Autor: James

  • Vivir en lentitud

    Vivir en lentitud

    La vida transcurre con lentitud ante nosotros. En la mañana las flores se abren con lentitud, los rayos de sol caen lentamente y en la noche nos abraza con lentitud la brillantez lunar. Los segunderos de un reloj avanzan sin prisa, como recordándonos que el tiempo que mide transcurre lentamente. Pero no reparamos en ello. El afán de producir y luego consumir nos hace vivir a toda velocidad y competir con los demás sin poder saborear el gusto por la vida. Terminamos ansiosos o deprimidos, porque vivir de prisa constituye uno de los principales distractores de la felicidad.

    Una cura para estos trastornos es llevar una vida que trascurra con lentitud. Realizar deliberadamente cada actividad con tal lentitud que nos permita disfrutar de la actividad, alejando pensamientos sobre el pasado y el futuro y solo entregarnos a la realidad que transcurra ante nuestras vidas. Al principio escucharemos las protestas de los demás por el cambio de ritmo de nuestra vida. Pero en nuestro interior habremos conquistado el primer paso a una vida con serenidad y paz.

  • El poder de los sentidos

    El poder de los sentidos

    Experimentamos la realidad a través de nuestros órganos sensoriales, pero las funciones que cumple cada órgano hoy se están ejercitando en mundos virtuales. Nuestros días transcurren dedicado con grandes cantidades de tiempo a pantallas digitales que nos separan de la oportunidad de compartir con quienes queremos, atrofiando la calidad de nuestros sentidos para vivir el mundo real y para ejercer nuestras capacidades de amar, sentir y expresarnos de tú a tú.

    Es un deber personal interiorizar una nueva conciencia de nuestros ojos para apreciar la belleza de un amanecer o el misterio de un atardecer, una nueva conciencia de nuestras manos para estrechar las de los amigos, una nueva conciencia de nuestros oídos para escuchar las hojas de los árboles y el estruendo de los ríos, una nueva conciencia de nuestro paladar para disfrutar lentamente de los alimentos, una nueva conciencia de nuestro olfato para distinguir la sensualidad de los perfumes, y una nueva conciencia de nuestra piel para volver a sentir.

    El poder de los sentidos nos instala en la magia del ahora, la única dimensión en que transcurren los acontecimientos del mundo real, en el que podemos experimentar el afecto, la solidaridad y el amor.

  • Volver a amor

    Volver a amor

    El amor primordial es el corazón de una vida que se realiza en la felicidad. Por tanto, debería ser  el motor de todas las búsquedas, y el origen de nuestras grandes obras humanas. Es el amor la vocación natural de quienes han alcanzado el estado de gracia. Si en nuestro corazón pudiera habitar esta maravillosa dimensión del amor podría ser más fácil el amor particular a nuestra familia, amigos y pareja. Pero el ego y el apego nos hacen experimentar al otro como una cosa que es propia y la dimensión amplia y trascendental del amor se nubla en conductas que no dejan crecer a los otros ni a nosotros mismos. Para amar a plenitud debe extirparse el ego de nuestros corazones. El ego separa, aleja, y hace aparecer a la discordia. El apego asfixia, no deja crecer y hace germinar el resentimiento. El amor significa la renuncia al nuestro ego y apego para perseguir la felicidad. Pablo de Tarso, el apóstol de Jesús, nos lo recuerda:

    «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.»

  • El amor de la amistad

    El amor de la amistad

    El rostro de la amistad es sereno porque no se agita con apegos o pasiones, sino con la genuina voluntad de aceptación del otro. Es un amor que pone a prueba en nosotros mismos las siguientes virtudes:

    Aceptación para entender y comprender al amigo en sus debilidades y en sus fortalezas.

    Solidaridad para intervenir en favor del amigo cuando éste ha caído.

    Sinceridad para decir lo que se piensa.

    Perdón para olvidar las ofensas que a veces se reciben de los amigos.

    Consuelo para acompañar al amigo en el dolor.

    Humildad para recibir un buen consejo del amigo.

    Sacrificio para renunciar a nuestras comodidades en favor del amigo.

    Libertad para que el amigo vuele en el cielo de su propia felicidad.

    La amistad es el campo fértil de ejercicio de estas virtudes que son esenciales para la construcción de la felicidad. El amor de la amistad es benéfico porque permite vencer el egoísmo del interés propio y regular nuestra tendencia a los apegos. Conversar con un amigo es fuente de claridad y apoyo para enfrentar nuestros problemas.  

    En el mundo no estamos solos y no pueden tratarse a los demás como meros medios para alcanzar nuestros fines. Quienes son amigos han logrado construir una especial alianza que busca la mejoría del otro de manera desinteresada, es decir, sin reparar en la utilidad o el placer que pueda proporcionar el amigo. Por eso decía Aristóteles, que nadie querría vivir sin amigos, aun estando en posesión de otros bienes.

    El amor de la amistad puede enfrentar grandes peligros. El abuso, es decir, el uso excesivo, injusto o indebido de la amistad produce en el otro un hastío que le hace correr lejos. El olvido, el dejar de tener presente al amigo en el pensamiento y en las manifestaciones de cariño y consideración, es causa de aflicción porque el amigo silenciosamente termina convertido en un desconocido para el otro. La insensibilidad, es decir, la falta de receptividad y emoción ante los problemas del amigo es también causa de tristeza en quien esperaba mucho más del amigo.

    El gran reto de una amistad consiste en esforzarnos por mantenerla viva con el respeto, las manifestaciones de afecto y la atención constante a lo que ocurre con el amigo.