La felicidad se consigue en la satisfacción de los deseos, pero no de cualquier tipo de deseos sino de aquellos que se orientan a nuestras auténticas y profundas pasiones. Si descubrimos esas verdaderas pasiones, los deseos del mundo ya no podrán seducirnos con sus objetos de deseo engañosos. La persecución adictiva de objetos o actividades que representan necesidades ficticias es la gran estrategia de la sociedad del consumismo que nos incita a desear y adquirir lo que no necesitamos para seguidamente hacernos desear y adquirir otra cosa semejante. “Cómprelo y cámbielo cuando llegue el nuevo modelo”, parece ser el emblema de una sociedad domesticada para desear hasta el infinito.
La identificación de las auténticas necesidades personales en que se radican nuestras verdaderas pasiones es la puerta eterna para conocernos a nosotros mismos, y así tomar elecciones cruciales en ámbitos como el trabajo para decidir lo que se ama hacer, o incluso en el del amor de pareja para no equivocarnos al elegir a quien vamos amar.
Felices quienes logran el hábito de orientar los deseos a sus auténticas pasiones. La ruta para lograrlo no está en desear mucho sino en saber qué desear. Sin embargo, una línea de pensamiento actual trata de hacernos creer que en la vida todo lo podemos conseguir mediante el deseo. Se nos habla de “el secreto” para alcanzar los deseos, pero no se enseña en ninguna parte a educar el deseo para que éste se oriente a las auténticas pasiones, es decir, a desear lo que se debería desear. Nos dicen: “para tener algo, debes saber desearlo”, “el secreto para alcanzar los deseos es sentir fervorosamente que ya se tiene lo que se desea”, “hazte un mapa mental de lo que deseas”, o “mueve tus pensamientos en función de tus deseos”. Es bueno preguntarse si es este el camino para desear con autenticidad y alcanzar lo que verdaderamente nos puede dar felicidad.
La magnanimidad es una vieja virtud que describe Aristóteles en la Ética a Nicómaco, por la que podemos considerarnos dignos de grandes cosas. Quien se cree capaz de grandes metas a cumplir puede alcanzar cimas inesperadas. Pero desear en grande, no significa desear muchas cosas. El peligro de desear muchos objetos de deseo está en que así puede disiparse la fuerza de nuestros auténticos y primordiales deseos, fatigarnos y hacernos perder de vista lo que debería ser prioritario. Cuando nuestros deseos son pocos en cantidad pero grandes en trascendencia, el espíritu se aquieta y hay paz.
Cada ser humano tiene el reto de transitar el sendero que lo conduce a su propia felicidad, atendiendo la singularidad de sus pasiones. Cada espíritu intuye en el fondo de su corazón qué es aquello hacia lo cual debería orientar su deseos, ejerciendo la virtud de la templanza. Y no podrá hallar esa fuente de felicidad mientras no despoje de máscaras a sus deseos y se encuentre cara a cara con sus auténticas pasiones. Orientar los deseos a las auténticas pasiones es la gran fuente de la felicidad, el manantial que hará crecer a nuestra rosa en el jardín de la vida.

