Autor: James

  • El camino de la bondad

    El camino de la bondad

    Reconocer que los demás al igual que nosotros persiguen la felicidad y buscan evitar el sufrimiento abre la puerta infinita de la bondad y compasión hacia todos los seres vivientes. En la filosofía budista la compasión permite entender que quien ha realizado un gran daño a los demás no lo hace por maldad sino por ignorancia, y esta persona todavía debe transitar en el camino de la evolución de su conciencia. Un corazón bondadoso se alegra ante las alegrías de sus semejantes y no distingue entre personas para irradiar lo mejor de sí mismo. Un corazón compasivo siempre ama a pesar de las ofensas. Pablo de Tarso, discípulo de Jesús, escribió en la primera carta a los Corintios:

    “Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor.

    Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden.

    Ya podría tener el don de predicción y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener una fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada.

    Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.

    El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.

    Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.

    El amor no pasa nunca.”

    Todo encuentro con otra persona es una oportunidad de amor para comunicar alegría y entusiasmo, para construir con ella la felicidad y evitar el sufrimiento. La bondad tiene que ver con un desprendimiento de sí mismo, una derrota personal del ego para darse a los demás. La bondad se manifiesta en la voluntad indeclinable de renunciar a la comodidad de los bienes, la seducción de los poderes y la tentación de los placeres materiales de la vida, para asumir una actitud incondicional de entrega y servicio. El vehículo Lincoln tipo limosina que en 1964 el Papa Pablo VI le regaló a la Madre Teresa de Calcuta, fue vendido por ella para conseguir fondos y organizar un establecimiento para leprosos al que nombro Ciudad de la Paz. Diez años antes ella había organizado el primer hogar para los moribundos de la ciudad de Calculta, el Kalighat, un lugar en el que se les brindaba atención médica y  poder morir con dignidad de acuerdo a los rituales de su fe: los musulmanes leían el Corán, los hindúes recibían agua del Ganges y los católicos obtenían los últimos ritos.

  • Los tres caminos para ayudar a los demás

    Los tres caminos para ayudar a los demás

    La mejor forma de servir a los demás se hace con el ejercicio amoroso de nuestros talentos. Por eso nuestros mejores esfuerzos deben ir dirigidos a la excelencia y calidad en lo que hacemos para dejar una huella en el corazón agradecido de quien ayudamos. La felicidad que nos deja enseñar a otros, construir una gran obra, diseñar un modelo que mejorará un proceso, o inspirar un cambio social, no es comparable con el mayor bien o riqueza que exista en el mundo. La propia felicidad se alimenta de la felicidad que entregamos generosamente a los demás. Dar lo mejor de nosotros mismos para la felicidad general nuestra misión esencia, el cometido que da sentido a una vida, la verdadera llama que ilumina al mundo.

    Tres caminos podemos transitar en la ruta de ayudar a los demás:

    El camino de la bondad

    Reconocer que los demás al igual que nosotros persiguen la felicidad y buscan evitar el sufrimiento abre la puerta infinita de la bondad y compasión hacia todos los seres vivientes. En la filosofía budista la compasión permite entender que quien ha realizado un gran daño a los demás no lo hace por maldad sino por ignorancia, y esta persona todavía debe transitar en el camino de la evolución de su conciencia. Un corazón bondadoso se alegra ante las alegrías de sus semejantes y no distingue entre personas para irradiar lo mejor de sí mismo. Un corazón compasivo siempre ama a pesar de las ofensas.

    El camino de la solidaridad

    Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad, decía José Martí. Y aunque el propósito común de la humanidad es alcanzar la felicidad, las desigualdades e injusticias han sido constantes en la historia de los pueblos y han imposibilitado el acceso a la riqueza general y a los bienes inmateriales sin los cuales no puede vivirse un mínimo de bienestar. Para la conquista colectiva del propósito común de felicidad es necesaria la acción decidida de personas y naciones tendiente a ayudar a los demás, especialmente cuando ellos se encuentran en desventaja. Esta acción virtuosa de apoyo al otro es la solidaridad.

    La expresión solidaridad proviene del latín solidus, para significar lo sólido, firme o compacto. Los fenómenos de exclusión y marginalidad de los menos favorecidos nos aguijonea a la firme y decidida actuación para su inclusión, es decir, su retorno al cuerpo social. Solidaridad no es caridad o asistencialismo sino el deber colectivo de apoyo a los otros para asegurar la cohesión social. Eduardo Galeano, el escritor y periodista uruguayo, nos lo recuerda: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.

