Autor: James

  • El valor de elegir hacer lo que amamos

    El valor de elegir hacer lo que amamos

    Hacer lo que amamos, por encima de las voces de los otros de nuestras sogas interiores, nos hace sentir libres de la atadura del día ordinario, aquel el mundo ha dictado con solemnidad a nuestra cotidianidad. Hagamos germinar el día auténtico, ese día ideal que nos convoca a trascender en el mundo y vivir a plenitud los eternos instantes del presente. El poeta Henry David Toureau así lo entendió:

    «Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido».

    Una virtud antigua es la valentía, que nos hace actuar con el arrojo de caminar seguros tras la conquista de nuestros sueños. Es una virtud que nos convierte en héroes de nuestra propia historia personal y que proporciona un formidable impulso que parece exceder a las fuerzas naturales. Elegir hacer lo que amamos enfrentando los vientos en contra, la pereza interior, el que dirán, el miedo al fracaso, al cambio, al pasado, significa apropiarnos de esa magnífica virtud de la valentía y convertirnos en capitanes de nuestro propio destino.

    Si emprendemos el valiente cometido de seguir nuestro llamado interior la vida se convertirá en una sinfonía y nosotros en un virtuoso violinista alrededor del cual la gente se reunirá, porque quienes nos escuchen sentirán que también se han encontrado a sí mismos, viviendo la experiencia de la felicidad.  Nacimos para ser felices y dar felicidad a los demás mediante el ejercicio de nuestro don. Sin embargo, la puesta de nuestros dones en el mundo no debería estar sometida al ejercicio de la competencia entre unos y otros, sino a la integración inteligente de los distintos dones para alcanzar objetivos comunes. La cooperación tiende a mover al mundo en vez de la carrera individualista de las personas por alcanzar metas egoístas. Podríamos aprender de las incansables hormigas que ejercen con armonía sus variadas tareas en procura de un objetivo común de alimentación y sobrevivencia. Por eso Benjamín Franklin. “Nadie predica mejor que una hormiga. Y no habla”.  

    El ejercicio del don tiene la naturaleza de ser expansivo. Todo lo que toca lo mejora, todo lo que está cerca se beneficia de su influencia y a nosotros mismos nos prospera. La Madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, Walt Disney, Albert Einstein, los hermanos Wright, nos legaron su decisión valiente de ejercer sus dones para el beneficio universal y nuestras sociedades son hoy mejores por ello. La valentía de ejercer nuestro don hace expandir a la felicidad.

  • Cuidar el bienestar financiero

    Cuidar el bienestar financiero

    En occidente, Aristóteles ha radicado la felicidad en la actividad de ejercer la virtud durante toda la vida, pero también en la actividad de adquirir riqueza. Es la riqueza una poderosa palanca de apoyo que nos permite alcanzar los objetivos materiales de la vida pero también amplificar nuestros hábitos personales, sean estos de virtud o de vicio. La búsqueda y generación de riqueza no puede convertirse en un fin en sí mismo, sino un medio para la satisfacción de las necesidades inherentes a cada persona y a su comunidad.  

    Algunas necesidades inmateriales requieren de la palanca de la riqueza. Quien tiene arraigada en su corazón la necesidad de entendimiento necesitará vivir rodeado de libros, estudios y viajes, que sólo se consiguen con dinero. Quien tiene arraigada la necesidad de creación, por ejemplo hacer música, probablemente necesitará dinero para adquirir un instrumento musical de gran delicadeza. Infortunadamente una de las causas de la infelicidad en el mundo es la pobreza, que puede ser no solo impuesta sino también inconscientemente aprendida en el marco de una sociedad de consumo a la que le interesa que sus ciudadanos gasten irracionalmente y no ahorrar e invertir para lograr su libertad financiera.

    La abundancia es el estado natural de todo lo que tiene vida. Basta observar al universo que vive en constante expansión, la semilla y su vocación de germinación o la tendencia a la multiplicación de nuestras células. Pero algunas religiones e ideologías pretenden hacer sentir culpable a quienes aspiran a la riqueza. Si Dios es infinitud, abundancia, gracia infinita, y el hombre debe hacerse semejante a Dios, le corresponde al hombre también ser abundancia infinita. La abundancia tiende a manifestarse de ilimitadas maneras: en pensamientos abiertos a todas las posibilidades, en sentimientos de infinitud y plenitud, en acciones creativas que expresen los talentos. La riqueza material es la manifestación final del estado espiritual de abundancia.

    Quien ha logrado el estado espiritual de la abundancia se manifiesta, desde el fondo insondable de su ser, a través de los deseos correctos, los pensamientos correctos, y la acción correcta. Siente la abundancia, piensa en la abundancia y actúa en abundancia.  Como un mago hace que los dones de la riqueza material aparezcan espontáneamente para el beneficio general. Basta sentir, pensar y hacer en sincronía con el estado espiritual de la abundancia para que aparezcan una y otra vez las manifestaciones materiales de la riqueza. Esto explica que aquellas personas que viven el estado espiritual de la abundancia a pesar de haber perdido todos sus bienes, pueden volver a conquistarlos de nuevo.

