Después del miedo, necesitamos volver al centro.
Respirar. Dar gracias por la vida. Cuidar a quienes amamos. Ayudar a quien perdió más que nosotros.
Aceptar con serenidad lo que cambió y reconstruir con esperanza lo que todavía puede levantarse.
Cuando la tierra deja de moverse, comienza otra tarea: reconstruir también el alma, la comunidad y la esperanza.
Juremos ser felices
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Lucho Díaz conduce a Colombia a la hermandad
El Mundial de 2026 continúa enseñándonos que el fútbol puede ser mucho más que un deporte. En determinados momentos históricos, se transforma en un extraordinario instrumento de convivencia humana.
Eso ocurrió en el partido entre Colombia y Uzbekistán, una noche en la que Colombia no solamente ganó un partido, sino que recuperó la alegría de sentirse unida.
La gran figura fue Luis Díaz. Pero detrás de ese nombre existe una historia profundamente inspiradora. Lucho nació en Barrancas, La Guajira, y posee ascendencia wayuu, uno de los pueblos indígenas más representativos de Colombia.
Su carrera comenzó en escenarios alejados de los grandes reflectores y encontró un impulso decisivo cuando fue capitán de la Selección Indígena de Colombia en la Copa América de los Pueblos Indígenas de 2015. Su historia constituye una reivindicación de la diversidad colombiana.
Desde una pequeña población del Caribe colombiano hasta los mayores escenarios del fútbol mundial, Luis Díaz simboliza cómo el talento florece cuando encuentra disciplina, perseverancia y oportunidades. Quizá por eso millones de colombianos se reconocen en él, porque su historia ya es también la de un país.
El partido comenzó con una Colombia decidida a asumir el protagonismo. Uzbekistán exhibió un orden táctico respetable y una estructura defensiva compacta, pero poco a poco la calidad técnica colombiana fue imponiéndose.
Entonces apareció Lucho. Primero, como creador. Una de las grandes virtudes de los futbolistas extraordinarios consiste en comprender que el fútbol se juega con el talento propio, pero siempre al servicio de los demás.
Luis Díaz levantó la cabeza, identificó el movimiento de Daniel Muñoz y construyó una asistencia perfecta que abrió el camino de la victoria. Posteriormente, en el segundo tiempo, aprovechó una recuperación de Gustavo Puerta y definió con serenidad para anotar su primer gol en una Copa del Mundo.
La noche terminó siendo histórica. Luis Díaz se convirtió en el primer futbolista colombiano en marcar y asistir en un mismo partido mundialista desde James Rodríguez en 2014. Además, alcanzó los 23 goles con la Selección Colombia y continúa acercándose a los máximos anotadores históricos del equipo nacional.
El tercer gol colombiano también tuvo una enorme carga simbólica. La insistencia, el coraje y la lucha colectiva terminaron consolidando una victoria construida desde la solidaridad entre compañeros.
Pero quizá la gran noticia de la noche no fue el marcador, sino la emoción. Millones de colombianos dentro y fuera del país celebraron juntos. Durante noventa minutos desaparecieron las fronteras regionales, las diferencias ideológicas, las tensiones cotidianas y las preocupaciones personales. Y apareció algo mucho más poderoso que el propio resultado: La hermandad.
Y esa enseñanza adquiere un valor especial en el momento histórico que vive Colombia. El país se encuentra a las puertas de unas elecciones presidenciales profundamente polarizadas. El debate público se ha llenado de tensiones, temores y divisiones que, en ocasiones, deterioran la convivencia y profundizan las distancias entre los ciudadanos.
El fútbol, sin sustituir la responsabilidad democrática de los ciudadanos, produce un efecto benéfico extraordinario.
Distensiona.
Nos permite respirar.
Nos recuerda aquello que compartimos.
Nos devuelve una identidad común.
Nos hace recordar que antes de nuestras diferencias existe una comunidad que también sabe alegrarse unida. Quizá esa sea una de las funciones más nobles del fútbol, recordarnos que la condición de conciudadanos es anterior a nuestras diferencias políticas, ideológicas y regionales. Durante noventa minutos, los colombianos dejamos de ser grupos separados y volvimos a reconocernos como una sola comunidad emocional.
Eso explica una de las grandezas universales del fútbol. El fútbol nos convierte en hermanos. Un gol deja de pertenecer exclusivamente a quien lo anota. La alegría deja de ser individual y se transforma en un patrimonio colectivo. Las calles, los hogares, los aeropuertos, las plazas y las redes sociales se llenan de una misma emoción compartida.
Y aparece un sentimiento que trasciende el resultado deportivo. La gratitud. Gratitud con un deporte que, de manera sencilla y poderosa, logra algo que muy pocas actividades humanas consiguen: construir unidad.
Luis Díaz terminó siendo la gran figura de la noche, pero quizá la verdadera figura fue la hermandad colombiana que emergió alrededor de él.
El Mundial de 2026 continúa enseñándonos que algunas victorias están más allá del marcador, porque existen triunfos que se expresan en forma de alegría compartida, fraternidad y esperanza colectiva.
El fútbol posee esa extraordinaria capacidad de recordarnos que, por encima de nuestras diferencias, todavía somos capaces de reconocernos como miembros de una misma familia.
