Sentimos la emoción de la tristeza cuando encontramos perdido un objeto de deseo, por ejemplo el cariño de una persona. El antídoto espiritual a la tristeza consiste en observar, como un testigo silencioso, a nuestro sentimiento de tristeza. El antídoto racional será analizar nuestro apego al objeto de deseo perdido y nuestra capacidad de aceptación de la pérdida. El antídoto emocional consiste en oponer a la tristeza la emoción contraria: la alegría. Decía Federico García Lorca: “desechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan solo ahora la hemos de gozar”. Ante la tristeza, observación, aceptación y alegría de vivir.
Autor: James
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Los antídotos a la emoción del Miedo
Sentimos la emoción del temor cuando está amenazado un objeto de deseo, como un bien o la vida. El antídoto espiritual consiste en sostener a nuestra fe en Dios y observarnos a nosotros mismos experimentado el miedo. El antídoto racional será analizar nuestro apego al objeto de deseo y el alcance real de la amenaza pues el miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son, como nos advertía Tito Livio. El
antídoto emocional consiste en oponer la emoción contraria al temor: la valentía para enfrentar a la amenaza. Ante el temor, fe, racionalidad y valentía. -

Los antídotos a la emoción de la Ira
Sentimos la emoción de la ira cuando nos es arrebatado un objeto de deseo, sea este un bien material como el dinero, o la tranquilidad personal. En primer lugar, para dominar esta emoción podemos utilizar el antídoto espiritual observando desde nuestra fe en Dios, a nuestra emoción de la ira, sin hacer reproches o juicios. En segundo lugar, podemos oponer a la ira el antídoto racional analizando nuestro exagerado apego al objeto del deseo que sentimos arrebatado, ejerciendo la capacidad de aceptar la realidad y perdonar la ofensa.
Finalmente podemos usar el antídoto emocional oponiendo a la ira una emoción contraria: la serenidad. En suma, ante la ira, observación, aceptación y serenidad.
En un relato de la tradición oriental se narra que un guerrero samurái se presentó frente a un gran maestro y le preguntó dónde estaban las puertas que conducían al infierno y al cielo.
El maestro se rió y contestó: “¿Un samurái, tú? Pareces un mendigo.
El guerrero se sintió herido en su orgullo y desenfundó su espada para matar al maestro, cuando este le dijo:
-Esta es la puerta del infierno.
Inmediatamente el samurái entendió. Puso la espada en su cinto, y el maestro le dijo:
-Y esta es la puerta del cielo.
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Dar
El dar con generosidad es un buen hábito en nuestra relación con los demás. Significa dar lo mejor de nosotros mismos y también dar nuestras mejores obras.
El dar generosamente acerca a las almas en la comunión perenne de la vida. El hábito de dar nos ejercita contra el apego a las cosas, fuente de emociones dañinas.
Si eres avaricioso, el empezar a dar con generosidad te acercará a un término medio, en que consiste toda virtud para el buen vivir.
A medida que damos con generosidad, ocurre algo maravilloso: comienzan a fluir los gestos de bondad y prosperidad en todas las direcciones de nuestras vidas.

