 28 de diciembre en su rancho.

El mensaje en YouTube se volvió viral y como es costumbre indujo a miles de personas a la broma y a asumir que la expresión “todos” no significaba la comunidad del pueblo sino todos los seres del internet.

Confirmaron su asistencia por medios virtuales 1.500.000 internautas y asistieron 10.000 personas quienes en su inmensa mayoría no conocían ni a Ruby, ni a su familia, ni al pueblo.

Todos los asistentes gozaron exhibiendo al resto del mundo, desde sus celulares, su presencia en la fiesta, y al final regresaron a sus lugares de origen con la satisfacción de haberse mostrado por unas horas ante la comunidad virtual. Empresas y personas donaron casas, carros, viajes y diamantes, con el nombre muy visible y muy notorio de cada donante.  

La necesidad de reconocimiento es tan antigua como la existencia del homo sapiens. Vale la pena preguntarse: ¿es mejor que nos reconozcan por nuestros valores y nuestras obras o por nuestras posesiones y nuestra capacidad de exhibirnos? ¿Ansiamos el reconocimiento con mesura o con exceso? ¿Buscamos existir en la redes a costa de nuestro bienestar personal y familiar?

Reconocer al otro y sentirnos reconocidos por nuestras calidades humanas nos da una auténtica felicidad, no la necesidad de que nos amen por parte de quienes ni siquiera conocemos. Las empresas se muestran en los eventos virales porque así venden más, pero las personas realmente no invitadas de la fiesta de Ruby, porque orientan sus deseos a las tendencias de las redes y no a sus auténticas necesidades.

Orientar los deseos a las auténticas necesidades es la gran fuente de la auténtica felicidad.  


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