Lucho Díaz anotó un gol. Colombia, por unos instantes, volvió a encontrarse consigo misma. -

Sin complejos: Marruecos, Brasil y la nueva geografía del fútbol
El partido entre Brasil y Marruecos en el Mundial de 2026 constituyó el reflejo de una profunda transformación que atraviesa actualmente el fútbol mundial, consistente en la desaparición de las barreras psicológicas que durante décadas separaron a las potencias tradicionales de las naciones emergentes.
Marruecos ya no es una sorpresa. El equipo que captó la atención del mundo con su extraordinaria actuación en Qatar 2022 ha continuado evolucionando y hoy compite con la confianza de una selección que espera triunfar, no simplemente participar.
Frente a Brasil, Marruecos exhibió las mismas virtudes que han caracterizado su ascenso, como son disciplina táctica, calidad técnica, cohesión colectiva y, sobre todo, una mentalidad libre de cualquier sentimiento de inferioridad.
Su filosofía puede resumirse en una expresión sencilla pero poderosa: juega sin complejos.
Durante décadas, el fútbol estuvo determinado no solo por el talento y la estrategia, sino también por las jerarquías históricas. Algunas selecciones ingresaban al terreno de juego respaldadas por el peso de sus títulos y tradiciones, mientras que otras cargaban con la creencia de que ese legado era imposible de desafiar.
Marruecos pertenece a una nueva generación de equipos que rechazan esa lógica. Reconocen la grandeza de las potencias históricas, pero ya no les temen.
Esa actitud quedó en evidencia durante buena parte del primer tiempo. Marruecos dominó la posesión, impuso el ritmo del partido y obligó a Brasil a desenvolverse en escenarios incómodos.
La selección africana se mostró organizada, ambiciosa y segura de sí misma, mientras que Brasil tuvo dificultades para desplegar el juego fluido y colectivo que durante décadas definió su identidad futbolística.
El fútbol brasileño ha representado históricamente la creatividad, la movilidad y la excelencia técnica. Aunque durante el encuentro aparecieron algunos destellos de ese estilo, estos surgieron más por acciones individuales que por una construcción colectiva sostenida.
Vinicius Júnior volvió a demostrar por qué es uno de los futbolistas más determinantes del mundo. Su capacidad para desequilibrar en el uno contra uno y generar peligro constante se convirtió en una de las principales fuentes de inspiración para una selección brasileña que por momentos pareció quedarse sin respuestas.
El partido también puso de manifiesto uno de los grandes desafíos que enfrenta Carlo Ancelotti. Pocos entrenadores poseen una trayectoria tan exitosa como la suya. Sin embargo, incluso él debe afrontar una realidad que generaciones anteriores de técnicos brasileños apenas conocieron y es que el resto del mundo ha alcanzado a las potencias tradicionales.
El talento individual sigue siendo importante, pero ya no es suficiente. La organización colectiva, la adaptabilidad táctica y la fortaleza mental son hoy factores igualmente decisivos.
Debe reconocerse que las modificaciones realizadas por Ancelotti durante el segundo tiempo mejoraron considerablemente el funcionamiento del equipo. Brasil ganó dinamismo, agresividad y competitividad.
En cierto sentido, el encuentro pareció dividirse en dos partidos distintos, uno dominado por la confianza y la energía de Marruecos, y otro en el que Brasil logró reencontrarse gradualmente con su mejor versión competitiva.
Lo verdaderamente significativo del ascenso marroquí es que no constituye un fenómeno aislado. En todo el planeta, selecciones que antes eran consideradas periféricas se han convertido en aspirantes legítimas a los grandes títulos.
La globalización de la formación deportiva, el acceso a entrenadores de élite, el desarrollo de la ciencia aplicada al deporte y la difusión del conocimiento táctico han reducido muchas de las ventajas estructurales que históricamente favorecían a las grandes potencias.
El resultado es un fútbol más competitivo, más equilibrado y más impredecible. Países que antes aspiraban únicamente a participar hoy llegan convencidos de que pueden ganar. Esta revolución psicológica podría ser incluso más importante que la revolución táctica.
Marruecos representa de manera ejemplar esta nueva realidad. Sus jugadores compiten en algunos de los clubes más importantes del mundo. Su federación ha desarrollado una estrategia sostenida de crecimiento.
Su selección posee una identidad claramente definida. Pero, por encima de todo, ha incorporado la convicción fundamental de que ningún rival es invencible.
La historia del fútbol contemporáneo trata cada vez más de aspirantes ambiciosos que se niegan a aceptar jerarquías heredadas. Marruecos se ha convertido en uno de los símbolos más visibles de esta transformación.
La principal enseñanza que deja este partido trasciende el marcador. En el fútbol moderno, el éxito empieza a pertenecer a quienes poseen la mayor convicción.
Y pocas selecciones encarnan hoy esa convicción mejor que Marruecos.
Juega sin miedo.
Juega sin excusas.
Juega sin complejos.
James Fernández Cardozo
Profesor universitario colombiano, abogado, magíster en Filosofía y doctor en Análisis del Discurso Narrativo.


