Autor: James

  • La Templanza emocional

    La Templanza emocional

    Nuestros deseos tienden a perseguir objetos en los cuales satisfacerse. Deseamos un viaje para satisfacer la necesidad de ocio, una casa para satisfacer la necesidad de subsistencia, un libro para satisfacer la necesidad de entendimiento. Pero nuestro anhelo puede encontrarse con que el objeto específico de deseo se vea arrebatado, amenazado, perdido, por conquistar, y estas situaciones hacen explosionar en nuestro cuerpo las cinco emociones primordiales: la ira, el temor, la tristeza, el placer y el amor.

    Aristóteles señalaba a la templanza como la virtud de desear lo que se debe, es decir, los adecuados objetos de deseo acordes a las auténticas necesidades, ya examinadas en el capítulo primero. Pero el segundo aspecto de la templanza es el desear como se debe, es decir, con moderación. En este sentido la templanza emocional es una virtud, un hábito que podemos cultivar para desear con moderación a los objetos del deseo. Las tradiciones espirituales de oriente nos enseñan a observar desde nuestra conexión con Dios a la emoción que experimentemos, sin hacer juicios, solo estando presentes como un testigo silencioso. En occidente Aristóteles enseñaba que a un mal hábito se le podía oponer el hábito opuesto para alcanzar un término medio, por ejemplo al vicio del miedo se le puede oponer la temeridad para alcanzar el término medio de la valentía. En la actualidad los estudios de psicología cognitiva nos convocan a analizar nuestra relación con el objeto de deseo que ha dado origen a la emoción. En suma, tres antídotos nos permiten neutralizar a las emociones que se desbordan: el espiritual, el racional y el emocional.

  • El goce de hacer lo que se ama

    El goce de hacer lo que se ama

    Nuestro trabajo no debe ser una actividad para ganarse la vida sino la oportunidad de gozar el tiempo presente haciendo un mundo mejor. Debe significar para nosotros una grata diversión, una experiencia lúdica. Leonel Messi, el futbolista, continuamente sonríe en su trabajo. Es contagioso el frenesí que vive Shakira cuando canta. Y Dios también se divierte cuando somos felices haciendo lo que verdaderamente amamos.

    Quien tiene al trabajo como una forma de hacer dinero o de ejercer poder y no como una fuente de realización y felicidad en función del amor a los demás, estará atrapado por los deseos de dinero y poder, sus verdaderas pasiones, aquellas que dan trascendencia y libertad, estarán alejadas de su destino de felicidad.

    La sincera intención de trascender haciendo lo que amamos produce abundancia a nuestro alrededor porque nos armoniza con el gran concierto universal y su gran concertista, Dios. Esa buena intención todo lo mueve, todo lo provoca, es una semilla puesta en nuestros corazones para hacer crecer la abundancia, la prosperidad y la felicidad.

    Sólo quien logra orientar los deseos en función de sus verdaderas pasiones trabajará en aquello que le produce gozo, en lo que realmente siempre amó hacer y que alguna vez, en un instante inolvidable de inspiración, visionó como su gran sueño. Con paciencia tallará la figura en que siempre se quiso convertir y conseguirá los compradores de sus obras, porque atraerá a las personas que encontrarán muchísimo placer y felicidad en esas obras.

  • El Mayor tesoro

    El Mayor tesoro

    Dios habla a través del pintor, el arquitecto o el zapatero virtuoso. Encomienda a cada persona un don único, como a cada pájaro un trino singular. Corresponde a cada ser humano encontrar en su corazón esa cualidad de hacer algo muy bien para el beneficio de la humanidad, ese don para el cual vino a servir al mundo. Esta es la semilla originaria de la prosperidad de las naciones y las personas. El mayor tesoro no tiene que ver con el dinero, sino con el don de hacer algo muy bien, aquello que le apasiona y que se ejerce en beneficio de los demás. Quien encuentra ese don y lo practica, vivirá la dicha de sentirse un espíritu creador y dador, un verdadero mensajero de Dios.

    Lo increíble es que encontrar ese don no es algo difícil. Basta indagar en nuestro corazón qué es lo que nos apasiona hacer, e imaginar aquello que haríamos a diario si tuviéramos nuestras necesidades económicas cubiertas durante toda la vida. La respuesta nos entregará la llave de la felicidad y la abundancia, que funciona si tenemos la valentía y magnificencia de entregarnos a nuestra verdadera pasión.  

    La dirección de las actividades hacia lo que se ama hacer es el primer paso para transitar el camino de la felicidad. Poner los ojos y la voluntad en ese destino al que nuestro corazón nos convoca en los momentos íntimos de inspiración, nos da un sentido de coherencia entre lo que se piensa, se siente y se hace. Nos convierte en dioses de nuestro destino, nos hace semejantes a Dios.  

  • Los antídotos a las emociones que se desbordan

    Los antídotos a las emociones que se desbordan

    Sentimos la emoción de la ira cuando nos es arrebatado un objeto de deseo sea este un bien material como el dinero, o la tranquilidad personal. Podemos dominar esa emoción con el antídoto espiritual observando, desde nuestra fe en Dios, a nuestra emoción de la ira, sin reproches ni juicios. En segundo lugar podemos oponer a la ira el antídoto racional analizando el apego al objeto del deseo que sentimos arrebatado frente a nuestra capacidad de aceptar la realidad y perdonar la ofensa. Finalmente podemos usar el antídoto emocional oponiendo a la ira una emoción contraria: la serenidad.

    Sentimos la emoción del temor cuando está amenazado un objeto de deseo, como un bien o la vida. El antídoto espiritual será sostener nuestra fe y observarnos a nosotros mismos experimentado el miedo. El antídoto racional será analizar nuestro apego al objeto de deseo y el alcance real de la amenaza pues el miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son, como nos advertía Tito Livio. El antídoto emocional consiste en  oponer la emoción contraria al temor: la valentía para enfrentar a la amenaza.

    Sentimos la emoción de la tristeza cuando encontramos perdido un objeto de deseo, por ejemplo el cariño de una persona. El antídoto espiritual a la tristeza es el observar como un testigo silencioso, a nuestro sentimiento de tristeza. El antídoto racional será analizar nuestro apego al objeto de deseo y nuestra capacidad de aceptación de la pérdida. El antídoto emocional consiste en oponer a la tristeza la emoción contraria: la alegría. Decía Federico García Lorcadesechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan solo ahora la hemos de gozar”.

    Sentimos la emoción del desagrado, cuando no alcanzamos nuestro objeto de deseo, por ejemplo culminar un curso, que nos den la razón, u obtener un aparato tecnológico. El antídoto espiritual al desagrado consiste en observar la frustración y disgusto que nos provoca esta emoción. El antídoto racional será analizar nuestro apego al objeto de deseo no alcanzado y si este era parte de nuestras prioridades. Podemos usar el antídoto emocional oponiendo la emoción contraria al desagrado: la gratitud con Dios y con la vida por el solo hecho de estar vivos.

    Finalmente sentimos la emoción del placer cuando hemos conquistado o estamos por conquistar un objeto de deseo, por ejemplo, un título académico o un iPhone. El riesgo con la emoción del placer es que este se convierta en incontinencia cuando un objeto de deseo nos arrastra al desequilibrio en nuestra vida. El antídoto espiritual a la incontinencia es el observarnos sin juicios ni reproches padeciendo este estado. El antídoto racional consiste en rastrear las carencias personales que nos arrastraron a esa incontinencia. El antídoto emocional es solo uno: la medicina de la templanza, que consiste en, la inquebrantable voluntad de moderar el deseo y refrenar el impulso de los apetitos.