Autor: James

  • Las auténticas pasiones

    Las auténticas pasiones

    La felicidad se consigue en la satisfacción de los deseos, pero no de cualquier tipo de deseos sino de aquellos que se orientan a nuestras auténticas y profundas pasiones. Si descubrimos esas verdaderas pasiones, los deseos del mundo ya no podrán seducirnos con sus objetos de deseo engañosos. La persecución adictiva de objetos o actividades que representan necesidades ficticias es la gran estrategia de la sociedad del consumismo que nos incita a desear y adquirir lo que no necesitamos para seguidamente hacernos desear y adquirir otra cosa semejante. “Cómprelo y cámbielo cuando llegue el nuevo modelo”, parece ser el emblema de una sociedad domesticada para desear hasta el infinito.

    La identificación de las auténticas necesidades personales en que se radican nuestras verdaderas pasiones es la puerta eterna para conocernos a nosotros mismos, y así tomar elecciones cruciales en ámbitos como el trabajo para decidir lo que se ama hacer, o incluso en el del amor de pareja para no equivocarnos al elegir a quien vamos amar.

    Felices quienes logran el hábito de orientar los deseos a sus auténticas pasiones. La  ruta para lograrlo no está en desear mucho sino en saber qué desear. Sin embargo, una línea de pensamiento actual trata de hacernos creer que en la vida todo lo podemos conseguir mediante el deseo. Se nos habla de “el secreto” para alcanzar los deseos, pero no se enseña en ninguna parte a educar el deseo para que éste se oriente a las auténticas pasiones, es decir, a desear lo que se debería desear. Nos dicen: “para tener algo, debes saber desearlo”, “el secreto para alcanzar los deseos es sentir fervorosamente que ya se tiene lo que se desea”, “hazte un mapa mental de lo que deseas”, o “mueve tus pensamientos en función de tus deseos”. Es bueno preguntarse si es este el camino para desear con autenticidad y alcanzar lo que verdaderamente nos puede dar felicidad.

    La magnanimidad es una vieja virtud que describe Aristóteles en la Ética a Nicómaco, por la que podemos considerarnos dignos de grandes cosas. Quien se cree capaz de grandes metas a cumplir puede alcanzar cimas inesperadas. Pero desear en grande, no significa desear muchas cosas. El peligro de desear muchos objetos de deseo está en que así puede disiparse la fuerza de nuestros auténticos y primordiales deseos, fatigarnos y hacernos perder de vista lo que debería ser prioritario. Cuando nuestros deseos son pocos en cantidad pero grandes en trascendencia, el espíritu se aquieta y hay paz.

    Cada ser humano tiene el reto de transitar el sendero que lo conduce a su propia felicidad, atendiendo la singularidad de sus pasiones. Cada espíritu intuye en el fondo de su corazón qué es aquello hacia lo cual debería orientar su deseos, ejerciendo la virtud de la templanza. Y no podrá hallar esa fuente de felicidad mientras no despoje de máscaras a sus deseos y se encuentre cara a cara con sus auténticas pasiones. Orientar los deseos a las auténticas pasiones es la gran fuente de la felicidad, el manantial que hará crecer a nuestra rosa en el jardín de la vida.

  • Vive en Espiritualidad

    Vive en Espiritualidad

    En la sociedad moderna existe una infinita sed de espiritualidad porque tenemos dificultad para hallar nuestros auténticos propósitos y el sentido que ellos deberían tener. Obsesionados con metas materiales vivimos desconcertados sobre las preguntas fundamentales que deberíamos sabernos responder a nosotros mismos. ¿Tiene sentido mi vida? ¿Hay un propósito superior que anima a mis búsquedas? ¿Son las personas importantes para mí? ¿Dios está en mi corazón? Las respuestas a estas preguntas esenciales abran las puertas a una vida espiritual.

    Desde la antigüedad la búsqueda de felicidad ha estado vinculada a la espiritualidad. Las grandes religiones y las más valiosas tradiciones espirituales definirán el rumbo de la humanidad. A pesar de las revoluciones tecnológicas, la desesperanza y la soledad arroja hoy a muchos jóvenes a caminos ajenos a sus pasiones primordiales. La inconciencia colectiva tiene al planeta al borde de una extinción masiva climática. Es urgente interiorizar los rasgos de una vida espiritual, para que nuestra vida tenga sentido y demos hermandad para la sobrevivencia de toda la humanidad.