  • Las auténticas pasiones

    Las auténticas pasiones

    La felicidad se consigue en la satisfacción de los deseos, pero no de cualquier tipo de deseos sino de aquellos que se orientan a nuestras auténticas y profundas pasiones. Si descubrimos esas verdaderas pasiones, los deseos del mundo ya no podrán seducirnos con sus objetos de deseo engañosos. La persecución adictiva de objetos o actividades que representan necesidades ficticias es la gran estrategia de la sociedad del consumismo que nos incita a desear y adquirir lo que no necesitamos para seguidamente hacernos desear y adquirir otra cosa semejante. “Cómprelo y cámbielo cuando llegue el nuevo modelo”, parece ser el emblema de una sociedad domesticada para desear hasta el infinito.

    La identificación de las auténticas necesidades personales en que se radican nuestras verdaderas pasiones es la puerta eterna para conocernos a nosotros mismos, y así tomar elecciones cruciales en ámbitos como el trabajo para decidir lo que se ama hacer, o incluso en el del amor de pareja para no equivocarnos al elegir a quien vamos amar.

    Felices quienes logran el hábito de orientar los deseos a sus auténticas pasiones. La  ruta para lograrlo no está en desear mucho sino en saber qué desear. Sin embargo, una línea de pensamiento actual trata de hacernos creer que en la vida todo lo podemos conseguir mediante el deseo. Se nos habla de “el secreto” para alcanzar los deseos, pero no se enseña en ninguna parte a educar el deseo para que éste se oriente a las auténticas pasiones, es decir, a desear lo que se debería desear. Nos dicen: “para tener algo, debes saber desearlo”, “el secreto para alcanzar los deseos es sentir fervorosamente que ya se tiene lo que se desea”, “hazte un mapa mental de lo que deseas”, o “mueve tus pensamientos en función de tus deseos”. Es bueno preguntarse si es este el camino para desear con autenticidad y alcanzar lo que verdaderamente nos puede dar felicidad.

    La magnanimidad es una vieja virtud que describe Aristóteles en la Ética a Nicómaco, por la que podemos considerarnos dignos de grandes cosas. Quien se cree capaz de grandes metas a cumplir puede alcanzar cimas inesperadas. Pero desear en grande, no significa desear muchas cosas. El peligro de desear muchos objetos de deseo está en que así puede disiparse la fuerza de nuestros auténticos y primordiales deseos, fatigarnos y hacernos perder de vista lo que debería ser prioritario. Cuando nuestros deseos son pocos en cantidad pero grandes en trascendencia, el espíritu se aquieta y hay paz.

    Cada ser humano tiene el reto de transitar el sendero que lo conduce a su propia felicidad, atendiendo la singularidad de sus pasiones. Cada espíritu intuye en el fondo de su corazón qué es aquello hacia lo cual debería orientar su deseos, ejerciendo la virtud de la templanza. Y no podrá hallar esa fuente de felicidad mientras no despoje de máscaras a sus deseos y se encuentre cara a cara con sus auténticas pasiones. Orientar los deseos a las auténticas pasiones es la gran fuente de la felicidad, el manantial que hará crecer a nuestra rosa en el jardín de la vida.

  • Vive en Espiritualidad

    Vive en Espiritualidad

    En la sociedad moderna existe una infinita sed de espiritualidad porque tenemos dificultad para hallar nuestros auténticos propósitos y el sentido que ellos deberían tener. Obsesionados con metas materiales vivimos desconcertados sobre las preguntas fundamentales que deberíamos sabernos responder a nosotros mismos. ¿Tiene sentido mi vida? ¿Hay un propósito superior que anima a mis búsquedas? ¿Son las personas importantes para mí? ¿Dios está en mi corazón? Las respuestas a estas preguntas esenciales abran las puertas a una vida espiritual.

    Desde la antigüedad la búsqueda de felicidad ha estado vinculada a la espiritualidad. Las grandes religiones y las más valiosas tradiciones espirituales definirán el rumbo de la humanidad. A pesar de las revoluciones tecnológicas, la desesperanza y la soledad arroja hoy a muchos jóvenes a caminos ajenos a sus pasiones primordiales. La inconciencia colectiva tiene al planeta al borde de una extinción masiva climática. Es urgente interiorizar los rasgos de una vida espiritual, para que nuestra vida tenga sentido y demos hermandad para la sobrevivencia de toda la humanidad.

    Es difícil definir a una persona espiritual. Solo podemos mostrar los rasgos propios de quien puede afirmarse es una persona espiritual.