    El camino de la justicia

    La justicia es la posibilidad de acceder, en condiciones de igualdad, a la plena satisfacción de las necesidades materiales y espirituales. Una nación injusta es por tanto una nación desigual en que sus habitantes no encuentran la plena satisfacción de sus mínimas necesidades humanas. El mundo sería más feliz si la igualdad, la riqueza material y a la trascendencia que nos dan los bienes inmateriales pudieran ser una posibilidad real. La vida en comunidad nos pide vivir como hermanos, andando los caminos tomados de las manos, solidarizados para alcanzar un mundo de paz y justicia. El poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade, así nos convoca:

    “No seré el poeta de un mundo caduco.

    Tampoco cantaré al mundo futuro.

    Estoy atado a la vida y oigo a mis compañeros.

    Entre ellos, considero la enorme realidad.

    El presente es tan grande, no nos separemos.

    No nos separemos mucho, vamos unidos por las manos”.

  • La Templanza emocional

    La Templanza emocional

    Nuestros deseos tienden a perseguir objetos en los cuales satisfacerse. Deseamos un viaje para satisfacer la necesidad de ocio, una casa para satisfacer la necesidad de subsistencia, un libro para satisfacer la necesidad de entendimiento. Pero nuestro anhelo puede encontrarse con que el objeto específico de deseo se vea arrebatado, amenazado, perdido, por conquistar, y estas situaciones hacen explosionar en nuestro cuerpo las cinco emociones primordiales: la ira, el temor, la tristeza, el placer y el amor.

    Aristóteles señalaba a la templanza como la virtud de desear lo que se debe, es decir, los adecuados objetos de deseo acordes a las auténticas necesidades, ya examinadas en el capítulo primero. Pero el segundo aspecto de la templanza es el desear como se debe, es decir, con moderación. En este sentido la templanza emocional es una virtud, un hábito que podemos cultivar para desear con moderación a los objetos del deseo. Las tradiciones espirituales de oriente nos enseñan a observar desde nuestra conexión con Dios a la emoción que experimentemos, sin hacer juicios, solo estando presentes como un testigo silencioso. En occidente Aristóteles enseñaba que a un mal hábito se le podía oponer el hábito opuesto para alcanzar un término medio, por ejemplo al vicio del miedo se le puede oponer la temeridad para alcanzar el término medio de la valentía. En la actualidad los estudios de psicología cognitiva nos convocan a analizar nuestra relación con el objeto de deseo que ha dado origen a la emoción. En suma, tres antídotos nos permiten neutralizar a las emociones que se desbordan: el espiritual, el racional y el emocional.

  • El goce de hacer lo que se ama

    El goce de hacer lo que se ama

    Nuestro trabajo no debe ser una actividad para ganarse la vida sino la oportunidad de gozar el tiempo presente haciendo un mundo mejor. Debe significar para nosotros una grata diversión, una experiencia lúdica. Leonel Messi, el futbolista, continuamente sonríe en su trabajo. Es contagioso el frenesí que vive Shakira cuando canta. Y Dios también se divierte cuando somos felices haciendo lo que verdaderamente amamos.

    Quien tiene al trabajo como una forma de hacer dinero o de ejercer poder y no como una fuente de realización y felicidad en función del amor a los demás, estará atrapado por los deseos de dinero y poder, sus verdaderas pasiones, aquellas que dan trascendencia y libertad, estarán alejadas de su destino de felicidad.

    La sincera intención de trascender haciendo lo que amamos produce abundancia a nuestro alrededor porque nos armoniza con el gran concierto universal y su gran concertista, Dios. Esa buena intención todo lo mueve, todo lo provoca, es una semilla puesta en nuestros corazones para hacer crecer la abundancia, la prosperidad y la felicidad.

    Sólo quien logra orientar los deseos en función de sus verdaderas pasiones trabajará en aquello que le produce gozo, en lo que realmente siempre amó hacer y que alguna vez, en un instante inolvidable de inspiración, visionó como su gran sueño. Con paciencia tallará la figura en que siempre se quiso convertir y conseguirá los compradores de sus obras, porque atraerá a las personas que encontrarán muchísimo placer y felicidad en esas obras.