Autor: James

  • Estar en el presente

    Estar en el presente

    Uno de los grandes bienes que hemos perdido en la sociedad moderna es la conciencia del presente. La adicción al trabajo, redes sociales, consumo de bienes, y relaciones afectivas, se ha convertido en un mar en el que permanecemos ahogados, sin poder salir a la superficie y disfrutar de la tierra, el sol y las estrellas.

    El deseo desenfrenado de acumulación de dinero para consumir objetos, hace que las personas vean el tiempo como un arsenal para la competición con los demás y no como una experiencia para disfrutar del presente.

    Atrapados en el consumo adictivo de redes sociales y pantallas estamos perdiendo las competencias sensoriales con las que se puede apreciar el arte, oír a los pájaros, degustar los alimentos, olfatear con lentitud los alimentos, jugar con nuestros hijos y escuchar a nuestra familia.

    Las relaciones afectivas posesivas en las que abandonamos nuestra autonomía y amor propio para entregar nuestra libertad y nuestro tiempo a otro en nombre del amor, nos han convertido en seres con miedo a la soledad y con culpabilidad para gozar nuestro presente personal.

    Padecemos así los virus mentales del estrés, la ansiedad, la depresión. Nada de esto tiene que ver con estar en el presente. Hemos perdido así el único ámbito en el que podemos experimentar la felicidad, que es la conciencia del presente, el poder del ahora.

    Vale preguntarnos, ¿Cómo regresar al presente y por tanto a la experiencia real de la felicidad?

    Para vivir el presente no se pueden arrastrar las experiencias negativas del pasado ni cargar con las preocupaciones por el futuro. Es en el ahora donde ocurre la vida, así como el pasado ocurrió en un ahora y el futuro ocurrirá también en un ahora. La oportunidad de vivir se aprovecha solo en el ahora, entre la realidad que acontece ante nuestros sentidos.

  • El hábito de cuidar de sí mismo

    El hábito de cuidar de sí mismo

    Cuidarse a sí mismo hace parte de la felicidad a pesar de que en el curso de la historia ha existido mucha prevención sobre este aspecto de la vida. El cuidado de sí mismo es nuestro primer deber personal para disfrutar de la vida, vivir en sociedad y ejercer a plenitud las facultades que nos permiten construir un mundo mejor.

    El cuidado de sí mismo es un hábito que nace en el auto imagen amorosa que poseemos de nosotros y que nos corresponde perfeccionar, puesto que el ser humano siempre puede mejorar. Este perfeccionamiento de sí se alimenta de la forma en que aceptamos nuestros rasgos físicos, nuestra posición social, la forma en que los deseos apuntan a nuestras verdaderas necesidades, y la potencia de nuestro juicio crítico frente a las opiniones de los demás. La niñez constituye el primer campo de entrenamiento de una autoimagen positiva, lo que obliga a los adultos a no convertir a los niños en blanco de juicios y críticas, pues los niños son muy vulnerables ante las figuras de autoridad y aún no poseen las fortalezas mentales para enfrentarlas.

    La forma en que nosotros nos vemos a sí mismos determinará nuestra manera de observar la realidad del mundo. Es la autoestima un sentimiento único a partir del cual podemos amar a los demás y emprender valientes cometidos para la felicidad general. Sin embargo, el amor propio es elástico pues tendemos naturalmente a vivirlo con excesos o con defectos lo que nos hace preguntarnos ¿cómo valorarnos a nosotros mismos en una justa medida? Aristóteles, en la Ética a Nicómaco enseña que la magnanimidad es una virtud que nos hace sentirnos valiosos en término medio, es decir, sin pecar por defecto al considerarnos poco valiosos y sin caer en el exceso por la exagerada estimación propia que se convierte en ego y vanidad. La magnanimidad nos invita a creer con realismo en nosotros mismos para emprender grandes proyectos de vida y luchar por ellos. Quien cree en sí mismo no se rinde ante la adversidad y sólo abandona un proyecto como resultado de una evaluación racional de su inconveniencia actual, nunca como consecuencia del desánimo o el desespero.

  • Amar y ser amado

    Amar y ser amado

    En el amor se encuentra el sentido de la vida. Es una chispa divina que enciende nuestro corazón porque quienes tienen al amor como la meta de su vida poseen la  verdadera fuerza para mover al mundo.

    Encontrar que la vida es amor y que podemos dar todo el amor que brota de nuestro corazón es el mayor hallazgo para vivir la experiencia de la felicidad. Pero así como podemos tener la capacidad de dar este infinito amor también podemos permitir ser amados en plenitud, pues el amor no actúa en una sola orientación: es una calle de doble vía en la que podemos transitar con nuestros mejores hábitos para dar y recibir amor.

    Tres rostros tiene el amor, y de nuestra templanza para vivirlos depende la felicidad en su esplendorosa dimensión afectiva.

  • Cuidar las emociones

    Cuidar las emociones

    Las emociones son impulsos que tienden a movernos a una acción beneficiosa o negativa. Provienen de tendencias genéticas, circunstancias externas, o de los propios pensamientos. Paul Ekman detectó cuatro emociones primordiales en todas las culturas del mundo: la ira, el temor, la tristeza y el placer. Agregaríamos la emoción del amor. Cada una de estas emociones se deriva en distintos estados de ánimo, según Goleman:

    Ira: furia, fastidio, resentimiento, cólera, indignación, disgusto.

    Tristeza: pesar, congoja, melancolía, pesimismo, soledad.

    Temor: preocupación, ansiedad, incertidumbre, vergüenza, fobia.

    Placer: felicidad, alegría, alivio, contento, deleite.

    Amor: aceptación, simpatía, amabilidad, confianza, afinidad.

    Cuidar las emociones significa tener autodominio para controlar a nuestros impulsos. Aristóteles en la Ética a Nicómaco señalaba: “Cualquiera puede ponerse furioso…eso es fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta… eso no es fácil.”

    Las emociones deben educarse para pensar y actuar bien. Los estudios de Antonio Damasio- neurólogo de la facultad de medicina de la universidad de Iowa- demostraron que las emociones son indispensables para las decisiones racionales. En la antigüedad Aristóteles advertía que la templanza asegura a los juicios de la prudencia[4]. No observar a nuestras emociones u omitir las  estrategias para vencer las emociones que nos impulsan a situaciones negativas ha conducido a las personas de la sociedad moderna a infinidad de estados patológicos de depresión clínica y ansiedad.