Dios es la fuente infinita de todo el amor y la felicidad que puede experimentarse en una vida. Dios es felicidad y por ello él se manifiesta en nuestras auténticas experiencias de felicidad, aquellas que se apoyan en la orientación de los deseos a nuestras pasiones y al amor a la humanidad.
Estar en unidad con Dios es pensarlo, sentirlo y vivirlo no como algo separado, externo a nuestra vida, sino como una llama interior que irradia amor y felicidad a los demás. No puede describirse, no puede nombrarse con exactitud, no puede dibujarse, porque él no es una cosa; nosotros somos él cuando amamos con infinitud y damos toda la generosidad, bondad y gracia a nuestros semejantes.
Las religiones son caminos para lograr la unidad en Dios, y estos caminos han trasegado a través de largas luchas históricas que han dejado huellas, prácticas y saberes que también han dado origen a distintas interpretaciones de la unidad con Dios.
Para profundizar en nosotros el hábito de la espiritualidad también podemos aprender de las enseñanzas de las grandes religiones:
De los hindúes, que podemos vivir en comunión con Dios a través de la meditación, y que Dios expresa su unidad infinita con nosotros a través de la naturaleza. De los islámicos, que debemos guardar diariamente, en nuestro corazón y cotidianidad, un espacio para Dios, que es el único, no los dioses de la sociedad moderna: el consumo, las redes y el entretenimiento.
De los protestantes, a entender a Jesús como un hombre con debilidades, que predicaba en las casas, no en los templos, y cuya sencillez y humildad eran su emblema.
De los budistas, que todo lo que tiene un comienzo, tiene un fin, y que los deseos incontenibles son la causa de nuestro sufrimiento. Aprender a vivir más allá del bien y del mal, de ideologías, de los valores de cada cultura, la eternidad del presente.
De los católicos, que Jesús vive en nuestros corazones para construir un mundo más social e igualitario.