    Es difícil definir a una persona espiritual. Solo podemos mostrar los rasgos propios de quien puede afirmarse es una persona espiritual.

  • Estar en el presente

    Estar en el presente

    Uno de los grandes bienes que hemos perdido en la sociedad moderna es la conciencia del presente. La adicción al trabajo, redes sociales, consumo de bienes, y relaciones afectivas, se ha convertido en un mar en el que permanecemos ahogados, sin poder salir a la superficie y disfrutar de la tierra, el sol y las estrellas.

    El deseo desenfrenado de acumulación de dinero para consumir objetos, hace que las personas vean el tiempo como un arsenal para la competición con los demás y no como una experiencia para disfrutar del presente.

    Atrapados en el consumo adictivo de redes sociales y pantallas estamos perdiendo las competencias sensoriales con las que se puede apreciar el arte, oír a los pájaros, degustar los alimentos, olfatear con lentitud los alimentos, jugar con nuestros hijos y escuchar a nuestra familia.

    Las relaciones afectivas posesivas en las que abandonamos nuestra autonomía y amor propio para entregar nuestra libertad y nuestro tiempo a otro en nombre del amor, nos han convertido en seres con miedo a la soledad y con culpabilidad para gozar nuestro presente personal.

    Padecemos así los virus mentales del estrés, la ansiedad, la depresión. Nada de esto tiene que ver con estar en el presente. Hemos perdido así el único ámbito en el que podemos experimentar la felicidad, que es la conciencia del presente, el poder del ahora.

    Vale preguntarnos, ¿Cómo regresar al presente y por tanto a la experiencia real de la felicidad?

    Para vivir el presente no se pueden arrastrar las experiencias negativas del pasado ni cargar con las preocupaciones por el futuro. Es en el ahora donde ocurre la vida, así como el pasado ocurrió en un ahora y el futuro ocurrirá también en un ahora. La oportunidad de vivir se aprovecha solo en el ahora, entre la realidad que acontece ante nuestros sentidos.

  • El hábito de cuidar de sí mismo

    El hábito de cuidar de sí mismo

    Cuidarse a sí mismo hace parte de la felicidad a pesar de que en el curso de la historia ha existido mucha prevención sobre este aspecto de la vida. El cuidado de sí mismo es nuestro primer deber personal para disfrutar de la vida, vivir en sociedad y ejercer a plenitud las facultades que nos permiten construir un mundo mejor.

    El cuidado de sí mismo es un hábito que nace en el auto imagen amorosa que poseemos de nosotros y que nos corresponde perfeccionar, puesto que el ser humano siempre puede mejorar. Este perfeccionamiento de sí se alimenta de la forma en que aceptamos nuestros rasgos físicos, nuestra posición social, la forma en que los deseos apuntan a nuestras verdaderas necesidades, y la potencia de nuestro juicio crítico frente a las opiniones de los demás. La niñez constituye el primer campo de entrenamiento de una autoimagen positiva, lo que obliga a los adultos a no convertir a los niños en blanco de juicios y críticas, pues los niños son muy vulnerables ante las figuras de autoridad y aún no poseen las fortalezas mentales para enfrentarlas.

    La forma en que nosotros nos vemos a sí mismos determinará nuestra manera de observar la realidad del mundo. Es la autoestima un sentimiento único a partir del cual podemos amar a los demás y emprender valientes cometidos para la felicidad general. Sin embargo, el amor propio es elástico pues tendemos naturalmente a vivirlo con excesos o con defectos lo que nos hace preguntarnos ¿cómo valorarnos a nosotros mismos en una justa medida? Aristóteles, en la Ética a Nicómaco enseña que la magnanimidad es una virtud que nos hace sentirnos valiosos en término medio, es decir, sin pecar por defecto al considerarnos poco valiosos y sin caer en el exceso por la exagerada estimación propia que se convierte en ego y vanidad. La magnanimidad nos invita a creer con realismo en nosotros mismos para emprender grandes proyectos de vida y luchar por ellos. Quien cree en sí mismo no se rinde ante la adversidad y sólo abandona un proyecto como resultado de una evaluación racional de su inconveniencia actual, nunca como consecuencia del desánimo o el desespero.