Cuidarse a sí mismo hace parte de la felicidad a pesar de que en el curso de la historia ha existido mucha prevención sobre este aspecto de la vida. El cuidado de sí mismo es nuestro primer deber personal para disfrutar de la vida, vivir en sociedad y ejercer a plenitud las facultades que nos permiten construir un mundo mejor.
El cuidado de sí mismo es un hábito que nace en el auto imagen amorosa que poseemos de nosotros y que nos corresponde perfeccionar, puesto que el ser humano siempre puede mejorar. Este perfeccionamiento de sí se alimenta de la forma en que aceptamos nuestros rasgos físicos, nuestra posición social, la forma en que los deseos apuntan a nuestras verdaderas necesidades, y la potencia de nuestro juicio crítico frente a las opiniones de los demás. La niñez constituye el primer campo de entrenamiento de una autoimagen positiva, lo que obliga a los adultos a no convertir a los niños en blanco de juicios y críticas, pues los niños son muy vulnerables ante las figuras de autoridad y aún no poseen las fortalezas mentales para enfrentarlas.
La forma en que nosotros nos vemos a sí mismos determinará nuestra manera de observar la realidad del mundo. Es la autoestima un sentimiento único a partir del cual podemos amar a los demás y emprender valientes cometidos para la felicidad general. Sin embargo, el amor propio es elástico pues tendemos naturalmente a vivirlo con excesos o con defectos lo que nos hace preguntarnos ¿cómo valorarnos a nosotros mismos en una justa medida? Aristóteles, en la Ética a Nicómaco enseña que la magnanimidad es una virtud que nos hace sentirnos valiosos en término medio, es decir, sin pecar por defecto al considerarnos poco valiosos y sin caer en el exceso por la exagerada estimación propia que se convierte en ego y vanidad. La magnanimidad nos invita a creer con realismo en nosotros mismos para emprender grandes proyectos de vida y luchar por ellos. Quien cree en sí mismo no se rinde ante la adversidad y sólo abandona un proyecto como resultado de una evaluación racional de su inconveniencia actual, nunca como consecuencia del desánimo o el desespero.

