Autor: James

  • Dejar atrás el pasado

    Dejar atrás el pasado

    Nuestro pasado es la historia personal de vida, el relato de todo aquello que ha resultado importante en nuestra vida. Negarnos a reconocer nuestra historia personal de vida nos impedirá conocer quiénes somos y aprender lo que podemos mejorar. Podemos empezar por conocer a fondo nuestro pasado familiar, individual y cosmológico para reconocerlo, restablecerlo y honrarlo. Pero no podemos olvidar que el pasado está muerto, ha quedado atrás en nuestra vida con su carga de dolores o alegrías. No podemos vivir con los sentidos puestos en el pasado sino aprender de él para mejorar la vivencia del presente, y ejercer dos hábitos para la liberación y la plenitud en el presente: el perdón y la gratitud.

    El perdón es un acto de renuncia consciente a reclamar por la ofensa padecida y la decisión sincera de olvidar esa ofensa. Quien perdona se sitúa más allá de los odios y rencores humanos porque en su corazón habita un deseo de paz y concordia. Podemos también perdonarnos a nosotros mismos por las conductas pasadas que produjeron daño, entendiendo que nuestro nivel de conciencia era inferior al actual, que estábamos lejanos al amor infinito y bueno que es intrínseco a nuestro ser. Los estudios de psicología positiva de Seligman demuestran que la voluntad de perdonar incrementa los niveles de felicidad.  El perdón convertido en un hábito nos libera del tormento del pasado, abre la puerta del presente y nos invita a caminar un futuro nuevo.  

    El segundo hábito para ejercer respecto del pasado para estar en el presente es la gratitud. Es una emoción o sentimiento por el cual manifestamos nuestra complacencia por todo lo bueno que hemos recibido de Dios, las personas o nuestros propios esfuerzos. Numerosos estudios y prácticas clínicas demuestran que las personas agradecidas son más felices porque pueden neutralizar al ego, que tanto distrae del presente, y así experimentar confianza personal y social. Para vivir en gratitud podemos hacer tres cosas: escribir y enviar una tarjeta de gratitud a alguien por quien sintamos esta emoción, orar cuanto podamos a Dios dando gracias por todo lo bueno recibido, y escribir un diario de gratitud con tres experiencias del día que deseemos agradecer.

  • Las tres estaciones del duelo

    Las tres estaciones del duelo

    a. La estación de la negación

    Es natural que si la tendencia del hombre es perseguir con ahínco el placer, ante la presencia del dolor, la reacción natural sea la de evitarlo. Y comúnmente huimos del dolor mediante su negación, es decir, la no aceptación de la situación que se experimenta como dolorosa. El tratar de evadir la realidad del dolor hace que prolonguemos nuestro dolor, alargando también nuestra infelicidad.

    El dolor en cada persona posee su propio reloj que inexorablemente cumplirá un horario. Por ello salir del estado inicial de la negación al dolor es el primer objetivo para alcanzar un posterior estado de paz. En ocasiones, negamos durante demasiado tiempo la nueva realidad dolorosa que ha ocurrido en nuestra vida, pero esto nos conduce a vivir en un estado de la fantasía, que es de irrealidad, y que resulta peligroso para el crecimiento espiritual que todos venimos a alcanzar en la tierra.

    Esta negación del presente dura el tiempo que queramos vivir apegados al pasado. Es proporcional al exagerado apego y a la precariedad en hacer valer nuestro amor propio. La negación es un duende que nos engaña y miente, para hacernos prisioneros en su territorio de embrujo.

    Reconocer la nueva y triste realidad de la separación, superando la negación inicial, nos permitirá avanzar a la siguiente estación del dolor.

    b. La estación de la crisis

    En esta estación nuestro ánimo se revuelca por dentro porque una tempestad ha tomado a nuestra alma. Es un largo y dramático período que vendrá acompañado de rabias y culpabilidad y que hará sentirnos morir, morir de amor, morir de soledad.  Es un largo periodo de ayuno en la felicidad, sin apetito por la vida. Y tan sólo en las lágrimas encontramos algún consuelo.  

    Casi sin darnos cuenta el jardín de la autoestima se ve pisoteado por el dolor, por lo que en esta etapa debemos estar solos con nosotros mismos y recuperar entre los vestigios del desamor a nuestro amor propio. No hay otra forma de salir de esta estación que volver a nosotros mismos, a reencontrarnos con nuestra identidad, aficiones y vocaciones.

    En los duelos de amor de pareja es un error buscar paz en el bullicio del mundo, o iniciar rápidamente nuevas relaciones amorosas, o seguir siendo amigo de quien fue la raíz de tanto dolor. ¿Cómo se puede ser amigo de quien todavía ejerce su triste influencia nociva en nuestro corazón?

    c. La estación de la aceptación

    Aceptar la pérdida de lo que amábamos hace que el sol un día vuelva a iluminar la vida y que la palabra felicidad vuelva a tener sentido. Sólo de esta aceptación de la realidad podrá nuestro espíritu volar de nuevo como una mariposa con libertad por el mundo, sin más apego al reciente pasado.

    Nos damos cuenta que estamos en la estación de la aceptación, porque el dolor ya no agita a nuestro corazón. Podemos incluso sorprendernos de lo aferrados que estábamos a esa persona o experiencia, y podemos descubrir que en la raíz profunda de nuestro dolor habitaba el apego desmesurado. Cada duelo que experimentamos en la vida es una oportunidad de ser más fuertes, y sobre todo de aprender a amar sin apego.

  • El valor de elegir hacer lo que amamos

    El valor de elegir hacer lo que amamos

    Hacer lo que amamos, por encima de las voces de los otros de nuestras sogas interiores, nos hace sentir libres de la atadura del día ordinario, aquel el mundo ha dictado con solemnidad a nuestra cotidianidad. Hagamos germinar el día auténtico, ese día ideal que nos convoca a trascender en el mundo y vivir a plenitud los eternos instantes del presente. El poeta Henry David Toureau así lo entendió:

    «Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido».

    Una virtud antigua es la valentía, que nos hace actuar con el arrojo de caminar seguros tras la conquista de nuestros sueños. Es una virtud que nos convierte en héroes de nuestra propia historia personal y que proporciona un formidable impulso que parece exceder a las fuerzas naturales. Elegir hacer lo que amamos enfrentando los vientos en contra, la pereza interior, el que dirán, el miedo al fracaso, al cambio, al pasado, significa apropiarnos de esa magnífica virtud de la valentía y convertirnos en capitanes de nuestro propio destino.

    Si emprendemos el valiente cometido de seguir nuestro llamado interior la vida se convertirá en una sinfonía y nosotros en un virtuoso violinista alrededor del cual la gente se reunirá, porque quienes nos escuchen sentirán que también se han encontrado a sí mismos, viviendo la experiencia de la felicidad.  Nacimos para ser felices y dar felicidad a los demás mediante el ejercicio de nuestro don. Sin embargo, la puesta de nuestros dones en el mundo no debería estar sometida al ejercicio de la competencia entre unos y otros, sino a la integración inteligente de los distintos dones para alcanzar objetivos comunes. La cooperación tiende a mover al mundo en vez de la carrera individualista de las personas por alcanzar metas egoístas. Podríamos aprender de las incansables hormigas que ejercen con armonía sus variadas tareas en procura de un objetivo común de alimentación y sobrevivencia. Por eso Benjamín Franklin. “Nadie predica mejor que una hormiga. Y no habla”.  

    El ejercicio del don tiene la naturaleza de ser expansivo. Todo lo que toca lo mejora, todo lo que está cerca se beneficia de su influencia y a nosotros mismos nos prospera. La Madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, Walt Disney, Albert Einstein, los hermanos Wright, nos legaron su decisión valiente de ejercer sus dones para el beneficio universal y nuestras sociedades son hoy mejores por ello. La valentía de ejercer nuestro don hace expandir a la felicidad.

  • El camino de la solidaridad

    El camino de la solidaridad

    Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad, decía José Martí. Y aunque el propósito común de la humanidad es alcanzar la felicidad, las desigualdades e injusticias han sido constantes en la historia de los pueblos y han imposibilitado el acceso a la riqueza general y a los bienes inmateriales sin los cuales no puede vivirse un mínimo de bienestar. Para la conquista colectiva del propósito común de felicidad es necesaria la acción decidida de personas y naciones tendiente a ayudar a los demás, especialmente cuando ellos se encuentran en desventaja. Esta acción virtuosa de apoyo al otro es la solidaridad.

    La expresión solidaridad proviene del latín solidus, para significar lo sólido, firme o compacto. Los fenómenos de exclusión y marginalidad de los menos favorecidos nos aguijonea a la firme y decidida actuación para su inclusión, es decir, su retorno al cuerpo social. Solidaridad no es caridad o asistencialismo sino el deber colectivo de apoyo a los otros para asegurar la cohesión social. Eduardo Galeano, el escritor y periodista uruguayo, nos lo recuerda: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.

    La solidaridad es una virtud esencialmente orientada a los demás. Quien es solidario, actúa para crear condiciones de igualdad en favor de quienes han sido marginados de los bienes de la felicidad. Los solidarios reconocen las desventajas de las minorías sociales y luchan por una sociedad incluyente. Viven en un estado de entrega generosa a los demás. “Si precisas una mano, recuerda que yo tengo dos”, enseñaba el filósofo y sacerdote san Agustín.

    Recordemos que la humanidad ha sobrevivido por los vínculos de solidaridad que han permitido construir un tejido universal de reconocimiento y diversidad. Es nuestro deber personal realizar a diario actos sinceros de solidaridad.